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Extracto de "Una nueva vida con plenitud"

Una nueva vida con plenitudABRAZAR EL CAMBIO

No son los más fuertes de la especie los que sobreviven, ni los más inteligentes, sino los que se adaptan mejor al cambio. Charles Darwin

Existen algunas condiciones o circunstancias necesarias para que se produzca una transformación positiva. Y hay diferentes niveles en los que esta transformación puede tener lugar. Lo que va a leer en las páginas siguientes es el resultado de la experiencia, la exploración, la consideración, el análisis y la investigación sobre el funcionamiento humano frente al cambio, independientemente del hecho de que sea un cambio forzado, un paso obligado que impone la vida, o una mejora implementada conscientemente. Identificando los niveles de cambio comprenderá más a fondo la naturaleza del proceso de transformación y podrá desarrollar la actitud y el estado de ánimo necesario para comenzar el viaje de la mejor manera. De hecho, cualquier cambio que haga, ya sea en el trabajo, en su relación o en su entorno será sólo un cosmético sin impacto duradero a menos que derive de una profunda transformación de su conciencia.

El propósito de esta parte es, entonces, sentar un fundamento sólido, crear una base que será enriquecida, desarrollada, construida y reforzada con ejemplos, explicaciones y ejercicios en los siguientes capítulos. Nos estamos preparando para viajar hacia la mejora y mientras tanto es útil comprender qué llevamos con nosotros.

También hablaré de las paradojas del cambio. El encuentro con la contradicción de las paradojas puede producir confusión: en realidad es precisamente abrazando dos verdades extremas y en aparente contraste entre ellas cuando ampliamos nuestra perspectiva y creamos el espacio para que pueda existir el cambio.

No sé si se ha dado cuenta, pero la vida misma está llena de paradojas. ¿Algunos ejemplos? Ser capaz de permanecer fiel a sí mismo, a los propios valores, a la propia ética personal, y al mismo tiempo ser capaz de cambiar la forma de ser. O mantener una palabra, un compromiso adquirido, y al mismo tiempo tener la libertad de cambiar de idea…

El arte del cambio

Sólo mediante el cambio puedes mantenerte constante. Y sólo moviéndote puedes permanecer donde estás. Tony Buzan

No podemos no cambiar

Si hay una constante, una certeza en la vida, ésta es el cambio. Un antiguo dicho Zen afirma que no se puede entrar en el mismo río dos veces. Porque cada vez son diferentes las condiciones: la temperatura del agua, la flora, la fauna, los microorganismos que conforman ese río serán diferentes y nos llevará a una nueva experiencia. En otras palabras, cada vez es como entrar en un río diferente. Lo mismo ocurre con la corriente de la vida. Todo lo que nos rodea está en constante metamorfosis. El propio cuerpo humano, lejos de ser un mero ensamblaje de sus partes, está en constante crecimiento y evolución. A cada instante se dan increíbles cambios bioquímicos y biológicos, tanto que los últimos descubrimientos de la ciencia cuántica argumentan que cada siete años las células del cuerpo se renuevan por completo.

De hecho, células, sangre y órganos se modifican sin descanso para mantener la homeostasis, es decir, un equilibrio perfecto. En otras palabras, con el fin de garantizar que se permanece en un constante estado de salud, el cuerpo está en constante cambio.

Es un mecanismo espontáneo que se produce naturalmente. Y todos hemos tenido una experiencia directa, al menos una vez en la vida, cuando hemos entrado en el agua. Ya se trate de un lago, un mar, un río o una simple piscina, cuando estamos en el agua y nuestros pies no tocan el fondo, ¿cómo podemos mantener nuestra posición? Necesitamos movernos. Paradójicamente, para estar donde estamos tenemos que cambiar, estar en movimiento. Y debemos hacerlo de una manera coordinada, dando ritmo y sentido a nuestras acciones.

Vivir es cambiar. Día tras día cambiamos. Incluso en este mismo momento, sin darnos cuenta, estamos cambiando. Pero ¿en qué dirección? ¿Nos estamos moviendo para mantener lo que tenemos (trabajo, sentimientos, salud)? ¿Para mejorarnos? ¿Estamos dejando que nos arrastre la corriente? ¿O nos estamos yendo directamente al fondo?

Los cinco niveles del cambio

En sus estudios sobre el aprendizaje y el cambio, el reconocido antropólogo Gregory Bateson distingue cinco niveles. El nivel cero es la resistencia al cambio. Si bien no estamos satisfechos con los resultados que obtenemos, seguimos haciendo las mismas cosas, teniendo los mismos hábitos, frecuentando los mismos círculos, reaccionando siempre de la misma manera. Así, tenemos una ilusión de estabilidad, de seguridad y aparentemente no hay cambio alguno. En realidad, como cuando estamos en el agua, estamos cambiando. Sólo que no estamos mejorando. No estamos desarrollando nuevas cualidades. Por el contrario, cuanto más implementamos las mismas soluciones que no funcionan, más aumenta el malestar. Y nos enquistamos más y más en las viejas posiciones con el riesgo de irnos al fondo.

«Basta con que sea una intervención rápida, no tengo tiempo que perder». Filippo es el director de ventas de una importante multinacional. Las personas que trabajan con él temen sus modales bruscos, sus silencios llenos de tensión y sus maneras autoritarias. Lo definen como padre-patrón. Y por esta razón, el CEO de la empresa nos pide que le hagamos un seguimiento con sesiones de coaching. «Es mi carácter», se defiende Filippo, «y además es la única manera de obtener resultados, de asegurarme de que la empresa sigue adelante». En casa la situación no es mejor. Su trabajo requiere mucho esfuerzo, a menudo, incluso los fines de semana. «Últimamente mi esposa ha empezado a hablar de separarnos, con mis hijas no hay diálogo y el clima de la empresa es cada vez más tenso y hostil», confiesa con nerviosismo, jugueteando con el paquete de tabaco, del que ha aumentado el consumo.

Durante años, Filippo se ha comportado de la misma manera. En los últimos meses ha engordado, a menudo tiene dolores de cabeza y está cada vez más nervioso. En este caso el cambio se considera involutivo o degenerativo, porque día tras día, de una manera casi imperceptible, se produce un deterioro. Es un ejemplo típico que vemos en muchos matrimonios, donde la comunicación y la intimidad empeoran con los años, en lugar de mejorar.

El primer nivel de cambio sucede cuando empezamos a aprender algo nuevo, y esto nos lleva a tomar nuevas acciones. Nos esforzamos en utilizar nuestra capacidad de adaptación, en desarrollar una cierta flexibilidad y aceptamos nuevas formas de responder a las situaciones. Este nivel se conoce como «cambio incremental»: poco a poco empiezan a verse mejores resultados, a pesar de permanecer en ámbitos conocidos.

Filippo está comprometido con el programa de coaching y el primer objetivo que se impone es el de afrontar mejor el estrés. Durante las sesiones aprende a manejar el tiempo personal, familiar y laboral. Al principio es difícil, pero poco a poco adquiere nuevos hábitos más saludables, deja de fumar, disminuye la ingesta de alcohol y empieza a salir a correr con regularidad. Esto hace que esté más relajado. A medida que desarrollamos nuevos comportamientos y damos nuevas respuestas a las situaciones, nuestra perspectiva se ensancha y pronto nos damos cuenta de que sólo hemos tocado la superficie de las posibilidades de mejora y que hay muchas más. Sentimos la necesidad de «cambiar el cambio» que hemos implementado en el nivel anterior. Esto nos empuja a acceder a un nivel superior: comenzamos a preguntarnos qué nuevas habilidades, comportamientos y estrategias tenemos que explorar, aunque lo hagamos de manera discontinua. Estamos en la fase del «cambio de desarrollo», es decir, empezamos a desarrollar nuevas habilidades y a buscar nuevos territorios.

Continuando con las sesiones de coaching, Filippo empieza a darse cuenta de su comportamiento. «Me da vergüenza admitirlo, pero hasta ahora podía ver a las personas sólo por su función. Eran números con los que facturar y todo el mundo tenía que estar a mi servicio. Era la única manera que conocía de satisfacer las demandas urgentes del mercado y obtener resultados rápidos. Me doy cuenta de que me he comportado casi de la misma manera con mi familia: pretendía que mis exigencias se satisficieran en primer lugar, aunque allí no hubiera ningún consejo de administración al que complacer.

Filippo entiende bien pronto que aprender a manejar el estrés no es suficiente. Lo que ahora desea es mejorar sus relaciones y aprender a manejar el mundo de las emociones, área completamente desconocida para él: «Quiero aprender a relacionarme de una manera más abierta y positiva con mis empleados. Quiero estar ahí para las personas que están cerca de mí y quiero escucharlos sin considerarlo una pérdida de tiempo. Quiero aprender a ver su valor y respetar sus necesidades. Quiero aprender a abrazar a mis hijas y decirles: “Os quiero”». Como Filippo, a medida que avanzamos en nuevas direcciones, exploramos nuevas áreas y adoptamos nuevas formas de pensar y nuevas conductas, comenzamos a convertirnos en personas nuevas, desarrollamos nuevas percepciones de nosotros mismos y de nuestra identidad. El cambio ya no se da sólo en nuestro comportamiento, en nuestro trabajo, en nuestras relaciones o en nuestra salud, sino en nuestro yo más profundo. Es el nivel «evolutivo».

Filippo descubre un nuevo mundo por el que nunca había navegado antes, el de la inteligencia emocional: la ternura, la empatía, la igualdad de las relaciones, el intercambio, el apoyo mutuo. Descubre que posee una vena artística y que ama pintar. Pasa cada vez más tiempo en la naturaleza y un fin de semana al mes invita a sus colaboradores a su casa del lago. A partir de estas reuniones informales, donde la atmósfera es ligera y relajada, nacen nuevos proyectos y un equipo muy unido. Cuando emerge una nueva identidad, el nuevo sentido de uno mismo modifica todo nuestro mundo, conduce los criterios de nuestras elecciones y le da una nueva dirección a nuestras vidas. Es el momento del «despertar», caracterizado por profundas intuiciones. En este nivel, el cambio se llama «revolucionario». Y de hecho trae verdaderas revoluciones a nuestra existencia.

Filippo se da cuenta de la riqueza y capacidades de cada miembro de su grupo y se pone como objetivo ayudar a todos a dar lo mejor de sí mismos. Participa con los miembros del grupo en muchos de nuestros cursos de desarrollo personal y también nos pide que lo formemos profesionalmente para convertirse en coach. Ahora en la empresa es considerado un mentor, una figura que goza de gran respeto, que puede crear los grupos con mejores resultados, cohesionados y motivados. No sólo eso, los que trabajan con él están ahora más alegres y satisfechos. ¿Y su esposa e hijas? Después de la incredulidad inicial, están felices por su cambio: «Parece otra persona. ¡Fue una verdadera revolución!», nos dijeron felices. A menudo es difícil medir el cambio porque no podemos verlo ni tocarlo. Sin embargo, es algo concreto: es un proceso que tiene lugar ante nuestros ojos.

Pero ¿qué hay detrás del cambio?

Como se desprende del estudio de Bateson, las palabras clave son «aprender» y «crecer». Cambiamos a medida que crecemos y mientras tanto aprendemos y desarrollamos nuevas capacidades, ideas y comportamientos. Mientras incorporamos las nuevas enseñanzas, algo dentro de nosotros empieza a cambiar. Las mismas cosas que aprendemos, las experiencias que vivimos, nos cambian. La semilla del arte del cambio es inherente a todo ser humano. Es una habilidad innata, al igual que la capacidad de caminar. Nadie nace sabiendo caminar, pero poco a poco, después de muchos intentos, finalmente, aprende. El desarrollo de esta habilidad ha revolucionado toda nuestra existencia. Luego, con el tiempo, si queremos, podemos refinar dicha habilidad, y entrenarla para convertirnos en bailarines, corredores o atletas. O simplemente podemos caminar para ir a trabajar, ir de compras, o disfrutar de un paseo en un día soleado. Del mismo modo, podemos utilizar nuestra capacidad natural para cambiar para conducir las pequeñas o grandes transformaciones diarias y dirigirlas hacia la evolución, en vez de dejarnos arrastrar por la corriente o incluso dejarnos caer hasta el fondo. Podemos llegar a ser verdaderos artistas del cambio, aprender a crear las revoluciones que deseamos.

La aceptación

Dios, concédeme la serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar, el valor para cambiar las cosas que puedo cambiar y la sabiduría para distinguir entre las dos. San Francisco de Asís

Hace años, mi marido y yo queríamos irnos a vivir al campo junto con algunos amigos y colaboradores. La idea había nacido de un sueño: formar una nueva versión de comunidad donde todo el mundo tuviera la privacidad de su apartamento, y luego zonas comunes donde reunirse. Además, cada vez sentíamos con más fuerza la necesidad de vivir en medio de la naturaleza. Obviamente, la búsqueda del lugar perfecto no fue fácil: examinamos decenas de caseríos y pueblos antiguos abandonados hasta que finalmente encontramos el lugar adecuado. Tras la firma del compromiso, con los proyectos de reestructuración preparados, e incluso después de la elección de los muebles, encontramos que no podíamos continuar. Por diversas razones, entre ellas los permisos de construcción y los problemas personales de más de la mitad de los amigos que formaban parte del proyecto, nuestro sueño se hizo añicos. Tuvimos que renunciar a aquella casa, al menos en los términos pensados.

Mi primera reacción fue la negación total de lo que estaba pasando: «No es verdad, no son obstáculos de verdad, no quiero renunciar. ¡Seguiré adelante a toda costa!». Durante meses y meses asistí a innumerables reuniones agotadoras, a citas con notarios, hice lecturas y relecturas de las leyes de la construcción, centenares de llamadas telefónicas, correos electrónicos y faxes… sin otro resultado que estrés, pérdida de tiempo y de dinero. Seguí luchando sin inmutarme: el dolor de ver mi sueño derrumbado era demasiado grande. Pero trataba de encontrar alguna solución, seguía golpeando contra muros infranqueables. Hasta que en algún momento me di cuenta: tal vez era hora de aceptar algo que no podía cambiar. Sólo cuando di aquel paso, y no fue fácil, me di cuenta de que no tendría que renunciar a la totalidad del proyecto, como pensaba, sino que podía concentrar mi atención en los cambios necesarios. Y así fue. En lugar de seguir corriendo tras el sueño inicial, redirigimos el proyecto hacia una simple casa en el campo. Y también aceptamos la idea de no comprarla, sino de alquilarla. De repente, la situación se resolvió. En menos de un mes encontramos una hermosa casa por una cifra que podíamos permitirnos. Nicola y yo nos mudamos allí y un montón de amigos que formaban parte del proyecto inicial viven ahora a pocos kilómetros de distancia. También tenemos la oportunidad de reunirnos en la sala o en la terraza de nuestra casa y disfrutar de las verduras del huerto. Si no hubiéramos abierto la puerta de aceptación todavía viviríamos en Milán y aún estaríamos luchando entre abogados, topógrafos y notarios.

Hay un viejo refrán que procuro tener siempre en mente y que en esta ocasión ha demostrado ser muy útil: «Si puedo cambiar algo, ¿por qué preocuparme? Y si es algo que no puedo cambiar de ningún modo, ¿por qué preocuparme?».

Sin la aceptación, la determinación degenera en terquedad, la tensión creativa se convierte en nerviosismo y frustración, y el cambio se vuelve lucha. Y es una guerra en la que el verdadero enemigo terminamos siendo nosotros mismos. Y sólo a través de la aceptación creamos las condiciones necesarias para aprender de las experiencias, aumentamos nuestra capacidad y avanzamos hacia el cambio evolutivo.

Esto es lo que pensaba Bateson sobre la aceptación: «Una cierta libertad proviene del reconocimiento de aquello que está necesariamente presente, aquí y ahora. De este reconocimiento deriva la capacidad de saber cómo actuar». Pero ¿qué es la aceptación? Y lo más importante, ¿qué no es? A menudo, cuando me enfrento a este tema en los cursos, me preguntan si el hecho de aceptar los acontecimientos no nos hace espectadores inertes de la vida. ¿Cómo puedo aceptar lo que no me gusta? ¿Si acepto cualquier situación no me arriesgo a detener el cambio? Una vez una mujer que era golpeada regularmente por su marido afirmó que ahora ella aceptaba el hecho. Eso no es un ejemplo de aceptación, sino de resignación. También porque en ese caso las cosas podían ser cambiadas. La gran diferencia es que la resignación es un estado de ánimo pasivo: resignarse equivale a soportar, a menudo en contra de nuestro deseo, encerrarnos en nosotros mismos y jugar el papel de víctima. Aceptar los acontecimientos inevitables, en cambio, requiere de fuerza, coraje, voluntad y determinación para seguir adelante. Significa tomar nota de cómo son las cosas, escuchar la llamada del cambio, dejar de enterrar la cabeza en la arena, reconocer lo que está sucediendo y ser sincero con uno mismo.

Aceptar significa observar cada parte de nosotros y de nuestras vidas, incluso aquellas incómodas, que no nos gusta, que queremos cambiar.

Observar sin juzgar: ¿mala suerte o bendición?

Para que la aceptación se produzca, es necesario observar sin juzgar, con curiosidad genuina. Cuando juzgamos nos enquistamos en nuestra posición. Esto contamina la capacidad de captar los matices, contamina nuestra interpretación del mundo y altera nuestras respuestas a los acontecimientos. Si uno está acostumbrado a ver la crítica y el juicio como algo constructivo se puede empezar a pensar en la aceptación como en una simple suspensión del juicio.

Una antigua historia taoísta habla de un sabio que vivía en una aldea en el extremo norte de China. Un día a su hijo se le escapó el mejor caballo. El muchacho hizo todo lo posible para encontrarlo, pero el animal se había ido al otro lado de la frontera y había sido captura do por una caravana de nómadas. Todo el pueblo trató de consolar al niño, que no podía encontrar paz para su desgracia. Pero su padre, el sabio, le dijo: «¿Cómo puedes decir que es algo lamentable y no una bendición?». Meses después el caballo regresó, trayendo con él un hermoso semental. Esta vez el joven estaba radiante y todo el pueblo le felicitó por su buena suerte. Pero el padre le dijo: «¿Cómo puedes decir que es una suerte y no un desastre?». El semental pronto se convirtió en el caballo favorito del chico y le hizo ganar un montón de dinero, pero un día, montando su hermoso animal, el joven se cayó y se rompió la cadera. Una vez más, todo el pueblo fue a consolar al pobre niño desafortunado. Pero una vez más, dijo el padre, «¿Cómo sabes que es algo lamentable y no una bendición?». Unos meses más tarde, una tribu nómada invadió el norte de China y todos los hombres sanos fueron reclutados para ir al frente a luchar. Nueve de cada diez nunca regresaron a casa. El joven no fue reclutado precisamente gracias a la caída del caballo y salvó su vida. Así que padre e hijo vivieron felices para siempre cuidando el uno del otro durante muchos años.

Al recordar esta historia, ¿cómo sabemos que lo que llamamos una desgracia no es realmente una bendición? ¿De qué sirve juzgar, entonces? Como descubriremos, la idea no es fingir nada, ni decirnos que todo está bien cuando no lo está. Se trata más bien de reconocer la realidad manteniendo la observación lo más limpia posible, sin contaminar con ideas fijas o prejuicios. Cuando estamos inmersos en una situación no estamos en la mejor posición para juzgar objetivamente.

¿Y cuando fallo?

Tomamos el ejemplo del momento en que empezamos a caminar, uno de los primeros cambios importantes a los que todos nos hemos enfrentado. Para aprender, todos hemos hecho interminables intentos. Y hemos fallado miles de veces. Sin embargo, nunca nos sentimos incapaces de hacerlo, y nadie nos ha juzgado jamás. Con cada caída, simplemente tomamos nota de la situación, y la aceptamos como lo que era. Eso nos permitió levantarnos cada vez, continuar para tratar de mejorar cada día un poco más. ¡Cómo cambiarían las cosas si pudiéramos tener la misma actitud de aceptación sin juicio ante las caídas de la vida!

La aceptación conduce a amarnos y a apreciarnos incluso si nuestro punto de partida no es el que queremos, incluso si caemos por enésima vez, a pesar de que estemos en una situación no deseada y, aparentemente, no tengamos la fuerza para salir. El psicólogo y escritor Nathan Freeman sugiere: «¡Tienes que amar y aceptar tus neurosis para curarlas!».

¿Es tan simple entonces? En realidad no. Es simple pero no es fácil, porque hay trampa. Muchas veces nos detenemos en la primera etapa, la aceptación intelectual. ¿Cuántas veces hemos pensado que aceptamos partes de la realidad y, en cambio, sólo lo hemos hecho de manera racional y dentro aún albergamos ira, frustración, decepción o culpa? La verdadera aceptación se produce sólo cuando estamos abiertos a absorber también emocionalmente, a digerir completamente lo que es. Como veremos más adelante, a menudo es de las cosas que no podemos cambiar, como el duelo, la enfermedad, la separación, de donde vienen las enseñanzas y las transformaciones más importantes de nuestras vidas. Y a menudo estas experiencias no son fáciles de aceptar. Pero sólo si la aceptación es real nos deshacemos de la carga emocional, y puede tener lugar la transformación. Durante los cursos, gran parte de nuestro trabajo es ayudar a la gente a dar precisamente ese paso.

En los capítulos dedicados a las etapas del cambio y a las herramientas de transformación, hablaremos con más detalle de algunos ingredientes de la aceptación como la conciencia y el perdón, y profundizaremos en diferentes temas que le ayudarán a desarrollar la autoaceptación, como el optimismo, la meditación, la fe y la espiritualidad. Si no aceptamos algo (una situación, una experiencia, una parte de nosotros), ¿cómo podemos poseerlo plenamente? Y si no lo poseemos, ¿cómo podemos cambiarlo?

La zona de poder

Si no te gusta algo, cámbialo. Si no puedes cambiarlo, cambia tu actitud. No te quejes. Maya Angelou

«Aquí nadie te ayuda, incluso si estás sobrecargada de trabajo. Ojalá las cosas fueran diferentes, pero ¿qué puedo hacer yo?». Desde que ha entrado en la sala hace una hora, en la cara de Simonetta hay impresa una sonrisa forzada que es difícil pasar por alto. Hay un contraste llamativo entre los músculos de las mejillas que se contraen para mostrar unos dientes reveladores que podrían anunciar una pasta dentífrica y los ojos córvidos donde no hay rastro alguno de sonrisa. ¿Qué diría Paul Ekman si la viera? ¿Era lo que él llamaba una sonrisa Pan Am? Esto es lo que pasa: me distraigo. Cuando una persona muestra una fuerte disonancia entre lo que dice y lo que su cuerpo expresa, tiendo a seguir las señales de este último. «Oh, Dios, ¿qué me he perdido?», pienso. Pero de inmediato me llama la atención el tono de resignación con el que prosigue. «De todos modos, aquí nunca cambiarán las cosas. Se habla de cooperación pero entonces todo el mundo no sólo se ocupa de su propio jardín trasero, sino que también echa las malas hierbas a los jardines de los demás. ¿Cómo se trabaja en un ambiente donde nadie te saluda por la mañana?». Decido darle una oportunidad: «Hasta ahora, ¿qué ha hecho para mejorar las cosas? ¿Cómo puede crear un mundo más pacífico y cooperativo? ¿Cómo se muestra disponible para ayudar a sus colegas? ¿Cuántas veces los ha saludado usted primero por la mañana?». «¡Ah, no, son ellos los que tienen que venir a mi encuentro. Ya me he esforzado lo suficiente. Cuando empezamos a compartir la oficina, yo saludaba tanto a Sara como a Marina. Por supuesto que me respondían, pero sin siquiera apartar la vista de la pantalla del ordenador». Simonetta se pone a la defensiva. Intento fallido.

«Nunca pensó que en esa época podían estar muy ocupadas o que tal vez para ellas el saludo matinal no es tan importante? ¿Alguna vez ha hablado de ese asunto con ellas?». Sigue sorprendiéndome cómo incluso las grandes empresas son tan a menudo pequeños mecanismos para influenciar en el bienestar y el rendimiento de las personas. «Bueno, estamos todas ocupadas, siempre hay problemas que resolver. Son ellas las que deben venir y pedirme disculpas. Están arruinando mi vida». El tono de Simonetta se vuelve más seco y la tensión en las mandíbulas cada vez más visible. Segundo intento fallido. Lástima que no se da cuenta de que es ella misma la que está arruinándose la vida. Hago un último intento: «¿Cómo pueden Sara y Marina arruinar su vida? ¿Tanto poder tienen sobre usted?». Silencio. Simonetta me mira como si yo hubiera hablado en arameo. «¿En qué sentido? No le entiendo», balbucea. En este punto me decido a ir hasta el final: «¿Quién decide cómo se siente? ¿Quién elige lo que piensa? ¿Quién le dice cómo reaccionar ante las situaciones? ¿Quién determina su estado de ánimo, su comportamiento, cómo discurren sus días? ¿Quiere que sean los demás? ¿Quiere ser como una veleta a merced de los acontecimientos? ¿Desea ceder a los demás este poder o quiere ser la que decida por sí misma y por su vida?». Silencio. Simonetta permanece inmóvil durante unos momentos. Entonces, de repente, sus mandíbulas se relajan. Incluso diría que se caen. «Por supuesto que no. Nadie puede arruinarnos el día o la vida, si no le damos permiso nosotros mismos. Nunca lo había pensado. Nunca había considerado la situación de esta manera», dice con una de las mejores expresiones de asombro que he visto en mi vida. Intento exitoso. Si es un concepto tan simple, ¿por qué siempre lo olvidamos?

Las dos zonas

Hay dos zonas claramente definidas en la que nos movemos. Hay una zona que está bajo nuestro poder total, y una que se refiere a todo lo que es ajeno a nosotros, a lo que está más allá de nuestro control, más allá de nuestra esfera de influencia directa. ¿Con qué frecuencia nos gustaría mantener todo bajo control? El comportamiento de la pareja, las decisiones de los hijos, la respuesta de los amigos o compañeros de trabajo, la política de la empresa, el tráfico, la delincuencia, el ordenador o la máquina que se rompe, etcétera. ¿Y cuánto de esto está realmente bajo nuestro control? Pero, sobre todo, ¿qué cantidad de tiempo y energía utilizamos para preocuparnos, desesperarnos, y para intentar cambiar las cosas sin conseguirlo?

Parafraseando la oración de san Francisco, por cierto también conocido como «rezo de la serenidad», es fundamental tener siempre presente la línea que separa estas dos zonas. Y es conveniente centrar nuestra atención en la primera zona porque es allí donde podemos ejercer plenamente nuestra influencia. Es aquella que, de hecho, nos concierne personalmente y tiene que ver con la manera en que respondemos a los acontecimientos a través de pensamientos, emociones, palabras y acciones. Independientemente de la situación externa, siempre somos nosotros los que elegimos lo que pensamos, cómo nos sentimos, cómo hablamos y cómo actuamos. Nadie puede obligarnos a pensar de una manera determinada. Nadie tiene la propiedad de nuestras palabras. Nadie puede hacernos sentir inferiores o tristes o enojados si no queremos. Nadie ni nada puede arruinar nuestras vidas, si no le damos nosotros mismos ese derecho. Viktor Frankl, psiquiatra vienés de origen judío y padre de la logoterapia, reflexionando sobre su largo encarcelamiento en Auschwitz, dijo que hicieran lo que hicieran sus captores, no podían obligarlo a odiarlos y concluyó que «a fin de cuentas es posible quitarle a los hombres todo menos una cosa, el último bastión de la libertad humana: la posibilidad de elegir con qué actitud enfrentarse a cualquier circunstancia en la que se puedan llegar a encontrar». Pensar, emocionarse, hablar y actuar son nuestras cuatro capacidades principales, y juntas forman nuestra zona de poder. Aquí es donde residen el corazón y el motor del cambio.

Las cartas de la vida

Mata Amritanandamayi, conocida en todo el mundo con el diminutivo de Amma, es decir, Madre, es una gurú india por muchos considerada una santa por sus esfuerzos humanitarios increíbles y sus valiosas lecciones. Nacida en una zona muy pobre de Kerala, ha dedicado su vida a aliviar el sufrimiento de los más necesitados. A pesar de que no tiene nada, excepto su sari, se las ha arreglado para construir decenas de escuelas, orfanatos y hospitales, donar más de 25.000 hogares a las personas sin hogar, y su organización proporciona cada día más de 50.000 comidas a los hambrientos. Por todas estas actividades ha recibido numerosos premios internacionales y ha sido invitada en varias ocasiones a las Naciones Unidas, sin embargo, es una de las personas más humildes que he conocido.

Durante una estancia en su ashram en la India la oí usar una metáfora sugerente para explicar nuestra zona de poder. Amma compara la vida con un juego de cartas. Las cartas son repartidas por alguien al que puedes darle varios nombres: Dios, el destino, el karma, el azar… De vez en cuando tenemos cartas buenas con las que es fácil jugar, a veces tenemos en las manos cartas decididamente inferiores. En cualquier caso, no tenemos ninguna influencia en la elección de las cartas. Pero en aquello que tenemos un dominio total, sin embargo, es la manera en que elegimos jugarlas. Esto es lo que marca la diferencia en nuestra vida y en el mundo. ¡Dicho por ella, que es un testimonio vivo, surte un gran efecto!

Tener esta distinción nos permite no perder tiempo y energía tratando de cambiar lo que no podemos cambiar, como un día lluvioso, el duelo, un despido, una separación. Son las cartas que la vida nos está ofreciendo en esta partida. Pero podemos decidir cómo jugarlas. Y todo ello no sólo está en nuestro poder, sino que también es nuestro derecho y un deber para con la evolución de la humanidad. Por supuesto, también podemos optar por resoplar, quejarnos y pasar días enteros enfadados con quien ha repartido las cartas o con el destino. Pero ¿todo eso nos ayudará a jugar mejor nuestras cartas? Cuando decidimos culpar a los demás, sentirnos víctimas sin esperanza y sin ayuda, estamos renunciando a nuestra zona de poder. Y cuanto más lo hacemos, más nos dirigimos hacia un cambio de tipo negativo o involutivo.

Una nueva vida con plenitud