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Las emociones inciden en la cura de los animales

Palabra de veterinaria

Escrito por Cinzia Ciarmatori

Animales

Antes o después tendremos que aceptarlo: nuestra especie animal no es superior a las otras ni por su inteligencia, ni por su capacidad de adaptación al ambiente ni mucho menos por su capacidad de sentir emociones. El último baluarte de la creencia de estar un escalón (¡y uno particularmente alto!) por encima de los animales que el ser humano se obstinaba tercamente a no abandonar era la capacidad única y exclusiva de sentir emociones y no ser puro instinto (por otro lado, no entiendo por qué olvidamos tan a menudo todos los desastres que proceden de la acción humana...), pero se ha hecho añicos con los descubrimientos científicos más modernos.

El universo emocional del mundo animal

Nos guste o no, de Charles Darwin en adelante nuestra mirada hacia el mundo animal necesariamente ha tenido que empezar a incluir el universo emocional. Rabia, felicidad, tristeza, asco, miedo y sorpresa son las emociones analizadas por el biólogo británico a finales del siglo XIX, pero hoy sabemos perfectamente que el universo emotivo de los animales puede sin duda compararse al nuestro. Nos lo dice claramente Mark Beckoff, profesor emérito de Ecología y Biología evolucionista de la Universidad del Colorado, nos lo dicen Dian Fossey y Jane Goodall a través su extraordinario y valiente trabajo con gorilas de montaña y chimpancés, nos lo dicen los estudios más recientes en neurociencias. El cartesiano "pienso, luego existo" pierde su legitimidad al validar una visión mecanicista que consideraba a los animales res extensa, es decir, pura materia, seres que "no actúan por conocimiento, sino solo a través de la disposición de sus órganos".

La relación entre nuestra especie y las otras

Aquellos que eligen compartir su camino y su propia existencia con individuos de otras especies saben bien que no es necesaria la validación de los descubrimientos científicos (a menudo me gusta recordar en este sentido que la ciencia, como muchas otras cosas, es un invento humano, que nace de nuestra necesidad de conocer, catalogar, esquematizar, reglamentar. La ciencia explica o intenta hacerlo, claramente no decreta la existencia de las cosas...), pero los más escépticos podrán valerse de los resultados de los estudios, de las investigaciones y de las análisis de etología y psicología comparada para llegar a la única conclusión posible: ha llegado el momento de revisar y repensar la relación entre nuestra especie y las otras, ha llegado el momento de romper la cadena de las creencias erróneas que nos han conducido a cometer acciones malvadas e imperdonables con respecto a los animales. No tenemos más excusas.

Curación y cuidados. ¿Y las emociones?

Teniendo todo esto en cuenta, ¿podemos entonces pensar realmente que la vida emocional de los animales sea ajena al proceso de curación y cuidados?

¿Podemos realmente creer, en calidad de médicos veterinarios, que podemos seguir ignorando qué sienten nuestros pacientes cuando están sanos y cuándo están enfermos? ¿Y cuándo entran en los ambulatorios y clínicas y comunicamos a sus "compañeros humanos" que hay un problema de salud, quizás muy serio, con pronóstico reservado, y les ingresamos privándoles de sus seguridades o nos despedimos de ellos con largas listas de fármacos ignorando el estado de ánimo de quien está confiando la salud de un miembro de la propia familia?

Yo creo que no, y como yo un gran número de colegas que consideran los animales y las personas binomios inescindibles y únicos, sistemas relacionales que comunican e intercambian entre ellos mucho más de cuanto solemos creer, que se condicionan entre ellos, que a menudo tienden a parecerse.

El ejemplo de un caso clínico

Hace muchos años, un paciente conejo que cuidaba desde hacía tiempo y había aprendido a conocer bien, se había tenido que someter a una intervención quirúrgica no particularmente compleja. La anestesia y la operación no tuvieron complicaciones, el conejito se despertó perfectamente y retomó la alimentación espontánea en la clínica. Todo perfecto. Vivía con una familia que lo amaba profundamente, la señora que lo cuidaba estaba especialmente preocupada por la operación y seguía estando nerviosa no obstante mis garantías. El conejo volvió a casa y no quería saber nada de la comida, se escondía debajo de la cama y se quedaba allí inmóvil. El clima de ansiedad y preocupación crecía, así que les pedí una nueva visita. El marido de la mujer me lo trajo.

Clínicamente estaba todo en orden, en la clínica se movía sin dificultad y comía. Volvió a casa y de nuevo se escondió y rechazó la comida. El hijo de la señora me lo trajo de nuevo y por enésima vez me encontré ante un conejito animado, que aceptó de buen grado el heno aromatizado que le proporcioné. Volvió a casa y de nuevo la señora me llamó desesperada...

Hasta que entendí qué estaba sucediendo y le pedí a la señora que hiciera el esfuerzo de volver atrás en el tiempo, de volver a pensar en cómo se sentía y cómo se comportaba antes de saber que teníamos que operar a su amadísimo conejo, de volver a sus costumbres, de interrumpir la espiral de miedo y preocupación que, del todo inconscientemente, estaba transmitiendo al conejito. La señora se fió y dio lo mejor de ella, de modo que la situación se resolvió al instante.

Pienso a menudo en aquel episodio, también en mi paciente conejo y en la señora, que ya no están, pienso en ellos con afecto profundo y les soy grato por la enseñanza y por haber abierto en mi mente y en mi corazón el camino que nunca he dejado de seguir... aquel que conduce a considerar el mundo emocional de los animales estrechamente interconectado a su mundo físico, el uno no existe sin el otro y ambos deben tenerse en cuenta, también en relación a las dinámicas familiares. Extremadamente más complejo, pero también extremamente más fascinante. ¡Palabra de veterinaria!

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