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Extracto de "Vegetarianos con ciencia"

Vegetarianos con cienciaDE VEGETARIANOS Y VEGANOS. POLÍTICA, SALUD Y CIENCIA, AQUÍ Y AHORA

«Mucha gente pequeña, en lugares pequeños, haciendo cosas pequeñas, puede cambiar el mundo». Eduardo Caleano

Dicen que comer es un acto político. Y yo estoy de acuerdo. Lo es aquí, en el primer mundo, donde solo tenemos que alargar la mano y coger del estante del supermercado o de la nevera de casa lo que más nos apetezca. Sin límites. Lo es aquí, donde nunca hemos pasado hambre. Donde nunca ha sido nuestra mayor preocupación saber si tendremos algo que comer mañana. Lo es aquí, donde el problema es que comemos de más, no de menos. Lo es aquí, donde día tras día cada euro gastado en comida se convierte en un voto con el que manifestamos qué tipo de alimentos queremos y cómo queremos que se produzcan. Esto sí lo quiero y pago por ello. O esto no lo quiero y no lo compro. Aunque esté rico, sí, porque la palatabilidad no debería estar por encima de los principios. Lo es aquí, donde de nuestro estilo de vida (del cual es un pilar básico la alimentación) depende el 80 % de nuestros futuros problemas de salud por enfermedades no transmisibles, o eso dijo la OMS (Organización mundial de la Salud) en un informe del año 2010 y en 2015 se sigue llevando las manos a la cabeza por lo poco que hemos avanzado en prevención.

«Malsano» es la palabra que utiliza la máxima autoridad mundial en temas de salud para denominar al estilo de alimentación que está mermando la calidad de vida de toda la población de los países desarrollados.

Aquí y ahora, elegir qué queremos comer y qué no, puede ser moda, postureo o capricho. Pero también puede ser política, rebeldía, decisión meditada, ética y conciencia. Por lo primero, uno cuelga una foto del café que se está tomando en Starbucks. Por lo segundo, algunos deciden ser vegetarianos. ¡Ah! ¿No hay vegetarianos por moda o por esnobismo? Sí, por supuesto. Pero aun esos están apoyando, sin saberlo, un movimiento que redunda en beneficios globales. Bienvenidos sean los que cuando se hacen la foto con el café de Starbucks, lo han pedido con bebida de soja.

No hay decisión que pueda tomar un ciudadano de a pie que tenga tanto impacto como decidir qué come y, sobre todo, qué no come. Porque no hay nada que compremos con tanta frecuencia como la comida: ningún objeto de consumo precisa de tantas decisiones diarias y es tan imprescindible. Pocas industrias son más poderosas, pocos lobbies manipulan tanto; y en los que sí manejan otros hilos (económicos, farmacéuticos), los ciudadanos normales tenemos muy poco que decir: se gestionan en otras esferas. Pero la industria alimentaria no. La industria alimentaria también se gestiona en la panadería de abajo, en el supermercado de barrio y en el bar de menús al lado de tu trabajo.

Tú puedes decidir a diario si quieres apoyar la producción local o quieres consumir alimentos que han recorrido una media de más de 3.800 kilómetros y que han generado un impacto medioambiental insostenible por emisiones de dióxido de carbono. Y no lo digo yo, lo dice el último informe sobre el impacto de las emisiones de C02 por transporte de alimentos en el estado español (alimentos kilométricos) realizado por el Ministerio de Agricultura, Alimentación y Medio Ambiente junto a Amigos de la Tierra.

Consumir local o, al menos, de producción lo más cercana posible y de temporada es básico si queremos ser ciudadanos responsables. Pero hoy eso se queda corto. Aunque es un excelente comienzo, nosotros, los que podemos elegir y podemos presionar porque comemos cada día, tenemos que ir más allá.

¿«Más allá» es ser vegetariano? ¿Por qué?

Desde 2009, tras un demoledor informe de la FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura y la ONU titulado La larga sombra del ganado sabemos, y copio literalmente de la nota de prensa, que:

«La producción pecuaria es una de las causas principales de los problemas ambientales más apremiantes del mundo, como el calentamiento del planeta, la degradación de las tierras, la contaminación atmosférica y del agua y la pérdida de biodiversidad. Con una metodología que contempla la totalidad de la cadena del producto, el informe estima que el ganado es responsable del 18 % de las emisiones de gases que producen el efecto invernadero, un porcentaje mayor que el del transporte».

Sí, el ganado es responsable de las emisiones de gases de efecto invernadero en mayor medida que todos los medios de transporte juntos. Ahí es nada. Y además, en estos tiempos en los que hablamos tanto del calentamiento global del planeta, la FAO ha denunciado que el ganado genera el 65 % del óxido nitroso de origen humano, que tiene casi 300 veces el potencial de calentamiento global del C02. Y que también es responsable del 37 % de todo el metano producido por la actividad humana (23 veces más perjudicial que el C02) y del 64 % del amoniaco, que contribuye de forma significativa a la lluvia ácida.

Mientras tanto, nosotros seguimos consumiendo alimentos cárnicos y sus derivados a todas horas y la demanda no deja de crecer. No parece muy sensato, ni solidario, ya que ese mundo en el que estamos contaminando, degradando, dejando sin acuíferos y mermando su biodiversidad es de todos. No es solo nuestro: no es solo del avaricioso y sobrealimentado primer mundo. Ni es solo de nuestra generación, ¿en qué clase de planeta van a vivir los que vienen detrás?

Reducir, aunque sea de manera moderada, la ingesta de productos cárnicos produce ya diferencias significativas en la emisión de gases de efecto invernadero. Tampoco me lo invento yo. Lo afirma un estudio publicado en el American Journal of Clinical Nutrition en 2014, que establece que las emisiones de gases con efecto invernadero son un 29 % inferiores en dietas vegetarianas comparadas con dietas no vegetarianas.

La producción de carne es muy poco eficiente. La revista Public Health Nutrition también publicó, en 2014, un informe sobre el coste medioambiental que suponen las diferentes fuentes proteicas. En él indicaba que para obtener un kilo de proteínas procedentes de alubias se necesita la decimoctava parte de tierra, diez veces menos de agua, nueve veces menos de combustible, doce veces menos de fertilizante y diez veces menos de pesticidas que para producir un kilo de proteínas procedentes de carne de ternera. Y ojo, que no hablamos de un kilo de alimento bruto (la ternera tiene pelo, piel y huesos que no se comen), sino de un kilo de proteínas. Si en lugar de con alubias, hacemos la comparación con pollo y huevos, la ternera sigue siendo seis veces menos eficiente. Y mientras merendamos un bocata de jamón e ignoramos ese despilfarro de recursos, alrededor de 800 millones de personas no tienen suficiente acceso a alimentos, según datos de la FAO en 2014. Se desnutren. Se mueren de hambre.

¿Y el pescado? Tenemos alertas sanitarias gubernamentales sobre el consumo de ciertas especies de pescado azul por la elevada contaminación con metales pesados. Eso debería darnos una idea de lo que le estamos haciendo al mar. La extinción de especies, la pesca de arrastre que esquilma fondos marinos y la destrucción de economías de subsistencia de pesca local deberían ser motivos suficientes para decirle no a los animales marinos en el plato. Por no hablar de que todo Occidente pesca en aguas que no le corresponde y acaban con el alimento de las comunidades pesqueras tradicionales de países menos favorecidos. Y ese pescado que robamos no nos lo comemos: no todo. Se tiran, cada año, más de un millón de toneladas de peces muertos al mar. No es viable mantener la explotación actual de los océanos a largo plazo, y tú tienes los medios para no participar de ello.

Me dejo para el final la parte más conocida de las motivaciones asociadas al vegetarianismo: la explotación animal. Probablemente la animalista es la reivindicación más vistosa y que más cobertura mediática tiene, gracias a los actos multitudinarios y provocadores de organizaciones internacionales como PETA (Personas por el Trato Etico de los Animales) o como Igualdad Animal y Animanaturalis en España. No por mediática es menos sobrecogedora la manera en la que la industria trata a los animales para consumo. Os voy a ahorrar detalles. Si alguno creéis todavía que viven en alegres granjas soleadas, pastando hierba fresca o picoteando granos de maíz en un bucólico corral, os invito a visitar las webs de las organizaciones mencionadas. Es probable que no podáis terminar de leer los textos ni de ver algunos videos, si es que tenéis sangre en las venas. Y es que en la industria ganadera hay hacinamiento, aislamiento, sobremedicación para paliar los efectos de la falta de ejercicio y se priva a los animales de su comportamiento social normal, así que a menudo terminan teniendo comportamientos extraños, se vuelven locos. Además, se los transporta al matadero en condiciones espantosas, a menudo sin comida y sin agua y muchos mueren en el camino.

«Pero en mi pueblo... Pero en las comunidades tradicionales...» Podemos comprar local y de proximidad, pero no comemos comida tradicional. Comemos jamón de York hecho por grandes compañías y atún de lata comprado en supermercados sobreabastecidos. Desengáñate: el pienso que comen los animales de tu pueblo es el mismo que comen todos los demás. Hecho con soja y maíz de monocultivos que acaban con un terreno que podría servir para alimentar a gente que se muere de hambre. Y cada vez hay menos comunidades tradicionales en el planeta. La mayoría son domadas y las leyes ganaderas de sus países no les facilitan el nomadismo porque la industria alimentaria necesita terreno para pasto. De verdad, ¿conocéis algún país que haga caso a los indígenas, salvo para el turismo y el folclore? Yo no quiero apoyar todo esto. ¿Y vosotros?

Quizá muchos penséis que tampoco hace falta ser tan radical y que es suficiente con reducir el consumo, comer carne solo fuera de casa o cuando nos invitan, o dejar un día de pescado en nuestro menú semanal. Estoy de acuerdo: es un gran paso. Y para vosotros también servirá este libro, para facilitaros elecciones alimentarias conscientes. Pero que conste que, aquí y ahora, con semejante panorama, no está el mundo para que, los que podemos, no seamos radicales. En muchos de los posicionamientos éticos que podemos adoptar en nuestra vida diaria, el extremismo es una necesidad: no basta con ser un poquito racista, insultar a los homosexuales un día a la semana o pegarle a tu mujer quince días al mes porque en el punto medio está la virtud. Y no solo cuenta nuestro propio impacto, también el que se desprenda de nuestro ejemplo. Tenedlo en cuenta cuando en un grupo de 30 personas os comáis la hamburguesa como excepción, porque estáis fuera de casa y porque por un día no pasa nada: qué gran momento estáis perdiendo para enseñar que hay otras opciones, para normalizar. Cuando no le insistís al restaurante de esa boda en que haga menú vegetariano, qué oportunidad perdida de dar visibilidad a la causa. Cuando os coméis la merluza o la pierna de cordero en Navidades, qué pena no haber aprovechado para modificar un poco el menú y enseñar nuevas opciones a vuestra familia.

Vegetarianos con ciencia