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Extracto de "Cuando la Comida es Más que Comida"

Cuando la Comida es Más que ComidaPrólogo
El mundo en nuestros platos

Ochenta mujeres hambrientas sentadas en círculo con sus correspondientes boles de sopa fría de tomate y verduras me fulminan con su mirada. Es el tercer día de retiro y la hora de comer. Durante estas meditaciones diarias sobre el comer, todas las participantes se dirigen al bufé, hacen cola para que les sirvan, se van con su comida a sus sitios en las mesas dispuestas en círculo y esperan a que todo el mundo se haya sentado para empezar a comer. Este proceso es desesperadamente lento —aproximadamente unos quince minutos— sobre todo si tu droga es la comida.

Aunque el retiro va bien y muchas han tenido revelaciones que les han cambiado la vida, en este momento eso carece de importancia. No les importa ni sus asombrosos progresos, ni saber que tienen que adelgazar cuarenta y cinco kilos, ni siquiera si Dios existe. Lo único que quieren es estar a solas con su comida. Quieren que me vaya a otra parte con mis estrambóticas ideas sobre la espiritualidad y la adicción a la comida. Una cosa es ser consciente de la comida en la sala de meditación y otra bien distinta estar sentada en el comedor, controlándose para no dar ni un bocado hasta que todas las demás se hayan servido. También les he pedido que observen silencio, no hay momentos de risa ni de «¿Cómo estás?» para distraer la atención del hambre o de la falta de apetito, puesto que no todas están famélicas.

El retiro se basa en la filosofía que he venido desarrollando en los últimos treinta años de que nuestra relación con la comida es un microcosmos exacto de nuestra relación con la propia vida. Creo que somos expresiones andantes y parlantes de nuestras convicciones más profundas; todo lo que creemos sobre el amor, el miedo, la transformación y Dios se revela en cómo, cuándo y qué comemos. Al inhalar el aroma de las tartaletas Reese de mantequilla de cacahuete y chocolate cuando no tenemos hambre, estamos desatando todo un mundo de esperanza o desesperación, de fe o de duda, de amor o de miedo. Si estamos realmente interesadas en descubrir en qué creemos realmente —no lo que pensamos, ni lo que decimos, sino aquello que nuestra alma cree que es la verdad última sobre la vida y el más allá—, basta con que prestemos atención a la comida que nos ponemos en nuestro plato. Dios no está sólo en los detalles, sino también en las magdalenas, en la batata frita y en la sopa de tomate y verduras. Dios —o comoquiera que lo definamos— está en nuestros platos.

Ésta es la razón por la que ochenta mujeres y yo estamos sentadas en círculo con una sopa fría de verduras. Echo un vistazo a la sala. En las paredes cuelgan fotos de flores —primeros planos de una dalia roja, bordes dorados de una rosa blanca—. El ramo de gladiolos amarillos de la mesita de centro está presentado de una forma tan extravagante que se diría que está dando brincos en un concierto luciendo sus mejores galas. Luego empiezo a observar los rostros de mis alumnas. Marjorie, una psicóloga de unos cincuenta años, está jugando con su cuchara y evita mi mirada. Patricia, una gimnasta de veinte años viste mallas negras y una camiseta sin mangas color limón. Su cuerpecito está sentado como si fuera un pájaro de papel sobre su base; con delicadeza y totalmente erecto. En su plato hay un puñado de coles de Bruselas y un poquito de ensalada, eso es todo. Miro a mi derecha y veo a Anna, una cirujana de Ciudad de México, que se está mordiendo uno de sus labios y da golpecitos impacientemente en el plato con su tenedor. Tiene tres rodajas de pan con unos buenos trozos de mantequilla, un poco de ensalada, sin sopa, ni verduras. Su comida está diciendo: «Qué te jodan, Geneen, no tengo por qué jugar a este maldito juego. Verás cómo me resarzo en cuanto tenga la menor oportunidad». Le hago un gesto solidario con la cabeza para indicarle: «Sí, sé lo duro que es ir despacio». Miro rápidamente al resto de la sala, a las participantes y a sus platos. Se percibe una atmósfera de resistencia a esta meditación sobre la comida, y como soy yo la que marca las normas, también soy la receptora de toda su furia. Interponerse entre las personas y su comida es como ponerse delante de un tren en marcha; el acto de frenar una acción compulsiva no suele ser muy bien acogido.

—¿Alguien quiere decir algo antes de empezar? —pregunto.
Silencio total.
—Entonces bendigamos nuestra comida y todo lo que la ha hecho posible. La lluvia, el sol, las personas que la han cultivado, transportado y servido aquí —les digo.
Puedo oír la respiración profunda de Amanda, que está sentada a mi derecha, al escuchar la oración. Al otro lado de la sala, Zoe mueve la cabeza como si estuviera diciendo: «Vale. La tierra, el sol, la lluvia. Encantada de que estén todos en su sitio». Pero no todas se sienten tan agradecidas como para emplear un segundo más para otra cosa que no sea comer. Louisa, con su chándal rojo chillón, suspira y masculla refunfuñando un casi incomprensible: «¡Por el amor de Dios! ¿Podemos acabar de una vez con esto, por favor?» Parece como si fuera a matarme. Humanamente, por supuesto, y con el mínimo sufrimiento, pero aun así.
—Ahora dedicad unos momentos a observar lo que os habéis puesto en el plato —les digo. —Observad si teníais hambre cuando elegisteis la comida. Si no teníais hambre física, ¿teníais algún otro tipo de hambre?
Al mirar vuestro plato elegid qué es lo que queréis comer primero y probad unos bocados. Sentid el sabor de los alimentos en vuestra boca. Si saben como os imaginabais que sabrían. Si tienen el efecto que esperabais.

Pasan tres o cuatro minutos en medio de la sinfonía de sonidos propios del comer: crujidos, masticaciones, degluciones. Me doy cuenta de que Izzy, una esbelta francesa de 1,88 metros de estatura, está mirando por la ventana y parece haberse olvidado de lo que está comiendo. Pero la mayoría tiene sus platos cerca de la boca para comer más deprisa
Laurie, una directora ejecutiva de treinta y cinco años de una empresa de préstamos hipotecarios de Boston, levanta la mano.
—No tengo hambre, pero quiero tener. Quiero comer de todos modos.
—¿Por qué? —le pregunto.
—Porque tiene buen aspecto y lo tengo delante de mis narices. Es el mejor consuelo de la ciudad. ¿Qué hay de malo en buscar consuelo en la comida?
—Nada en absoluto —le respondo—. La comida es buena y el consuelo también lo es. El único problema es que cuando no tienes hambre y lo que deseas es consuelo, la comida no es más que un alivio pasajero; ¿por qué no ir directamente a la causa de tu malestar?
—Es demasiado duro afrontar las cosas directamente, demasiado doloroso y no tiene fin. Y si va a ser eternamente doloroso, al menos me queda la comida —responde.
—Entonces, según tú, ¿lo mejor que puedes conseguir de esta vida es una sopa fría de verduras?
Vuelve a tomar la palabra con voz temblorosa. —Es el único consuelo verdadero que tengo y no me voy a privar de él.
Una lágrima recorre su mejilla derecha y se detiene en su labio superior. Las cabezas se mueven asintiendo. Una ola de murmullos recorre el círculo.
—Lo que hacemos aquí: esperar en silencio hasta que todas se hayan servido, me recuerda a las cenas en familia. Mi madre bebía, mi padre se ponía furioso y nadie hablaba. Era horrible —continuó Laurie.
—¿Cómo te sentías en aquellos momentos? —le pregunté.
—Sola, fatal, como si hubiera nacido en la familia equivocada. Quería huir, pero no tenía adonde ir, me sentía atrapada. Y ahora me siento igual. Como si todas estuvierais locas y yo estuviera atrapada en un grupo de chifladas.
Más cabezas que se mueven. Más murmullos. Una mujer australiana me mira desafiante, su larga melena negra hasta la cintura roza el bol de sopa. Supongo que piensa que Laurie tiene razón y que puede plantarse en el aeropuerto en quince minutos.
Pero aquí mismo, justo ahora, en el centro de esta herida —He sido abandonada y traicionada por alguien y lo que realmente importa y lo que me queda es la comida— es donde se encuentra el vínculo entre la comida y Dios. Marca el momento en que nos hemos dado por vencidas respecto a nosotras mismas, respecto al cambio, a la vida. Marca el lugar en el que sentimos miedo. Marca los sentimientos que no nos permitimos sentir, y con ello nuestra vida se restringe y se vuelve yerma y obsoleta. En ese lugar aislado estamos a un paso de la conclusión de que Dios —fuente de bondad, sanación y amor— nos ha abandonado, nos ha traicionado o se ha convertido en una versión sobrenatural de nuestros padres. En los retiros, la práctica de trabajar esta desesperación no se basa en ejercer la voluntad o invocar la fe, sino en ser curiosas, amables y participar del escepticismo, la desesperación y la ira.

Le pregunto a Laurie si puede darle un espacio a ese aspecto suyo que se siente atrapado y solo.
Me responde que no, que no puede. Me dice que sólo quiere comer.
Le pregunto si está dispuesta a considerar la posibilidad de que esto no tiene nada que ver con la comida.
Me dice que no, que no puede. Me mira fijamente con una mirada de hosca determinación que indica: «Mantente alejada. Vete. No me interesa». Sus ojos están entrecerrados y los labios apretados.
En la sala parece que falta el aire. El grupo ha dejado de respirar; las participantes nos miran expectantes a Laurie y a mí con los ojos muy abiertos.
—Me pregunto —les digo— por qué estáis tan empeñadas en sacarme de en medio. Parece como si una parte de vosotras se hubiera confinado al aislamiento, quizás a la destrucción.
Laurie deja la cuchara que había estado sosteniendo medio en el aire y me mira fijamente.
—¿Te has rendido? —le pregunto.
Es una pregunta peligrosa porque apunta directamente a la desesperación, pero la hago, puesto que ella ha estado luchando contra mí durante los tres últimos días y me preocupa que abandone el retiro en un estado de dolorosa retirada.
—¿Cuándo te propusiste no volver a creer en nada?
Inspira de golpe y se sienta en silencio durante unos minutos.
Echo otro vistazo a la sala. Suzanne, madre de tres niños pe queños, está llorando. Victoria, una psiquiatra de Michigan, observa absorta lo que está sucediendo, a la espera de lo que va a pasar.
—Deseo morir desde que tenía unos diez años —dice Laurie en voz baja.
—¿Puedes concederle un espacio a esa niña de diez años? —le pregunto—. ¿La que no veía ninguna salida a la desesperada situación en que se encontraba? Observa atentamente para ver si puedes sentir únicamente la herida.
Laurie asiente con la cabeza
—Creo que puedo hacerlo —responde en voz queda.

No le pido que lo haga para consolar a su «niña interior». No creo en las niñas interiores. Creo que hay partes de nosotras que se han quedado congeladas —residuos de dolor no digeridos— que han de reconocerce y aceptar, para poder conectar con esas partes que nunca han sido heridas o agredidas o estado hambrientas. Aunque el trabajo que realizamos en los retiros suele considerarse terapéutico, no es una terapia. A diferencia de la terapia, que se ha creado como una reacción a nuestro pasado, no está diseñado para potenciar la autoestima. Lo que hacemos en los retiros está diseñado para revelar lo que está más allá de la autoestima, lo que no está condicionado por el pasado. Nuestra personalidad y sus defensas, una de las cuales es nuestra relación con la comida tan cargada de emociones, son un vínculo directo con nuestra espiritualidad. Son las miguitas de pan que nos conducen a casa.

—No sé qué es lo que me ha pasado, pero de pronto se me han quitado las ganas de comerme la sopa —dice Laurie.
—Parece como si hubiera algo aún mejor que la comida que llega a aquello que considerabas intocable, y en lo más profundo de ti estás descubriendo que eres más grande que tu sufrimiento.
Asiente con la cabeza y sonríe por primera vez en tres días.
—La vida no parece tan mala en este momento. Decir en voz alta lo mal que me sentía cuando tenía diez años hace que ahora no me parezca tan mala. Creo que lo que me sucede es que puedo sentir a esa niña de diez años y su tremenda tristeza sin convertirme del todo en ella, y eso está bien.
El mero hecho de poder conectar con su dolor sin que la destruya significa que no se ha perdido todo, que todavía hay esperanza, que no hay nada que no tenga remedio. Asiento con la cabeza y le pregunto si quiere seguir hablándome.
—Creo que por ahora es suficiente —responde. Pido a las comensales que cojan sus cubiertos y den unos cuantos bocados más observando lo que comen, su sabor y cómo se sienten.

Al cabo de unos minutos, Nell, que viene a mis retiros desde hace siete años, levanta la mano.
—Ya no tengo hambre, pero de pronto me he dado cuenta de que tengo miedo de apartar la comida.
—¿Por qué? —le pregunto.
—Porque... —y empieza a llorar— porque me doy cuenta de que no estoy mal... y que te enfadarás conmigo si te enteras.
—¿Por qué debería enfadarme contigo?
—Porque te darás cuenta de cómo soy en realidad y no te va a gustar.
—¿Qué es lo que voy a ver?
—Vitalidad. Mucha energía. Determinación. Fuerza.
—¡Vaya! —exclamo—. ¿Y qué es lo que no me va a gustar de todo eso?
—Que no te voy a necesitar. Y te sentirás amenazada por ello.
—¿Por quién me tomas? ¿Hay alguien que conoces que se haya sentido amenazado por tu espléndida forma de ser?
Nell empieza a reírse.
—Hola, mamá.
En la sala se produce un estallido de risas.
—Ella siempre estaba muy deprimida. Y si me comportaba tal como soy, no podía soportarlo. Tenía que reprimir mi grandeza. Tenía que estar tan destrozada como ella, de lo contrario me rechazaba y eso no podía aceptarlo.
—¿Qué le sucede a tu cuerpo, Nell?
—Es como si fuera una fuente de color. Como si estuviera proyectando vivos tonos rojos, verdes, dorados y negros desde mi pecho, brazos y piernas...
—Muy bien, vamos a detenernos aquí un momento...

Recorro la sala con la vista. Anna, la que quería mandarme a paseo, está llorando. Camille, que ha estado con cara de aburrida durante todo el retiro, parece estar totalmente absorta en lo que está sucediendo. La atención del grupo se está centrando en lo que dice Nell sobre la necesidad de estar destrozada. Se pueden identificar con la creencia de que, si se sienten heridas y perjudicadas, serán amadas.

Miro a Nell y le digo:
—Cuando te detienes y te permites sentir lo que te están ofreciendo, ello nunca coincide con lo que esperabas. Has pasado de tener miedo a convertirte en una fuente en tres minutos...
—Es como si este espacio silencioso y tranquilo hubiera estado esperando mi regreso —comenta ella—, como si hubiera estado ahí toda mi vida, como si fuera más yo misma que ninguna otra cosa.
Se pone en pie y las mira a todas. Aparta la silla y dice:
—Escuchad esto, chicas: ¡No estoy deprimida!
Más carcajadas. Nell prosigue.
—Este proceso me maravilla. Primero tuve que enfrentarme a la comida. Tuve que dejar de utilizarla para consolarme. Porque me parecía una locura y no tenía tiempo para el tema espiritual. Luego, cuando se calmó mi apetito, al menos tuve que permitirme sentir la desesperación: me costó. Ésa fue la parte en la que tenía que creer en lo que decías Geneen, que mi resistencia al sufrimiento era más fuerte que el propio sufrimiento. Pero sentir que no estoy deprimida, eso es algo para lo que me faltan palabras. Es como una bendición. Como decir que lo bueno no es sólo para los demás, sino también para mí. ¡Lo bueno soy yo!

Puesto que casi ha llegado la hora de la siguiente sesión que tiene lugar en la sala de meditación, les pido a las asistentes que comprueben su grado de hambre y que lo califiquen del uno al diez, teniendo en cuenta que uno significa que tienen hambre y diez que se sienten llenas, y coman según cuál sea su apetito.
—Nos reuniremos en la sala de meditar en treinta minutos —les digo levantándome de mi silla.
Cuando me dirijo hacia la puerta una mujer que se llama Marie me agarra la mano y me dice:
—Quiero decirle una cosa al grupo. ¿Te parece bien?
Asiento con la cabeza, preparándome para lo que venga. Marie se ha mostrado escéptica desde que empezó el retiro. Ha estado sentada durante las sesiones mirándome con los brazos cruzados delante del pecho como queriendo decir: «Demuéstramelo, encanto. Demuéstrame que este tema de la comida es algo más que simplemente abrir y cerrar la boca». Después de cada charla me había retado, me había plantado cara; justo ayer me había dicho que lamentaba haber venido.
—Esto no es más que OJODCP —dijo—. Y estoy harta de todo esto. Quiero adelgazar de una maldita vez y acabar con esta historia.
—¿Qué es OJODCP? —le pregunté.
—Otra Jodida Oportunidad de Crecimiento Personal —respondió Marie.
Me reí con tanta fuerza que empecé a resoplar.
—Discúlpame por haberme reído —respondí—. Bueno parece que ahora le toca a la OJODCP cargar con el mochuelo.
Quizá descubras que este retiro hace que te abras de forma que jamás hubieras podido imaginar.
—Lo dudo —respondió, y salió pisando fuerte. Su cola de caballo de pelo rojo rizado y un tanto suelta se balanceaba con el movimiento de su cuerpo al alejarse.
Ahora, en el comedor, Marie vuelve a hablar.
—Se me acaba de ocurrir que todo aquello que creemos sobre nuestras vidas está aquí. El mundo entero está en estos platos.
—Amén, hermana —le digo. Antes de salir por la puerta, me acerco a ella y le susurro al oído—: Vamos a por Otra Jodida Oportunidad de Crecimiento Personal.

De camino hacia la sala de meditar vuelvo a darme cuenta de que todo el retiro podría tener lugar en el comedor, que nuestras convicciones sobre la comida y el comer son un fiel reflejo de todas nuestras creencias. En cuanto sale la comida, salen nuestros sentimientos. En cuanto afloran nuestros sentimientos, se produce un inevitable reconocimiento de violencia autoinfligida y de sufrimiento que alimenta cualquier obsesión. Y en la esencia de ese reconocimiento está la voluntad de participar del sufrimiento y desentrañarlo, en lugar de ser sus prisioneras. La exquisita paradoja de esta implicación es que cuando permitimos realmente el sufrimiento, éste se disuelve. Perdemos peso de forma natural y sin esfuerzo. Sin autoinfligirnos dolor, ni obsesionarnos con las historias sobre lo que está mal, lo que queda es lo que había antes de que empezara: nuestra conexión con el sentido y con lo que consideramos sagrado.

Cuando la Comida es Más que Comida