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Extracto de "Digerir la vida"

digerir la vidaHistoria de una barriga

Si sufres algún problema digestivo, ¡bienvenido! Leer este libro puede ayudarte y darte ánimos. Quédate con este mensaje: tu barriga no está condenada a sufrir de por vida. ¡Hay esperanza!

La historia de una barriga es mucho más que eso: es la historia de un cuerpo y un alma, de una biología y un espíritu que viajan unidos. Es la historia de un aprendizaje muy largo que lleva toda la vida y que se adquiere escuchando los mensajes de nuestra tripa: ese segundo cerebro -y ese segundo corazón- que llevamos ovillado, como un tesoro, en el centro de nuestra anatomía.

Afrontar un problema digestivo es mucho más que conocer y solucionar molestias estomacales o intestinales. Es mucho más que aprender sobre dietas, suplementos y terapias. Cuando el cuerpo duele, nos está hablando. Cada persona tiene su punto débil, su eslabón frágil por donde el organismo lanza sus avisos. No solo nos habla de tener cuidado de nuestra salud física. Cuando el cuerpo duele, duele una parte de nuestra vida. Pero el dolor nos mueve a buscar soluciones. El grito de nuestras células nos invita a descubrir qué parte  de nosotros está enferma, herida o sometida, y nos da pistas para poder sanar.

El sufrimiento es un misterio. Muchas veces nos sobreviene de manera imprevista y cruel, sin explicación aparente. Pero si sabemos darle un sentido, nos ofrecerá una oportunidad única para aceptarlo, superarlo y aprender a vivir con mayor plenitud.

Los problemas digestivos están ligados a nuestras visceras más delicadas y cruciales: los intestinos. A través de ellos asimilamos la energía de los nutrientes. Son órganos vitales: sin ellos moriríamos. Una buena digestión es inseparable de un buen funcionamiento del cerebro y el sistema nervioso. Cualquier motivo de estrés, cualquier golpe emocional o desajuste neurològico puede afectar a nuestro bienestar digestivo y la asimilación de los nutrientes. Las emociones incontroladas liberan cascadas de hormonas que detienen o bloquean el proceso digestivo, produciendo hinchazón, dolor e intoxicación interna. Esto genera una respuesta inmune e inflamatoria del cuerpo. Si se repite a menudo, se inicia un círculo vicioso que puede volverse crónico y dar lugar a diversas enfermedades.

Casi todos hemos experimentado un nudo en el estómago cuando el miedo nos asalta, o hemos sufrido ardor y reflujo ácido cuando la ansiedad nos domina, el miedo nos descompone y nos provoca cólicos, los viajes y las tensiones pueden provocarnos estreñimiento, una mala noticia nos duele como una patada en el vientre... Aprender a gestionar las digestiones es, en cierto modo, aprender a digerir la vida. 

Antes de empezar

Durante muchos años he sufrido problemas digestivos, prácticamente desde que era un bebé. La historia de mi barriga es una sucesión dramática de guerras intestinas, tensiones con la comida y algunos periodos de paz, o más bien de guerra fría. Hasta que el conflicto tocó fondo y decidí tomar las riendas. A mis cuarenta y cinco años he iniciado un camino por el que, día a día, voy viendo la luz. Por primera vez en mucho tiempo estoy durmiendo sin miedo a despertar de golpe con el estómago revuelto y comienzo a sentir bienestar y paz en mis entrañas. Estoy en los inicios, espero avanzar mucho más. Ahora puedo mirar atrás, desentrañar muchos enigmas y encontrar un sentido a todo. Ahora puedo comenzar a escribir lo que es mucho más que la historia de una barriga: es el relato de cómo he aprendido a digerir los alimentos... y también la vida.

De la panza...

Millones de personas en el mundo sufren problemas digestivos. Es un sufrimiento amargo, que mina la energía y quita alegría. No en vano los antiguos hablaban de humores negros y biliosos asociados al estado de ánimo. La mala digestión da mala baba, amargura, melancolía y pesimismo. Por mucho que uno quiera sonreír a la vida, un vientre revuelto puede nublar el carácter más amable. Una indigestión te arruina el día. Ya lo dice el refrán: de la panza sale la danza. Yo precisaría: de la panza contenta. Porque si anda enojada, eso es otro cantar.

Pero tener malas digestiones es peor que molesto: es una seria amenaza. En la barriga se cuece nuestra salud, decían los antiguos. En el intestino se aloja la muerte, afirmaba Hipócrates. En la medicina tradicional china, las primeras terapias que se desarrollaron fueron expresamente destinadas a curar los males de estómago. Hoy los científicos nos dicen que de la salud intestinal depende nuestra salud cerebral, anímica y global. ¡No debería sorprendernos! Necesitamos comer para vivir y si lo que comemos no nos aprovecha, o nos hace daño, va a faltarnos energía para nuestra actividad vital. El vehículo de nuestro cuerpo necesita buen combustible y un buen carburador para convertirlo en energía, de lo contrario, se parará o funcionará penosamente. Hablar de digestión es hablar de vida. Una mala digestión significa mala calidad de vida.

Tres decisiones

Después de más de cuarenta años sufriendo problemas digestivos he tomado tres decisiones: 

Una: no voy a resignarme a sufrir. Hay dolores inevitables, pero también hay dolores estúpidos y evitables. Sufrir malas digestiones no es una condena de por vida, no es inexorable y no pienso aceptarla sin más mientras pueda hacer algo.

Dos: voy a tomar las riendas. Se acabó el abandonar mi salud en manos de médicos, terapeutas o dietistas. Ellos me ayudarán con su saber, por supuesto. ¡Cuento con ellos! Pero mi salud es responsabilidad mía. Tengo un deber humanitario hacia mi barriga, hacia ese precioso estómago y esos intestinos que quieren cumplir con su tarea y a los que durante años he maltratado. Voy a amar mi cuerpo y a cuidar de él como una adulta responsable. Es tan importante, ¡incluso más!, que cuidar mi propia casa.

Tres: voy a investigar. Quiero aprender y entender qué pasa en mi sistema digestivo y cómo puedo mejorar su funcionamiento. Estoy hablando con médicos y profesionales que saben del tema, estoy leyendo libros y publicaciones que me están resultando reveladores... Estoy asistiendo a conferencias interesantísimas de Internet. ¡Y pienso seguir!

Y una convicción

Finalmente, voy a creer. Creo que puedo encontrarme bien, que puedo disfrutar de buena salud digestiva y de paz intestina. ¡Es posible, y puedo lograrlo! Ahora sé que hay caminos y estoy dispuesta a recorrerlos. Sé que hay soluciones y estoy dispuesta a tomar medidas. No quiero sufrir inútilmente: si sé que algo me hace daño y está en mi mano prevenir, ya no lo aceptaré como inevitable.

Todos los seres humanos nos merecemos gozar de buena salud y bienestar digestivo. Algunos afortunados pueden comer lo que se les antoje porque digieren piedras, evacúan con regularidad envidiable y jamás han sufrido un ardor de estómago o dolores de gases. ¡Felices ellos! Otros tenemos las visceras más delicadas, pero esto no significa que estemos destinados a sufrir. Nuestra barriga tiene una gran lección que enseñarnos. Podemos estar bien.

De corazón y de olla

Muy a menudo se asocian los problemas digestivos con problemas psicológicos. Y es verdad: hoy ningún médico serio niega que hay una conexión directa entre cuerpo y alma, entre nuestras emociones y nuestros órganos. El sistema digestivo es especialmente sensible a los vaivenes sentimentales. Muchos problemas remiten o incluso desaparecen cuando la situación personal del paciente cambia. Yo misma he experimentado muchas veces cómo el miedo, el estrés u otras emociones potentes afectaban a mis digestiones, ¡créeme que soy una experta en esto! Pero...

Pero tampoco podemos achacar todos los dolores a la psique. En el caso del sistema digestivo hay otro factor clarísimo que incide en su salud. ¿Lo adivinas? Es obvio... ¡La comida!

De la misma manera que lo que respiramos afecta a nuestros pulmones y que lo que tocamos puede provocar reacciones en nuestra piel, lo que comemos tiene una incidencia directa en nuestras digestiones. De hecho, la comida es la materia que más íntimo contacto tiene con nosotros: ¡nos la metemos dentro! Lo que ingerimos pasa —o no pasa- a formar parte de nosotros, y lo hace a través del tracto digestivo. Es inconcebible creer que lo que comemos no tiene nada que ver con nuestra digestión y nuestra salud. Sí la tiene, y mucha. Esto, que parece tan lógico, es algo que muchos ignoramos o hemos ignorado durante demasiado tiempo, incluidos bastantes médicos.

A veces hablo con amigas que se lamentan de sus molestias digestivas. Cuando les pregunto qué han comido, ¡es para echarse las manos a la cabeza! ¿Cómo no van a tener ardor, gases, diarrea o estreñimiento? Pero es que los seres humanos somos tan ignorantes... Hay que decirlo: no se nos ha educado para la salud. No se nos ha enseñado qué es una buena nutrición, se nos han vendido o inculcado ideas muy erróneas sobre los alimentos y durante generaciones hemos creído que era bueno comer cosas que, en realidad, nos hacen daño. Y muchos seguimos creyéndolo. Yo también, hasta hace muy poco...

Digerir la Vida