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Extracto de "Kintsukuroi"

KintsukuroiUna puerta entreabierta dejaba ver la silueta de Sokei sentado sobre sus pies. Ante la atenta mirada del pupilo de Chojiro, uno de los mejores ceramistas de Kioto, se disponían unas treinta bolas de barro. Llevaba así toda la mañana. Sin moverse. Calmado. Analizándolas. Cogiéndolas y volviendo a dejarlas sobre la mesa. Una a una. Todas y cada una. De repente, Sokei esbozó una leve sonrisa. ¡Por fin había encontrado la pieza adecuada!

Sokei era una persona inteligentemente perseverante. Escogerla pieza de barro más adecuada era muy importante para él, ya que cada una tiene un tacto diferente e inspira algo único al maestro. La diferencia entre lo ordinario y lo extraordinario es la minuciosidad en el trato del detalle, y Sokei estaba decidido a crear una pieza única y extraordinaria.

Hizo una reverencia con las manos en el pecho a una de las piezas y se dispuso a cogerla con delicadeza, disfrutando de todas las sensaciones asociadas a ese momento tan especial. Notó el tacto húmedo y ligeramente frío de la arcilla. Su alma conectó con el alma de la pieza, con su historia y con el viaje que había realizado hasta llegar a sus manos.

Sokei llevaba días buscando el barro más adecuado. Sus pasos le habían llevado a bosques, a riberas e incluso a la orilla del lago Biwa. Allí cerraba los ojos mientras hundía las manos en el barro para poder conectar mejor con su esencia. En aquel momento, en el taller, al cerrar los ojos, pudo recordar las ilusiones y los sueños depositados en su elección y se sintió afortunado y agradecido.

Se sentó en un rincón del taller, junto a la ventana, el lugar en que tantas horas había pasado aprendiendo. Los jóvenes de hoy en día tienen prisa por aprender. Si no aprenden rápido, se desencantan, se desmotivan y dejan de aprender. No son conscientes de que para aprender y consolidar lo aprendido hace falta tiempo y una actitud receptiva y curiosa. Pero Sokei no era un joven al uso, Sokei tenía la paciencia de un anciano y las ganas de aprender de un niño. La mente de Sokei estaba repleta de pensamientos, sus ojos estaban iluminados por la ilusión y su corazón cabalgaba al ritmo frenético de la impaciencia. Sabía que era un momento muy especial, pero que tenía que serenar su cuerpo, su mente y su alma.

Chojiro le miraba atentamente desde un rincón del taller. «Los jóvenes son tan vitales», pensó. Sin embargo, Sokei era diferente. Tenía una sensibilidad especial y una fortaleza emocional extraordinaria. Chojiro sabía que ante sus ojos tenía a su sucesor, a un joven con la serenidad de quien ha vivido toda su vida y la energía de quien tiene toda una vida por vivir.

Sokei tocaba la pieza de arcilla con los ojos cerrados. Centraba toda su atención en amasar la pieza, en sentir cómo sus dedos se fundían con la arcilla, la tierra, la naturaleza y el arte. Con la pieza en sus manos sentía que todo era posible, que cualquiera de los millones de formas que habitaban en ella estaban esperando a conectar con las manos del ceramista. Sokei conectaba con todas y cada una de esas posibles formas, imaginándolas y sintiéndolas. Poco a poco iba levantando las paredes del cuenco sin pensar en nada, focalizando su mente en el aquí y el ahora, pues no pueden hacerse dos cosas bien a la vez. Era consciente de que, si quería hacer algo extraordinario, necesitaba poner toda su atención en ello. Tal era su nivel de concentración que perdió la noción del tiempo y del espacio. Todo su universo se concentraba en sus manos. En ese preciso instante, no había nada más que él y su cuenco.

Sabía que en la sencillez está la belleza, que lo extraordinario no requiere de adornos ni de florituras, que es sencillamente bello y armónico, y con esa idea en mente esmaltó delicada y pausadamente la pieza. El resultado fue un cuenco austero. Lo esencial es bello. Lo rústico es inspirador. Lo auténtico es fuerte. Para Sokei, el cuenco era una proyección de su alma, de su vida, de su creatividad y de su mente liberada. La textura del cuenco era un recorrido porla historia de sus manos, porla espiritualidad de su vida y por su amor por la naturaleza.

Chojiro le preparó el horno para el momento clave del proceso; el más complejo, pero también el más bello. Sokei introdujo el cuenco en el horno. Poco a poco, la pieza fue cambiando de color por el efecto de la temperatura. Cuando la pieza se tornó de color blanco, la sujetó firmemente con unas pinzas de hierro y la depositó en un recipiente lleno de viruta de madera. El humo y las llamas de la combustión abrazaban el cuenco de Sokei, fundiéndose ambos en uno, construyendo y creando una nueva entidad. El esmalte de la pieza también quería formar parte de esa danza esencial y transformadora, ofreciéndole una delicada gama de colores con formas y tornasoles caprichosos. Sokei contemplaba todo el proceso con la ilusión contenida de quien es testigo directo del nacimiento de algo bello y único. Apenas podía contener la emoción.

Llegó el momento de sacar la pieza. Fuego, tierra y aire habían dibujado aleatorias y caprichosas formas, proporcionando luces y sombras a su cuenco. Después de tanto tiempo, de tanta dedicación, de tanta paciencia, Sokei podía, por fin, ver el resultado de todo su trabajo y amor. Lo cierto es que era tan precioso que Sokei no pudo evitar estremecerse. Un escalofrío le recorrió la espalda. Sintió el frío aliento de Buruburu, el fantasma del miedo, que hizo que se estremeciera todo su cuerpo, y al llegar a sus manos, provocó que la bella pieza cayera al suelo y se rompiera en seis pedazos. Sokei dejó caer a un lado las tenazas de hierro colado, se arrodilló junto a la pieza y se quedó quieto con un gesto de incomprensión en su cara. Le temblaban las manos, le lloraban los ojos. Qué efímera había sido la vida de su creación. Notó una mano que se posaba suavemente en su hombro.

—No llores, Sokei —le dijo Chojiro.
—Pero es mi vida. ¡Cómo quieres que no llore! —respondió Sokei.
—Haces bien en poner toda tu vida y tu pasión en esta pieza, pero la cerámica es bella y frágil, como la vida. La cerámica y la vida pueden romperse en mil pedazos, pero no por ello tenemos que dejar de vivir la vida intensamente, de trabajarla intensamente y de depositar en ella todas nuestras esperanzas e ilusiones. Lejos de evitar vivir, tenemos que aprender a recomponernos después de una adversidad. Sokei, recoge los trozos, ha llegado el momento de recomponer tus ilusiones. Lo roto puede volver a unirse, y cuando lo hagas, no pretendas esconder su fragilidad, ya que su aparente fragilidad se ha convertido en una fortaleza manifiesta. Querido Sokei, ha llegado el momento de que te explique una nueva técnica, de que te explique el ancestral arte del kintsukuroi, de que te ayude a recomponer tu vida, tus ilusiones y tu trabajo. Ve a buscar el oro que guardo en la caja de la última estantería.

Kintsukuroi es el antiguo arte japonés de recomponer lo roto. Cuando se rompe una pieza de cerámica, los maestros kintsukuroi la reparan con oro, dejando a la vista la reconstrucción, ya que, para ellos, una pieza reconstruida es a su vez símbolo de fragilidad, fortaleza y belleza.

La cerámica es frágil, fuerte y bella a la vez, como las personas. Al igual que nuestra vida, puede romperse, pero también puede recomponerse si sabes cómo. En este libro detallo un método para poder recomponer tu vida después de rota, para sanar las heridas emocionales. Empezaremos por entender el papel que desempeña la adversidad en nuestra vida, cómo reaccionamos ante la adversidad y qué consecuencias tiene para nuestra vida y nuestra salud. En la segunda parte del libro te explico en qué consiste el arte de recomponer la vida con un método sencillo y eficaz nacido de las aportaciones más rigurosas y válidas de la psicología, así como de veinte años de experiencia trabajando con personas que han tenido que recomponer su vida, sanar sus heridas emocionales y embellecer sus cicatrices. Finalmente, en la tercera parte comparto diferentes historias reales como la vida misma; cada capítulo empieza con una historia y, a continuación, te explico las claves y los recursos para poder hacer frente a esa situación. Verás que para el caso que explico, aplico el método que hemos trabajado, detallando el proceso muy didácticamente para que tú mismo puedas aplicarte lo leído si lo necesitas.

A lo largo del libro narro diferentes situaciones con las que me he encontrado en mi práctica profesional. Todos ellos son casos reales. Y todos son habituales y frecuentes, tristemente. Me he decidido a compilarlos y a compartirlos contigo para que, si algún día te encuentras en esa tesitura, si estás viviendo esa situación o si quieres ayudar a alguien que necesita recomponer su vida, puedas encontrar aquí una guía que te ayude y te inspire.

He puesto énfasis en explicarte el cómo. Sí, el cómo. Creo que hay mucha literatura que te dice qué tienes que hacer y para qué, e incluso hay literatura vigorizante y motivacional. Pero, en mi opinión, hacen falta más libros que te expliquen el cómo. Los profesionales que tenemos como herramienta el conocimiento a menudo tenemos miedo de compartirlo. No es mi caso. Siempre he creído que la psicología tiene que salir fuera de la consulta, fuera de las aulas, y ponerse al servicio de las personas. En mi primer libro, Fortaleza emocional, planteaba un concepto, un método y un cómo a los lectores. En Kintsukuroi voy más allá y plasmo casos reales con soluciones reales planteadas como una guía para que el lector pueda trabajar de manera autónoma.

El objetivo de la psicología es hacer fuertes y felices a las personas y proporcionarles herramientas para que puedan superar las adversidades, y en algunos casos no necesitamos más que saber el cómo. Dado que no siempre podemos acceder a los servicios de un psicólogo, me he esforzado mucho para que este libro sea un recurso que te ayude a superar las adversidades. Un recurso que te ayude a recomponer tu vida de forma autónoma, sin perder rigor ni efectividad.

En Kintsukuroi te ayudaré a recomponer diferentes situaciones con un triple objetivo. En primer lugar, quiero que veas que no te pasa nada raro o infrecuente. A veces nos estigmatizamos o nos estigmatizan, nos sentimos bichos raros y creemos que tenemos la culpa de lo que nos pasa y de no ser capaces de superarlo. Pero no es así. A lo largo de mi experiencia profesional he visto repetidos una y otra vez los mismos problemas. He aislado los factores comunes y los he desarrollado, analizado y explicado. Lo que se comprende se puede superar. Es posible que cuando leas el libro, veas reflejado el caso de una persona conocida. Si es así, te animo a que la llames y le digas que ahora la entiendes mejor. Comparte tu dolor, comparte su dolor y comparte tu reconstrucción como el mejor ejemplo a seguir.

Mi segundo objetivo es que puedas mostrarle a las personas que te rodean lo que te ocurre y lo que sientes. A veces nos prejuzgan frívolamente y no nos sentimos capaces de defendernos, ni tan solo de explicar lo que nos pasa. Pero es precisamente cuando lo estamos pasando mal, cuando mayores dosis de empatía, comprensión, apoyo y compasión necesitamos. He visitado a muchas personas, muchísimas. He sufrido con ellas. También me he alegrado de sus logros. En este libro explico didáctica y empáticamente lo mismo que tú puedes estar sintiendo o viviendo.

Finalmente, mi tercer objetivo es proporcionarte herramientas para que puedas superar las adversidades y reconstruir tu vida como un auténtico maestro kintsukuroi. Después de leer este libro serás más fuerte y más bello, ya que habrás sido capaz de superar las adversidades, aprender de ello y sentirte capaz de hacer frente a lo que la vida te vaya planteando, sean retos, problemas o reveses.

Se habla mucho de resiliencia, pero yo me he propuesto ir más allá y proporcionarte un método para reconstruir tu vida. Me gustaría que leyeras Kintsukuroi lentamente, sin prisas, saboreando todos y cada uno de los conceptos, de las historias y de los recursos que comparto contigo. Olvídate de la lectura rápida, olvídate de la lectura en diagonal, olvídate de leer y dialoga conmigo. Trato de imaginarte, trato de explicarte en primera persona, trato de hablarte y de escucharte. Dialoga con el libro, dialoga conmigo, hazlo poco a poco, pensando y saboreando. Conecta con Kintsukuroi, conecta conmigo, conecta con el slow reading.

He escrito este libro poco a poco, a menudo en la montaña, rodeado de marmotas y rebecos. Así que te pido que lo leas tú también poco a poco. Puedes leerlo en el metro o en el aeropuerto, pero te animo a que busques un espacio en el que te sientas cómodo para poder saborearlo al máximo. Busca un parque, vete a la playa o a la montaña, date un paseo y busca el silencio que necesitas para dialogar conmigo y contigo mismo. En este libro te animo y te ayudo a vivir intensamente, a reconstruirte a ti mismo y a recomponer tu vida. Citando a Chojiro, no olvides que la cerámica y la vida pueden romperse en mil pedazos, pero no por ello tenemos que dejar de vivirla intensamente, de trabajarla intensamente y de depositar en ella todas nuestras esperanzas e ilusiones. Lejos de evitar vivir, tenemos que aprender a recomponernos después de una adversidad.

Kintsukuroi