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Extracto de "Alimentación Consciente"

Alimentación conscienteEn su best seller Alimentación Consciente Suzanne Powell nos introduce a una alimentación sana, explicándonos qué comer, qué evitar, cómo combinar los alimentos y mucho más. En este extracto del libro nos cuenta su experiencia personal, y de cómo vivió casi un milagro...:

LA IMPORTANCIA DE UNA ALIMENTACIÓN SANA Y LIBRE DE SUSTANCIAS TÓXICAS

A los veinte años de edad me diagnosticaron un cáncer en el cuello del útero; además me desahuciaron. Los médicos me dijeron: «Tienes una posibilidad entre cien de sobrevivir». Yo respondí: «Bueno, ¡pues yo soy esa!, esa única posibilidad». Y el médico me preguntó: «¿Tú eres consciente de lo que te pasa?», y yo quise saber: «¿Cuáles son las consecuencias si sigo el protocolo médico?». Y me contestó: «Te vamos a vaciar».

A los veinte años aún tienes la cabeza en las nubes y no entiendes bien lo que eso significa. El médico me explicó: «No vas a poder tener hijos, no vas a poder tener una vida sexual normal...». Esto último me dolió y me dije: «O me hago monja o me salto el protocolo». Firmé un papel por el que renunciaba al tratamiento y los médicos me miraron con horror. Se lo expliqué a mi familia y también me mira-ron con horror, así que decidí tomar la maleta y hacer el viaje que había planificado en la universidad: un año sabático en España. ¡Oleeee, me venía a España! Con una sentencia de muerte encima, pero me venía a España. ¡Ni un cáncer me iba a quitar mi ilusión de venirme a tomar el sol y conocer españolitos! Tengo que añadir que soy una pueblerina irlandesa, educada en un colegio de monjas, solo de chicas, y tenía ganas de expandir mis alas, de volar y descubrir el mundo. ¡Así que ni un cáncer me iba a frenar!

Decidí venir y le grité al cielo: «Si hay alguien allí arriba, prometo que si me curo dedicaré mi vida a darles esperanza a otras personas». Alguien allí arriba tomó nota: «Marchando una curación para Suzanne Powell. Ha hecho una promesa con su vida, más vale que la respete».

De la nada, apareció una persona que me guió. Era un chico joven, guapo, que me miraba a los ojos para verme el iris, colocado a medio palmo de mi cara y saboreando un posible beso de una «guiri». Ese chico me orientó hacia una alimentación higienista, que en aquel entonces era una dieta bastante radical. Tenía problemas con la alimentación, sufría asma desde pequeña y problemas recién descubiertos de alergia al sol. ¡Imaginaos venir a España y descubrir que tienes alergia al sol...!

¿Qué hice? Hacerle caso. Me orientaba, cocinaba para mí, me invitaba a comer y a cenar... ¡Un chollo! ¡Un chollo de novio! Seguí sus pasos con la buena noticia de descubrir que en poco tiempo, en cuestión de meses, el asma había desaparecido. Lo mismo ocurrió con la alergia al sol. Y luego, cuando fui a una revisión para el cáncer, también había desaparecido... ¡Oh, oh!, algo estaba haciendo correctamente. No sé si habréis descubierto también que cuando uno hace una buena limpieza digestiva, no tiene ganas de consumir los mismos alimentos que antes. Y cuando te encuentras en plena limpieza y ves a alguien en un Me Donald’s, dices: «¡Oh, qué horror!, ¿cómo puedes meterte eso en el cuerpo?». O alguien comiéndose un bocadillo de jamón serrano con una cerveza al lado, y no puedes evitar exclamar: «¡Uyyyy!». Casi te hace daño a la vista.

Empecé a tomarle el gustillo y al mismo tiempo me convertí en el conejillo de Indias de aquel terapeuta. A raíz de todo lo que aprendí, de todo lo que descubrí en mi propio cuerpo, recordé la promesa que había hecho.

Sentí el deber y la responsabilidad hacia otras personas que pudiesen tener los mismos problemas. Así que empecé a estudiar sobre ese tema. No fui a ninguna escuela de nutrición, sino que emprendí mi propia investigación. Experimentaba conmigo misma y con cualquier otra persona que se ofreciera voluntaria para dejarse llevar. Y eso le daba gozo a mi alma. Para mí era un campo de trabajo personal, sin cobrarle a nadie y simplemente aprendiendo de los demás.

Cuando descubrí que el asma había remitido, pensé: «¡Ahora puedo correr, puedo ir al gimnasio, puedo disfrutar, hacer deporte!». Me convertí en una especie de Forest Gump. Empecé a correr y correr y correr... Hice la carrera del Corte Inglés y muchas carreras populares. Luego empecé con los triatlones, duatlones, maratones, esquí de fondo, mountain bike... De hecho, seguí corriendo hasta el 2002, hasta que parí y paré! ¡Gracias, Joanna, por pararme!

En aquel momento empezó una nueva etapa de mi vida. Había pasado doce años trabajando de directora técnica para los empresas extranjeras de medicina ortomolecular, ahora muy conocidas en España. Di conferencias a naturópatas, médicos y tiendas de dietética, y empecé a tener más inquietudes. Al trabajar con empresas extranjeras, me di cuenta de que estaban más adelantadas que las españolas.

Tenía ganas de compartir la información que iba acumulando, y me decidí a ofrecer consultas gratuitas de nutrición. Al observar a los pacientes, me daba cuenta de que faltaba algo más: no podían ser solo «recetas» amistosas de suplementos nutricionales, porque lo que es beneficioso para uno puede ser perjudicial para otro. No hay dos seres humanos iguales, cada uno tiene su metabolismo, su carácter, su actitud. Tenía que profundizar más. Llegué a lo que podría llamarse «medicina holística»: cuerpo, mente y espíritu. A partir de entonces empecé a escuchar al cuerpo y al alma. Descubrí la necesidad del ser humano de ser completo y de ser completamente escuchado.

A raíz de haber sufrido un cáncer, aunque sin pasar por un protocolo médico, como si se tratase de una sincronía, empecé a tener ese tipo de pacientes, con unas necesidades muy diferentes: pacientes de cáncer que estaban atravesando por un protocolo médico con la aplicación por vía intravenosa de tóxicos. Se trataba de personas con miedo; muchos de esos pacientes necesitan otro tipo de atención porque viven con miedo: «Si no sigo el protocolo...», «Si no hago lo pe dice el médico...», «Las estadísticas dicen que si hago tal cosa pasaría tal otra...». Tenía que respetar ese protocolo e intentar al mismo tiempo ayudarles a sobrevivir al tratamiento médico y a superar su cáncer. No es fácil, pero lo estamos logrando.

Primero busqué la forma de descodificarlos; así nació el RESET —algunos ya conocéis el vídeo El reset colectivo—, que ayuda a que la gente elimine esos patrones, esos miedos, esos bloqueos mentales para aprender a pensar y cocrear de una forma diferente. Me di cuenta de que además de una correcta alimentación, el aspecto mental era tan importante como el físico. Pero si vamos un poquito más lejos..., al aspecto multidimensional —somos seres multidimensionales—, lo espiritual también juega un papel muy importante.

Hace unos veinte años recibí una formación de un médico y maestro oriental; es una técnica que imparto de forma gratuita, llamada «Curso Zen», desde la que se encuentra la raíz del problema. Cuando vienen los pacientes a la consulta gratuita, en cuestión de quince minutos tengo tiempo suficiente para corregir la raíz del problema, que en la mayoría de los casos no se encuentra ni en el plano físico ni en el mental. Y esos pacientes, a veces milagrosamente, tienen una remisión de su enfermedad en cuestión de días.

Alimentación consciente