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Extracto de "¡Siempre tengo hambre!

¡Siempre tengo hambre!Prácticamente todas las recomendaciones para perder peso procedentes de la Administración federal estadounidense y de las asociaciones nutricionistas profesionales se basan en la noción de que «una caloría es una caloría»; !una estrategia de una simplicidad atrayente. «Come menos y muévete más», dicen. «Consume menos calorías de las que quemas y perderás peso.» Pero hay un problema: este consejo no funciona; no para la mayoría de la gente a largo plazo. Los elevados índices de obesidad se mantienen en niveles sin precedentes a pesar de la incesante insistencia por parte del Estado, las asociaciones sanitarias profesionales y la industria alimentaria (para muestra, la moda de los «packs de 100 calorías»). Además, el método para reducir el consumo de calorías que se ha estado utilizando desde 1970 (una dieta baja en grasas) ha fracasado estrepitosamente.

Aunque buscar el equilibrio calórico pocas veces tiene como resultado la pérdida de peso, sí suele causar sufrimiento. Si todas las calorías son iguales, entonces no existen «alimentos malos», y nos vemos obligados a autocontrolarnos. Esta postura culpa a la gente con exceso de peso (pues al parecer carecen de información, disciplina o fuerza de voluntad), y absuelve a la industria alimentaria de su responsabilidad por publicitar de un modo tan agresivo la comida basura y al gobierno por sus ineficaces pautas alimentarias. La gente oye con demasiada frecuencia el mensaje de que «si estás gordo es por tu culpa», como si pudiesen librarse del peso que les sobra con tan sólo desearlo. En cierto modo, ser una persona gruesa se ha convertido en sinónimo de debilidad de carácter y es objeto de prejuicios y estigmatización. Los niños con sobrepeso son víctimas de burlas y abusos por parte de sus compañeros, en ocasiones con consecuencias trágicas. Los adultos, se enfrentan a innumerables humillaciones, desde discriminaciones en su lugar de trabajo hasta insensibles caracterizaciones en la televisión. No es de extrañar, pues, que un IMC elevado esté en ocasiones asociado a importantes problemas psicológicos, entre los que se incluyen la ansiedad, la depresión y el aislamiento social.

El concepto de que «una caloría es una caloría» también ha propiciado el desarrollo de algunos productos muy raros, como los caramelos, las galletas y los aliños para ensaladas light, que suelen contener mas azúcar que sus versiones no ligeras. ¿En serio tenemos que creer- nos que, para una persona que está haciendo dieta, una taza de cola de cien calorías es mejor refrigerio que una ración de treinta gramos de frutos secos que contiene 200 calorías?

Nuevas investigaciones han puesto de manifiesto los fallos de este enfoque. Estudios recientes demuestran que los carbohidratos muy procesados afectan negativamente al metabolismo y al peso corporal de formas que no se pueden explicar sólo con su contenido calórico. En cambio, los frutos secos, el aceite de oliva y el chocolate negro, algunos de los alimentos con mayor contenido calórico del mundo, parecen prevenir la obesidad, la diabetes y las cardiopatías. En realidad, la crisis de obesidad no tiene nada que ver con la fuerza de voluntad ni con la debilidad de carácter. Durante todo este tiempo hemos estado siguiendo fervientemente las normas dietéticas, ¡pero esas reglas estaban equivocadas!

En un estudio reciente publicado en la Revista de la Asociación Médica Estadounidense (Journal of the American Medical Association, /AMA),4 mis colegas y yo reconocimos a veintiún adultos jóvenes con un IMC alto después de que hubieran perdido entre el 10 y el 15 por ciento de su peso mediante dietas, incluidas las bajas en grasas y las bajas en carbohidratos. A pesar de que consumían la misma cantidad total de calorías con cada dieta, los participantes que realizaban la dieta baja en carbohidratos quemaban unas 325 calorías al día más que los que realizaban la dieta baja en grasas, lo que equivale a la energía que se quema en una hora de actividad física de intensidad moderada. De modo que el tipo de calorías que comemos afecta al número de calorías que quemamos.

En los últimos años parece que hemos estado avanzando hacia un punto de inflexión, y científicos reputados admiten la posibilidad, anteriormente impensable, de que todas las calorías no son iguales. Incluso Weight Watchers, grandes defensores durante décadas del recuento de calorías, le asignan ahora «0 puntos» a la fruta. Lo que significa que, si eres capaz de hacerlo, podrías comerte una sandía de cuatro kilos y medio, que contiene casi todas las calorías que necesitas al día «gratis», desafiando flagrantemente el método de recuento de calorías para perder peso. Todo el concepto del equilibrio calórico parece estar tambaleándose. Ha llegado la hora de seguir un nuevo método, pero ¿cuál?

CÉNTRATE EN LAS CÉLULAS ADIPOSAS

Del mismo modo en que los alimentos son mucho más que las calorías y los nutrientes necesarios para sobrevivir, las células adiposas son mucho más que sitios pasivos en los que se almacena el exceso de calorías. Las células adiposas o grasas acumulan o liberan calorías sólo cuando reciben la instrucción de hacerlo a través de señales externas, y el controlador central es la insulina. Demasiada insulina provoca aumento de peso, mientras que demasiada poca insulina provoca pérdida de peso. De modo que, si consideramos la obesidad como una enfermedad asociada a las células adiposas, surge una visión radicalmente diferente: Comer en exceso no nos engorda. El proceso de engordar hace que comamos en exceso.

En otras palabras, el hambre y el hecho de que comamos en exceso son las consecuencias de un problema subyacente. Aunque esta propuesta suena radical, teniendo en cuenta lo que sucede durante el embarazo. El feto no crece porque la madre coma más; la madre come más porque el feto está creciendo. En el caso del embarazo, esto es algo normal y sano. En el caso de la obesidad, no.

¿Cómo y cuándo pasa esto? En el caso de muchas personas, algo ha provocado que las células adiposas absorban y acumulen demasiadas calorías de la sangre, y como consecuencia quedan menos calorías disponibles para suplir las necesidades energéticas del cuerpo. Al detectar el problema, el cerebro desencadena una respuesta a la inanición que incluye medidas para aumentar la ingesta de calorías (hambre) y para ahorrar energía (metabolismo más lento). Comer más resuelve esta «crisis de energía», pero también acelera el aumento de peso. Reducir las calorías evita que se aumente de peso temporalmente, pero aumenta el apetito y hace que el metabolismo se ralentice aún más. Una de las fuentes más obvias del problema son los carbohidratos muy procesados (el pan, los cereales de desayuno, las galletas saladas, las patatas fritas, los pasteles, las galletas, los caramelos y las bebidas azucaradas que han inundado nuestras dietas durante la era de lo light). Cualquier cosa que contenga como ingrediente principal cereales refinados, derivados de la patata o azúcar concentrado se digiere rápido, lo que aumenta los niveles de insulina en exceso y programa las células adiposas para que acumulen calorías. Pero los carbohidratos refinados no son el único problema. Otros aspectos de nuestra alimentación altamente procesada y algunos factores de nuestro estilo de vida moderno, como el estrés, la falta de sueño y el sedentarismo, han obligado a las células grasas a almacenar calorías de manera frenética. Afortunadamente, estos efectos negativos son reversibles.

¡Siempre tengo hambre!