× Utilizamos cookies propias y de terceros, para realizar el análisis de la navegación de los usuarios. Si continúas navegando, consideramos que aceptas su uso.
Puedes cambiar la configuración u obtener más información aquí.

Extracto de "Goodbye, Things"

Goodbye, ThingsIntroducción

Tener menos nos hace más felices. Por eso ha llegado el momento de decir adiós a todo lo que nos sobra. Esa es la versión reducida del mensaje que me gustaría transmitirte en este libro. Quiero mostrarte lo maravilloso que es tener menos cosas, aunque eso sea todo lo contrario al modo en que nos han enseñado a ser felices. Creemos que cuanto más tengamos, más felices seremos. Nunca se sabe qué nos deparará el mañana, así que recopilamos y guardamos todo lo que podemos. Eso implica que necesitemos un montón de dinero, y que poco a poco empecemos a juzgar a la gente por su riqueza. Nos damos cuenta de que el dinero soluciona la mayoría de nuestros problemas. Si el precio es el adecuado, hasta se puede cambiar la opinión de la gente. Y si esta se puede comprar, está claro que también puede comprarse la felicidad. Así pues, te convences de que tienes que ganar mucho dinero para que no se te escape el éxito. Para poder ganar dinero, es necesario que todos los demás se gasten el suyo. Y así sucesivamente.

Deja que te cuente un poco sobre mí. Soy un hombre soltero de treinta y cinco años, nunca me he casado. Trabajo como editor en una editorial. Tras una década viviendo en el barrio Nakameguro de Tokio, hace poco me trasladé a otro barrio en otra parte de la ciudad llamado Fudomae. El alquiler es de 67.000 yenes (unos 560 euros) al mes (20.000 yenes [unos 170 euros] menos que mi antiguo apartamento), pero la mudanza acabó con casi todos mis ahorros.

Habrá quien piense que soy un fracasado: un adulto soltero y sin mucho dinero. A mi antiguo yo le habría resultado demasiado humillante reconocerlo. Estaba lleno de un orgullo inútil. Sin embargo, la verdad es que ya no me importan esas cosas. La razón es muy sencilla: soy muy feliz como estoy.

Hace diez años estaba ansioso por introducirme en el mundo editorial. Quería un trabajo que me dejara pensar en grandes ideas y valores culturales en lugar de estar siempre centrado en el dinero y los objetos materiales. No obstante, ese entusiasmo inicial lo fui perdiendo de forma gradual. El sector editorial estaba atravesando un momento difícil y, para que nuestra empresa sobreviviera, necesitábamos ante todo libros que se vendieran. Si no publicábamos libros comerciales, nos sería imposible editar cualquier cosa, por mucho valor cultural o intelectual que pensáramos que tuviera. Al enfrentarme con la realidad del mundo empresarial, maduré con rapidez. La pasión que había ardido en mi interior cuando entré en la editorial empezó a enfriarse, y al final me rendí ante la idea de que, en el fondo, lo que importa es el dinero.

Sin embargo, después me deshice de casi todas mis posesiones materiales, y esa idea se invirtió por completo.

El minimalismo es un estilo de vida con el que reduces tus posesiones al mínimo necesario. Vivir como un minimalista con lo básico indispensable no solo aporta ventajas superficiales como el placer de una habitación ordenada o la facilidad de limpiar, también abre paso a un cambio más fundamental. A mí me ha dado la oportunidad de pensar en lo que realmente significa ser feliz.

Dije adiós a un montón de cosas, muchas de las cuales había tenido durante años. Aun así, ahora vivo cada día con un ánimo más feliz. Me siento más contento ahora de lo que jamás me sentí en el pasado. Todos queremos ser felices. Todos nos esforzamos mucho en nuestros empleos, en los estudios, en el deporte, con los hijos o con las aficiones, porque cuando lo hacemos, en realidad solo buscamos la felicidad. La energía primigenia que nos alienta a todos es el deseo de ser felices.

No siempre fui minimalista. En el pasado me compraba muchas cosas, creyendo que todas esas posesiones aumentarían mi autoestima y me darían una vida más feliz. Como se puede ver en las fotos de mi desastrada sala de estar al principio de este libro, me encantaba coleccionar un montón de cosas inútiles y era incapaz de tirar nada. Era un auténtico acumulador de todos aquellos cachivaches que pensaba que me hacían interesante.

Sin embargo, al mismo tiempo, no dejaba de compararme con otras personas que tenían más o mejores cosas, y ello solía deprimirme. No sabía cómo mejorar, no podía concentrarme en nada y siempre estaba perdiendo el tiempo. Empecé incluso a arrepentirme de tener el trabajo que tanto había deseado. El alcohol era mi válvula de escape, y no traté bien a las mujeres. No intenté cambiar; pensaba que esa era mi forma de ser y que me merecía ser infeliz.

Voy a describir cómo era mi apartamento. Mi cuarto no estaba desordenado en extremo; si mi novia venía a pasar el fin de semana, lo podía adecentar lo suficiente para dejarlo presentable. Intentaba darle un rollo «guay» colocando mis objetos decorativos favoritos a la vista, y la luz indirecta creaba un ambiente acogedor. Por el contrario, en un día normal, había libros amontonados por todas partes, puesto que ya no quedaba sitio en las estanterías. La mayoría eran libros que había hojeado una o dos veces, con la idea de que me sen-taría a leerlos algún día cuando tuviera tiempo.

El armario era una zona prohibida para las visitas: estaba hasta los topes de la que fue mi ropa favorita. De vez en cuando sacaba algo y pensaba en ponérmelo, pero al final nunca lo hacía. La mayoría eran prendas que solo había usado unas pocas veces, pero eran caras, así que las conservaba, pensando que si las lavaba y las planchaba tal vez volvería a ponérmelas otra vez.

La habitación estaba llena de todas las aficiones que había iniciado y de las que me había cansado. Había una guitarra y un amplificador para principiantes cubiertos de polvo. Libros para aprender inglés que había planeado estudiar cuando tuviera más tiempo libre. Incluso tenía una fabulosa cámara antigua, a la que por supuesto nunca llegué a ponerle un carrete.

Como había perdido el interés en todas estas actividades, en realidad no había nada que me apeteciera hacer en casa. Podía ver la televisión, jugar un poco con el móvil o comprar algo de alcohol en la tienda de la esquina y pasarme la noche bebiendo, aunque sabía que tenía que dejarlo.

Al mismo tiempo, no dejaba de compararme con los demás. Un amigo de la universidad vivía en un lujoso apartamento de nueva construcción en Tokio. Tenía una entrada reluciente, muebles de diseño escandinavo y vajilla en el comedor. Cuando fui a visitarlo, me sorprendí calculando mentalmente el importe de su alquiler mientras me invitaba a entrar amablemente. Trabajaba para una gran empresa, ganaba un buen sueldo, se había casado con su preciosa novia y tenían un bebé adorable, vestido de pies a cabeza con ropita a la última moda. Cuando estábamos en la universidad éramos bastante parecidos. ¿Qué había pasado? ¿Cómo era posible que nuestras vidas se hubieran vuelto tan distintas?

O puede que alguna vez viera pasar un inmaculado Ferrari blanco a toda velocidad, presumiendo de descapotable. «Ese coche debe de valer el doble que mi casa», pensaba. Me quedaba mirando el Ferrari embobado hasta que desaparecía, con un pie sobre el pedal de mi bici de segunda mano que le compré a un amigo por 5.000 yenes (unos 40 euros).

También compraba boletos de lotería, con la esperanza de hacerme rico de pronto. Rompí con mi novia diciéndole que no veía futuro para nosotros a causa de mi patética situación económica. Al mismo tiempo, me esforzaba por ocultar mi complejo de inferioridad y actuaba como si mi vida no tuviera nada de malo, aunque estaba amargado y amargaba a los demás.

Me alegro de haberme deshecho de tantas de mis posesiones. Así empecé a ser otra persona. Puede parecer que exagero. Alguien me dijo una vez que lo único que había hecho era «tirar cosas», y es cierto. Aún me queda mucho por hacer, y no hay nada de lo que esté realmente orgulloso, al menos de momento. Pero si de algo estoy seguro es de que, con menos cosas a mi alrededor, soy más feliz cada día. Poco a poco voy comprendiendo en qué consiste la felicidad.

Si te pareces en algo a como era yo —estás desanimado, comparándote siempre con los demás o pensando que tu vida es un asco—, creo que podrías probar a despedirte de algunas cosas. Es cierto que hay gente que nunca ha estado apegada a los objetos materiales, y existen esos genios poco comunes capaces de prosperar en su propio caos. Pero de lo que quiero hablar es de cómo la gente normal como tú o como yo puede encontrar los auténticos placeres de la vida. Todo el mundo quiere ser feliz, pero tratar de comprar la felicidad solo nos satisface fugazmente. En cuanto a la verdadera felicidad, estamos perdidos. Después de lo vivido, creo que decirle adiós a tus cosas es más que un ejercicio de limpieza: es un ejercicio de reflexión acerca de la verdadera felicidad.

Aunque suene grandilocuente, en serio creo que es verdad.

Goodbye, Things