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Extracto de "Sanar con vidas pasadas"

Sanar con vidas pasadasHistorias que sanan

Los chamanes, reunidos con su tribu alrededor del fuego, cuentan historias. Historias que alimentan el alma de quienes las escuchan. ¿Para qué lo hacen? Para ayudarnos a cambiar la nuestra en lugar de lamentarnos. Tendemos a contar y contar a quien nos quiera escuchar cómo fuimos lastimados, sobre nuestra mala suerte, la maldad del otro, las injusticias de la vida... Lo contamos tantas veces... Le ponemos tanta atención, tanta energía, que hacemos una huella profunda en la memoria hasta quedar atrapados. Y después nos preguntamos por qué seguimos ahí, recreando siempre la misma realidad: la que concuerda con nuestro relato. Los sanadores y sabios chamanes, los brujos de la tribu, hombres y mujeres de los pueblos originarios ya sabían esto, entonces contaban historias diferentes: sobre animales, niños, hombres y mujeres, héroes de sus propias vidas, que después de caer profundamente en el olvido de sí mismos recordaron, escucharon la llamada del alma, y dejando de lamentarse, se pusieron en pie: vencieron dragones, encontraron tesoros, volvieron a la casa del padre, recuperaron su piel de foca, resurgieron de entre las cenizas... o simplemente, volvieron a sonreír.

Los chamanes siguen contando estas historias una y otra vez junto al fuego..., hasta que el alma de quien escucha recuerde, entienda, se alimente y crezca..., salga de la cueva del dragón, del lamento, de la inercia, y empiece a escribir una nueva historia: la que vino a vivir.

Una nueva historia

Todo comenzó aquella tarde cuando salí de una cabaña de madera en un lugar de montaña, a los tres meses de la muerte de mi hijo de diez años en un accidente. Me invitaron unas personas que yo no conocía a un encuentro poco habitual con una vieja mujer que ya había partido no solo de esta vida, sino de muchas más, como ella me dijo cuando le conté que me dedicaba a la Terapia de Regresión a Vidas Pasadas. «Qué interesante —me dijo —,yo he vivido muchas vidas». No pretendo que me crean todavía, y no son importantes los detalles del encuentro. Solo diré que esta anciana, que había vivido en ese mismo lugar años atrás, utilizó, para presentarse ante mí y otras pocas personas que estaban presentes, el cuerpo de un mortal como nosotros: es lo que se llama mediumnidad. Para hablarnos, necesitaba utilizar la voz de este buen hombre, que tenía el don de prestarle su cuerpo por unos momentos. Mi hijo contactó con ella, o a la inversa, no lo sé. Tal vez coincidió que en esas montañas habíamos pasado juntos nuestras últimas vacaciones. Solo sé que esta señora me mandó llamar para comunicarme sus mensajes, diciendo que mi hijo «quería comunicarse con sus padres antes de Navidad». Sus primeras palabras fueron: «Mamá, no tienes que estar triste, vienes de una luz muy pura». Me aclaró luego que su muerte no había sido un accidente, sino la manera que había elegido él para salir del plano, su misión ya estaba cumplida. También reveló detalles e hizo gestos, como morderse el guante, que solo él y yo podíamos conocer. Cuando le pregunté a esta mujer por el perro de mi hijo, me contestó que no tenía ningún perro (lo cual era cierto, llegó a casa después), «pero tiene un caballo —agregó—,y quiere que lo dejen suelto en el campo, solo él lo va a montar». Todavía está ahí, libre, salvaje. Muy especial fue la petición de que le regaláramos su látigo a un niño que había estado con él en el accidente y estaba sufriendo mucho. Un gesto de amor muy propio de mi querido hijo. Al principio nosotros no recordábamos que lo tuviera, creímos que era un error, o peor aún, un indicio de que todo era falso. Llegamos de vuelta a casa, y por casualidad, lo encontramos en un rincón sobre la chimenea... ¡Y ahí recordamos: se lo habíamos quitado por pegarle con él a su hermana, y allí había quedado olvidado! Hicimos lo que nos pidió. Fue su manera de decirle al amigo y primo, que «todo estaba bien».

Esta señora, además, me enseñó a utilizar el péndulo, que es un método de adivinación y sanación. Ella había sido una gran experta, dicen. Su péndulo de madera todavía estaba ahí. Gracias Alwine, siempre te recordaremos con mucho amor. La respuesta que escuché antes de retirarme de esa inusual reunión en la cabaña, a mi pregunta (típica de todo buscador espiritual) «¿cuál es mi misión?», fue lo que dio aliento de vida a este libro: «tu misión es contar que la muerte no existe», me respondió.

Demasiado para mí

Para ese entonces, ya había comenzado mi camino de acercamiento al mundo espiritual, después de haber pasado por una etapa en mi vida en la que llegué a tener la certeza de que cuando el cuerpo era depositado en las entrañas de la Madre Tierra, todo el Ser iba con él. No era desesperanza, solo era así nada más: una postura tan respetable como otra. Había abandonado la creencia religiosa de la infancia y la espiritualidad había muerto con ella. Agradezco a mi psicoterapeuta de ese entonces, que me acercó la oportunidad de conocer la filosofía oriental y la visión del ser humano que comunicaba el doctor Deepak Chopra a comienzos de los 90. Me capturó su manera de explicar la existencia de lo divino y sacro en el Universo, donde la espiritualidad no era propiedad de ninguna religión.

Me formé con él, y pude poco a poco abrirme nuevamente a creer que había algo más allá de la muerte del cuerpo físico. Pero nada evita que el dolor nos atraviese el corazón igual, por más espirituales o elevados que seamos. Y así debe ser, para eso tenemos las experiencias: para vivirlas en profundidad, ser transformados por ellas, y «dejarlas ir» cuando llega el momento en que podemos volver a levantarnos. En mi desconsuelo, cuando mi hijo murió, comencé a buscar, a buscarlo. Esto me llevó a interesarme profundamente en el más allá. La motivación era obvia: allí estaba lo que había perdido. El mundo espiritual fue mi campo de investigación. No paré hasta encontrar alguna respuesta válida y comprobable, y un mundo nuevo se desplegó ante mí. En ese momento dejé de creer para saber que la muerte es solo un pasaje a otra dimensión, hacia la que todos vamos y de la que todos venimos en nuestro afán de evolución. Pero decirle al mundo «la muerte no existe», era demasiado para mí todavía.

Mi camino

Cuando me licencié como psicóloga, después de haber probado en otras carreras, aún seguía buscando. No me sentía entusiasmada con la práctica psicoterapéutica tradicional que había estudiado y experimentado. Al poco tiempo conocí la meditación. Eso cambió mi vida. Supe que la sanación de las personas es incompleta si nos quedamos solo al nivel de la mente. Sentí que me abría por primera vez a una dimensión desconocida, profunda, verdadera. Percibí que había allí un potencial de transformación que apenas había vislumbrado antes. Experimenté la alegría, la paz, el éxtasis y la certeza, que llegan al descorrerse los velos de la ilusión de separación entre nosotros y el Todo. Había tenido un encuentro con mi alma, mi identidad más profunda. Mi visión del ser humano comenzó a cambiar.

Corrían épocas de acercamiento entre Oriente y Occidente: sanación energética, chacras, afirmaciones, meditación, visualización, yoga... La meditación y el yoga ahora son practicados por los empresarios más pragmáticos, los médicos la recomiendan, se incluye en los gimnasios, etc., pero antes no era así. Mis alumnos decían que meditar era egoísta porque uno cerraba los ojos y se dedicaba un rato solo a uno mismo, y no al prójimo. El yoga era extraño. A mi madre le preguntaron si yo estaba en una secta. Ahora se multiplican las ofertas de todo tipo de terapias con las combinaciones más osadas, los nombres más estrafalarios y con efectos específicos para cada tipo de problema. Los caminos a Roma son casi infinitos, tanto que a veces marea. Pero lo más importante es que la espiritualidad, merced a su emancipación de la religión, pudo permear otras áreas de la vida. Entre ellas la psicología, bueno, no la oficial, pero sí la que sana en profundidad, la que considera al ser humano en su totalidad, y posibilita que las personas puedan experimentar su verdadera naturaleza y percibir que la vida posee un sentido mucho más amplio que al que la mente racional puede acceder. Eso es sanador. La coronación de mi camino en esta búsqueda personal y voca-cional fue el descubrimiento de la herramienta de sanación más profunda y eficaz que experimenté conmigo y mis pacientes: La Terapia de Vidas Pasadas con orientación en Sanación Chamánica, en la que me especialicé y que enseño. Estudié Terapia de Vidas Pasadas con José Luis Cabouli y trabajé luego junto a él. Me inicié en la Sanación Chamánica de la mano de Foster Perry. La combinación de estas técnicas sanadoras es una síntesis maravillosa, que ya Cabouli había iniciado. Luego me formé en otras tradiciones chamánicas y en el chamanismo esencial de la Fundación en Estudios Chamánicos de Michael Harner. El aprendizaje continúa día a día. Y descubrí mi misión en esta vida. Ahora con mi experiencia de muchos años, puedo decir que «soy testigo de una realidad que nos trasciende». Por ello es que deseo compartir todo esto con ustedes: el aprendizaje alcanzado en mi contacto directo con las almas —elevadas, perdidas y encarnadas—, mi propio proceso de sanación, y algunas reflexiones. Muchas historias, para ayudar a aliviar el dolor de quienes todavía sangran por las heridas del alma.

Sanar con vidas pasadas