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Extracto de "Los Anales Akásicos"

Los analaes akásicosEn una época en que, según los historiadores, nuestro continente apenas empezaba a salir de las brumas de cierta barbarie, los yoguis himalayos y los sabios hindúes hablaban con una profundidad desconcertante de la naturaleza de nuestro universo, de sus componentes sutiles y de la estructura de la materia. Han dejado constancia de sus conocimientos en escritos que, aun siendo poco accesibles para el común de los mortales, constituyen un patrimonio inestimable para nuestra Humanidad.

Su Tradición, basada en la experimentación directa, nos enseña que nuestro universo no se compone únicamente de los cuatro elementos clásicos, Tierra, Agua, Fuego y Aire. Designa un quinto elemento, que lleva el nombre de Akasha.

Este término de origen sánscrito designa la Luz inmanente que impregna los mundos. A veces se ha traducido demasiado someramente como Éter. Por otra parte, en hindi —una de las principales lenguas utilizadas en India— el término Akasha significa el Cielo como espacio luminoso.

Nuestra cultura nos predispone a considerar que los testimonios y consideraciones metafísicas de los místicos, son fundamentalmente divagaciones y, como tales, pensamos que basta con encogerse de hombros para descartarlas. Ya va siendo hora de poner fin a esa actitud pretenciosa, que excluye de entrada todo lo que no se puede cuantificar con los métodos clásicos admitidos.

El Akashay su trama

Por lo que a mí respecta, obviamente, no me cabe la menor duda de la existencia de ese quinto elemento llamado Akasha. Es lo único que permite dar una explicación coherente a multitud de fenómenos que sería demasiado fácil etiquetar de producto del delirio.

Al cabo de algo más de un cuarto de siglo viajando por él, solo puedo hablar de ese elemento como de una materia inteligente que constituye globalmente una especie de placa sensible del universo. Con esta expresión me refiero a una sustancia tan sutil y omnipresente, que todo lo que adviene en alguna parte, en cualquier lugar de lo que existe, se imprime automáticamente en ella. Desde luego, la expresión de placa sensible es una metáfora un tanto pálida, en este caso. Aun así, la utilizo porque tiene la ventaja de resultar elocuente por su sencillez.

En realidad, cuando tomas verdaderamente conciencia de la amplitud de la Memoria Akásica, es inevitable pensar en el disco duro colosal de un ordenador tan perfeccionado, que resulta inconcebible para la mente humana. Aunque no podamos palpar su contenido, como hacemos a través de un libro salido de la imprenta, por ejemplo, no por ello deja de ser una realidad accesible en ciertas condiciones. Si nos limitamos a negar su existencia porque no entra en nuestro campo de experimentación, nos comportamos como un analfabeto que se niega a considerar la existencia del concepto de libro por el mero hecho de que no detenta las claves de la lectura. Sería absurdo.

Cuando, por invitación de la Vida, nos es dado descubrir esa especie de clave de acceso interior que nos permite adentrarnos en el universo akásico, nos damos cuenta del aspecto concreto que se esconde tras su virtualidad superficial. En efecto, se trata de un elemento que podemos estudiar, igual que el agua o el aire, por ejemplo. Quiero decir que podemos descomponerlo, podemos distinguir en él estratos y componentes que hacen de él un verdadero tejido inteligente y supravivo, que actúa detrás del telón de la materia densa.

Por mi parte, distingo ese tejido en el brevísimo lapso de tiempo que media entre el momento en que mi consciencia se separa de mi cuerpo de carne, y la percepción de las primeras imágenes surgidas de cualquier episodio del pasado. La duración de ese espacio de tiempo depende de la rapidez con que mi alma sintoniza con la frecuencia vibratoria de una película del pasado. A fuerza de dejarme absorber por el tejido akásico, he acabado por percibir su trama. Lo que al principio me parecía que se resumía a unas cuantas chispas doradas, poco a poco ha revelado ser mucho más complejo. Para llegar a esa percepción, he aprovechado mi acceso a ciertos estados de paz más profundos que de costumbre, para hacer lo que podríamos llamar congelar la imagen.

Los analaes akásicos