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Nunca es Demasiado Tarde Para Ser un Artista

Nunca es Demasiado Tarde Para Ser un ArtistaIntroducción

Hace veinticinco años escribí un libro sobre creatividad titulado El camino del artista. En él explicaba, paso a paso, exactamente lo que tenía que hacer una persona para recuperar, y ejercitar, su creatividad. A menudo me he referido a ese libro como «el puente», porque permitía a las personas pasar de la orilla de sus constricciones y miedos a la tierra prometida de una creatividad profundamente satisfactoria. El camino del artista tuvo lectores de todas las edades, pero quienes más me conmovieron fueron mis estudiantes recién jubilados. Detecté en ellos una serie de problemas específicos que venían con la madurez. A lo largo de los años, muchos de ellos me pidieron que los ayudara a abordar problemas específicamente relacionados con el final de una vida profesional activa. El libro que tienes en tus manos es el resultado de un cuarto de siglo enseñando. Es mi intento de contestar «Y ahora ¿qué?» a quienes se disponen a empezar el «acto segundo» de su vida. En este libro encontrarás los problemas comunes a que se enfrentan las personas recién jubiladas: exceso de tiempo, ausencia de horarios, sensación repentina de que nuestro entorno físico se ha quedado anticuado, ilusión por el futuro mezclada con un miedo palpable a lo desconocido. Tal y como se preguntaba, preocupado, un amigo mío hace poco: «No hago otra cosa que trabajar. Cuando deje de trabajar, ¿qué haré? ¿Nada?».

La respuesta es no. No harás «nada». Harás muchas cosas. Te sorprenderá y encantará descubrir el pozo de inspiración que tienes dentro, un pozo del que solo tú puedes beber. Descubrirás que no estás solo en tus anhe­los, que hay herramientas de creatividad que pueden ayudarte a sortear los distintos obstáculos de la jubilación. A los que trabajaron con El camino del artista algunas de estas herramientas les resultarán familiares. Otras son nuevas, o su uso es innovador. Este libro trata de abordar muchos temas tabú para los recién jubilados: aburrimiento, vértigo, miedo a la libertad, irritabilidad, ansiedad y depresión. Busca proporcionar a quienes pongan en práctica sus consejos un sencillo kit de herramientas que, usadas juntas, desencadenarán un renacimiento creativo. Su propósito es demostrar que todos somos creativos, que nunca es demasiado tarde para explorar nuestra creatividad.

Cuando mi padre se jubiló después de treinta y cinco años ajetreados y productivos como ejecutivo de cuentas en publicidad, se refugió en la naturaleza. Compró un terrier escocés negro llamado Blue al que sacaba todos los días a dar largos paseos. También se compró unos prismáticos para observar pájaros y comprobó que dedicar una hora a identificar seres emplumados le llenaba de asombro y alegría. Observaba pinzones, carboneros, juncos, reyezuelos y visitantes más exóticos, como garcetas. Vivía medio año en un velero en Florida y el otro medio a las afueras de Chicago. Disfrutaba de las distintas poblaciones de aves y le cautivaban sus comportamientos. Cuando se volvió demasiado peligroso que viviera solo en el barco, se instaló de forma permanente al norte, en una casita de campo cerca de una laguna. Allí veía cardenales, azulejos, urracas azules, búhos y algún que otro halcón. Cuando le visitaba, me hablaba de su amor a los pájaros. Su entusiasmo era contagioso y terminé comprando láminas de Audubon de las aves que observaba mi padre. Enmarcadas con esmero, estas láminas me alegraban la vida. La nueva afición de mi padre se convirtió pronto en la mía, aunque fuera solo a ratos.

«Solo hace falta tiempo y atención», decía mi padre. Al jubilarse había encontrado ambas cosas. Los pájaros hacían compañía a mi padre. Se puso contentísimo cuando una garza real de gran tamaño anidó en un lugar donde podía verla. Cada vez que visitaba a mi padre, tenía la esperanza de atisbarla. Las garzas eran hermosas y elegantes. Mi padre las esperaba con paciencia. Su paciencia era un regalo de su jubilación. Durante su carrera profesional intensa y llena de estrés, no había tenido ni perro ni pájaros. Pero la naturaleza le había llamado y era una llamada a la que solo pudo responder una vez jubilado.

Cuando tenía 54 años me fui a vivir a Manhattan. A los 64, cuando entraba en mi madurez, me mudé a Santa Fe. Conocía a dos personas que vivían en Santa Fe: Natalie Goldberg, la profesora de escritura, y Elberta Honstein, que criaba caballos de competición de raza Morgan. Podría decirse que tenía cubiertas las bases más importantes: me encantaba escribir y me encantaban los caballos. En mis diez años en Manhattan había escrito mucho, pero no había montado a caballo. Me mudé a Santa Fe por un ejercicio de los incluidos en El camino del artista. Había hecho una lista de veinticinco cosas que me gustaban y en los primeros puestos estaban la salvia, la ericameria, el enebro, las urracas, el mirlo de alas rojas y los cielos anchos. Era, en suma, una lista del suroeste de Estados Unidos y en la que no aparecía Nueva York por ninguna parte. No, mis amores eran la flora y la fauna del oeste del país: ciervos, coyotes, gatos monteses, águilas, halcones. No pensé en mi edad cuando hice la lista, aunque ahora me doy cuenta de que dejar Nueva York por Santa Fe puede haber sido mi última mudanza.

Me di tres días para encontrar un sitio donde vivir, cogí un avión de Nueva York a Santa Fe y empecé a buscar. Hice una lista de todo lo que pensaba que quería: un apartamento, no una casa; cafés y restaurantes a poca distancia caminando; vistas a las montañas. El primer sitio que me enseñó la agente inmobiliaria cumplía todos los requisitos de mi lista, y me horrorizó. Seguimos viendo un apartamento detrás de otro. Muchos de ellos tenían moqueta clara, y de mis años en Taos yo sabía que una moqueta así equivalía a desastre seguro.

Por fin, a última hora de mi último día de búsqueda, la agente me llevó a la última casa.

«No sé por qué le enseño esta casa», fue lo primero que dijo mientras conducía por un laberinto de senderos de tierra hasta una casita de adobe con un jardín sembrado de juguetes. «Vive una mujer con sus cuatro hijos», se disculpó mientras yo observaba la casa. Había juguetes y ropa por todas partes. Los sofás estaban cubiertos de cosas.

«Me la quedo», le dije a mi atónita agente. La casa estaba rodeada de enebros. No tenía vistas a las montañas. Estaba a kilómetros de distancia de restaurantes y cafés. Pero supe que era mi «hogar». El empinado camino de entrada sería traicionero en invierno y tuve el presentimiento de que la nieve me aislaría más de una vez. Pero también tenía una habitación octogonal y acristalada rodeada de árboles. Supe que a mi padre le habría encantado tener una «habitación para mirar a los pájaros» así. La convertí en mi cuarto para escribir y no hay un solo día pasado en ella en que no haya disfrutado aprendiendo un poco más sobre ornitología.

Llevo ya casi tres años viviendo en esta casa de adobe en la ladera de una montaña, coleccionando libros y amigos. Santa Fe ha resultado ser acogedora. Es una ciudad llena de lectores, donde se aprecia mi trabajo. A menudo me reconocen por la fotografía de la sobrecubierta de mis libros. «Gracias por tus libros», me dicen. He puesto mucho cuidado en construir mi vida en Santa Fe. Mis amistades se basan en intereses comunes. Yo creo que la creatividad es un camino espiritual y entre mis amigos hay muchos budistas y wiccanos. Cada tres meses voy a Manhattan, donde imparto talleres. La ciudad me resulta acogedora, pero también agobiante. A mis estudiantes me presento como «Julia de Santa Fe». Me encanta vivir allí, les digo, y es verdad.

El correo me llega a un buzón destartalado que hay al principio del camino de entrada. Tengo que obligarme a abrir el buzón y sacar su contenido. Casi nada de lo que recibo me gusta. En el mes de marzo de mi primer año en Santa Fe cumplí 65 años. Pero para enero ya tenía el buzón atestado de propaganda relacionada con envejecer. Todos los días me llegaban anuncios de Medicare y de seguros especiales identificándome como ciudadana de la tercera edad. Las cartas me parecían una intromisión, era como si me estuvieran vigilando. ¿Cómo exactamente sabían todos esos remitentes que iba a cumplir 65 años?

Empecé a pensar en mis cumpleaños con horror. Es posible que me sintiera joven de corazón, pero oficialmente me categorizaban como persona mayor. Algunas cartas llegaban incluso a ofrecerme que comprara una parcela en un cementerio. Estaba claro, no solo me hacía mayor, me acercaba al final de mi vida. ¿Quería cargar a mi familia con los costes de mi entierro? Por supuesto que no.

El correo se convirtió en un espejo que me devolvía mi reflejo bajo una luz dura e inclemente. Mis líneas de expresión se convertían en arrugas. Tenía pliegues en la garganta. Me acordé del libro autobiográfico de Nora Ephron, El cuello no engaña y otras reflexiones de ser mujer. Cuando lo leí a los 60 años lo encontré melodramático. Pero eso fue antes de descubrir que tampoco mi cuello engañaba, antes de cumplir 65 años y convertirme oficialmente en una señora mayor.

El término «mayor» se refiere oficialmente a quienes tienen 65 o más años. Pero no todas las personas «mayores» se sienten mayores. Y no todos lo que se jubilan tienen 65 años. Hay quien se jubila a los 50, hay quien espera a los 80. La mayoría de los artistas no se jubila nunca. Como dijo el director de cine John Cassavetes: «Da igual los años que cumplas; mientras conserves el impulso creativo, el niño que hay en tu interior seguirá vivo». Cassavetes era un buen ejemplo de lo que podría llamarse «envejecimiento juvenil». Actuaba y dirigía, hacía películas que reflejaban sus convicciones personales. Trabajaba con un grupo de actores que incluía a su mujer, Gena Rowlands, para contar historias de intimidad y de conexión. Cuando se hizo mayor empezó a interpretar a hombres atormentados y llenos de conflictos. Su pasión era palpable. Incluso si hacía del personaje de mayor edad de la película, seguía siendo joven de espíritu. Si seguimos el ejemplo de Cassavetes, podemos conservar un interés apasionado por la vida. Podemos entregarnos a proyectos en cuerpo y alma. A los 65 años aún podemos ser principiantes llenos de energía.

Me dicen que la edad media en Santa Fe es de 60 años. Es verdad que cuando voy a hacer la compra, veo a muchas personas mayores. A los jubilados les gusta mudarse a Santa Fe. Casi me he acostumbrado a la pregunta «¿Sigues escribiendo?». Lo cierto es que no me imagino no escribiendo. Termino un proyecto y empiezo otro, y casi siempre vivo con temor el intervalo entre ambos. Me sorprendo a mí misma desconfiando de mi capacidad. Da igual que haya escrito más de cuarenta libros, siempre temo que cada uno sea el último, que llegue un momento en que la edad me impida seguir.

Hace poco fui a hablar con Barbara McCandlish, una excelente terapeuta.

«Estoy triste», le dije. «Me da miedo no volver a escribir».

«Creo que lo que te da miedo es envejecer», dijo Barbara. «Creo que si escribes sobre eso, el resto vendrá solo».

La creatividad siempre es la respuesta.

El dramaturgo Richard Nelson se entrega en cuerpo y alma a nuevos proyectos. Su edad no le supone ningún problema. Uno de sus últimos trabajos, el ciclo teatral The Apple Family Plays, es un ejemplo de lo que se puede conseguir con dedicación.

El excelente escritor John Bowers publicó su primera novela, End of Story, a los 60 años. A los 64 trabaja duro en su segunda novela, más larga y ambiciosa que la primera, y me recuerda que Laura Ingalls Wilder publicó su primer libro de La casa de la pradera con 64 años. John empezó la presentación de su libro en Santa Fe diciendo que los potentes focos del escenario dejaban ver sus muchas arrugas. Es un hombre atractivo que lleva bien su edad, a pesar de los chistes que hace. Tal y como yo lo veo, ser tan creativo es lo que le conserva tan joven de espíritu.

Mi amiga Laura, con más de 60 años, asiste a agotadoras clases de zumba en su gimnasio de Chicago. «Consigo seguir el ritmo de la clase», dice con modestia. La realidad es que hace mucho más. Su postura corporal es orgullosa y su energía, eléctrica. «Solo son tres días a la semana», me dice. Pero está claro que bastan para influir en su físico y en su optimismo. A Laura siempre le ha encantado bailar, desde que daba clases de ballet siendo niña, y al encontrar una forma de ejercicio que encaja con su naturaleza alegre y creativa está radiante, y haciendo más ejercicio físico que en toda su vida.

Canoso pero en forma, Wade se jubiló hace poco de una larga carrera académica. Conocido por sus carismáticas clases en el departamento de filosofía de su universidad, cuando se jubiló, comprobó sorprendido que le apetecía apuntarse a clases de teatro. De joven había disfrutado participando activamente en el grupo de teatro de su barrio. Ahora se dedica con pasión a la interpretación y hace poco ha hecho el papel de Jack Nicholson en Mejor imposible en el mismo teatro de barrio que frecuentó de joven. «Mi vuelta a los escenarios», dice riendo. Su ilusión es palpable y los miembros más jóvenes de la compañía siempre están deseando oír sus anécdotas de los viejos tiempos.

Una vez jubilados, tanto Laura como Wade regresaron a las pasiones de su juventud. Está muy claro. En las vidas de todos hay pistas que nos conducen a lo que nos proporcionará felicidad durante nuestro «segundo acto».

Mi amigo Barry, a quien de pequeño le encantaba sacar fotografías con su cámara Brownie, redescubrió su pasión casi inmediatamente después de jubilarse de una larga carrera profesional en tecnologías de la comunicación. Empezó a hacer fotos, disfrutó aprendiendo la magia de las cámaras digitales y, muy pronto, utilizó Photoshop para editar las imágenes. Ahora cuelga todos los días en Facebook fotos bellas y misteriosas. En ocasiones captura una imagen más literal, en otras muestra una versión manipulada de la toma original para transmitir su visión particular, su mirada de artista. A menudo ajusta una imagen hasta que recuerda a una pintura clásica.

«Cuando tenía unos 5 años», me cuenta, «me sentaba en el regazo de mi padre a hojear Las pinturas más famosas del mundo, de Rockwell Kent. Me leía los pies de foto. Lo hicimos durante varias semanas y vi mucho arte. Se me quedó grabado». Cuando sus amigos comentan que siempre ha sabido cuál era su vocación, se muestra humilde. «No sabía que lo sabía», dice. «Probablemente le pasa a muchas personas».

Picasso dijo algo así como que todos los niños nacen artistas y que lo difícil es seguir siéndolo de adulto. Pasión, dedicación y, sobre todo, el valor de ser un principiante son las cualidades necesarias... y que están a nuestro alcance.

Hace poco cené con un amigo artista. Tiene 67 años y trabaja todos los días escribiendo, participando en programas de radio y de profesor. La conversación derivó en mi nuevo libro y en mis reflexiones sobre el tema de la jubilación.

«Los artistas no se retiran», se limitó a decir.

Es verdad. Tom Meehan, a los 83 años, estrenó dos musicales en Broadway en una misma temporada. Hoy, a los 86, prepara un nuevo espectáculo. Roman Totenberg, reputado violinista y profesor, enseñó —y dio recitales— hasta su muerte, a los noventa y muchos años. Frank Lloyd Wright falleció a los 91, dejando un edificio sin terminar en Oak Park, Illinois. B. B. King hizo giras hasta seis meses antes de morir, a la edad de 89 años. Oscar Hammerstein II vivió solo hasta los 65, lo bastante sin embargo para ver Sonrisas y lágrimas estrenarse en Broadway. Su última canción, Edelweiss, se añadió a la obra durante los ensayos.

¿Qué lecciones podemos extraer de todo esto? La autoexpresión es algo que no para nunca —y no debería hacerlo—. Todos somos creativos. Todos poseemos algo único que ofrecer al mundo. Tenemos el tiempo y la experiencia de nuestro lado. La jubilación es el momento de emprender proyectos, rescatar sueños, tiempo de revisitar el pasado y explorar lo desconocido. Es el momento de rediseñar nuestro futuro.

PRINCIPIOS BÁSICOS PARA RECUPERAR LA CREATIVIDAD

  1. La creatividad es el orden natural de la vida. La vida es energía... pura energía creativa.
  2. Hay una fuerza creativa subyacente, profunda, presente en todo ser vivo... incluidos nosotros.
  3. Cuando nos abrimos a nuestra creatividad, nos abrimos al creador que está dentro de nosotros y en nuestras vidas.
  4. Nosotros mismos somos creaciones. Y tenemos que dar continuidad a esa creatividad siendo creativos.
  5. La creatividad es un regalo que nos hace Dios. Usarla es nuestra manera de corresponderle por su regalo.
  6. Negarse a ser creativo es un acto voluntario y contrario a nuestra verdadera naturaleza.
  7. Cuando nos abrimos a explorar nuestra creatividad nos abrimos a Dios: vamos por el camino correcto.
  8. Cuando abrimos nuestro canal creativo al creador, cabe esperar muchos cambios suaves, pero poderosos.
  9. No corremos ningún peligro abriéndonos a una creatividad cada vez mayor.
  10. Nuestros sueños y anhelos creativos tienen un origen divino. Al perseguir nuestros sueños, nos acercamos a la divinidad.

 Nunca es Demasiado Tarde Para Ser un Artista