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Extracto de "Adiós, Tristeza"

Adiós, tristezaPaso 1: Busca el origen y verbalízalo

En muchas ocasiones sabemos detectar sin demasiados problemas cuál es el origen de nuestra tristeza y somos capaces de explicar con claridad cómo nos sentimos. La causa de la tristeza que nos invade ha podido ser una ruptura sentimental, el fallecimiento de un ser querido, un despido laboral, una enfermedad, o, incluso, darnos cuenta de que no hacemos lo que realmente nos hace sentir bien.

Hace unos meses contactó conmigo una persona que, según sus propias palabras, «necesitaba salir del hoyo en el que se encontraba». Arancha es una mujer de cuarenta y ocho años, empresaria reconocida en su ciudad, que atravesaba una situación personal enormemente dura desde los últimos diez años. Había perdido a su madre y con mucho esfuerzo logró construir una familia con su pareja. Se sometió a diversos tratamientos de fertilidad, se planteó la adopción y finalmente cumplió su sueño. Pero en el camino se habían producido demasiadas pérdidas que no había podido llorar adecuadamente, ya que siempre había intentando seguir con su vida como si nada hubiera pasado. Para Arancha, llorar era un lujo que no podía permitirse. Sin embargo, llegó un momento en que debía recapacitar sobre lo que le ocurría. Era hija única y se sentía excesivamente responsable de su entorno. Su madre había padecido una larga enfermedad y fue Arancha quien se encargó de que recibiera los mejores cuidados, de hablar con los especialistas y de buscar una enfermera que la atendiera cuando ella no pudiera hacerlo. Su padre las había abandonado cuando Arancha era una niña, por lo que desde muy joven se había convertido en la cabeza de familia. Sin darse cuenta, sobrellevaba una carga que terminaría por pasarle factura.

Dos años después de que muriera su madre, cuando pensaba que todo estaba superado y había conseguido lo más importante, es decir, formar su propia familia, una mañana, sin saber por qué, se quedó inmóvil en la cama. No podía moverse debido a unos fuertes mareos. Los meses fueron pasando y las vidas de Arancha y de su familia estaban paralizadas. Decidió no contarle a nadie lo que le ocurría ni cómo se sentía, de modo que, durante dos años, parecía que su vida había desaparecido de la faz de la tierra.

Cuando se encontraba frente al espejo, veía a una mujer débil, miedosa, incapaz de hacer nada por sí misma. Además, se sentía culpable porque pensaba que estaba arruinando la vida de las personas que la rodeaban. Sus hijos pequeños no podían compartir con ella su tiempo ni sus inquietudes, y constantemente le pedía a su marido que rehiciera su vida con otra mujer que le hiciera feliz. Hasta que un día se dijo que no podía seguir así.

Descartada la posibilidad de que padeciera alguna enfermedad grave, varios especialistas le indicaron que, además de tomar la medicación adecuada, era urgente que comenzara a cuidarse y a solucionar el estrés con el que vivía desde hacía tanto tiempo.

Gracias al apoyo de su familia política, que se encargaba de cuidar a los pequeños, Arancha pudo ir retomando sus tareas profesionales. Al principio pensaba que debía recuperar a la mujer que fue tanto por los demás como por ella misma. Una y otra vez miraba fotos de años pasados y se daba cuenta de que la sonrisa y el brillo de sus ojos habían desaparecido de su rostro. Apenas tenía ánimo para cuidarse. Hacía meses que no iba a la peluquería y que no salía de compras, pero al menos durante los meses que duraron las pruebas médicas Arancha pudo descansar físicamente, lo que le permitió comenzar a intuir cuál era el origen de su enfermedad: demasiado trabajo. Lo que no imaginaba era que, además, las pérdidas personales de años atrás le habían dejado una huella profundísima en su interior.

Cuando vivimos una situación extrema, nuestro organismo se pone en alerta, pues está soportando un peso inimaginable. Pero todo tiene un límite y, si no conseguimos pasar página y relajarnos, nuestro cuerpo se convierte en una coctelera a punto de explotar.

Esto es lo que le ocurrió a Arancha. Llegó un día en que su cuerpo, cansado de soportar tanta fatiga y responsabilidad, decidió parar.

Cuando me mandó el correo electrónico para pedirme ayuda, lo hizo con la intuición —y la esperanza— de que, si se ponía en mis manos, podría salir adelante. Arancha conocía el origen de buena parte de su tristeza, pero estaba claro que necesitaba hablar de cómo se sentía con alguien ajeno a su entorno. En multitud de ocasiones me confesó que mientras conversaba conmigo se sentía libre: podía hablar con franqueza, sin paños calientes, sin temor a herir a alguien. Podría decirse que Arancha comenzó a verbalizar emociones y sentimientos que antes no había compartido con nadie. Y lloraba sin ocultarse. Aquellas lágrimas reprimidas durante años comenzaban a brotar.

Arancha necesitó tocar fondo para darse cuenta realmente de cuál era el origen de su problema. Sin embargo, no siempre ocurre así. A veces nos sentimos tristes sin saber por qué: no se ha producido ninguna pérdida y, aparentemente, no hay un motivo que explique ese estado de ánimo caracterizado por la apatía y el desánimo.

Si este es tu caso, el primer paso que tienes que dar es identificar el origen de tu apatía y saber desde cuándo domina tu vida y tus sentimientos. Para ello te propongo varias herramientas que te ayudarán a identificar el origen de tu tristeza y de tu apatía.

Herramienta 1: Bucea en tus valores

Los valores son reglas de vida que determinan nuestra forma de ser. Aquello que valoramos determinará el significado de nuestra vida y las acciones que emprendamos. Los valores nos impulsan a vivir bien y a mejorar cada día. Se demuestran con nuestro comportamiento y solo seremos coherentes cuando practiquemos lo que predicamos. En ocasiones, nos olvidamos de poner el foco en ellos, lo que puede hacer que llevemos una vida alejada de lo que verdaderamente nos importa. Y esa incoherencia afectará a nuestro estado de ánimo.

Por eso es importante que recapacites sobre tus valores y te preguntes si los estás respetando o si, por el contrario, estás actuando en contra de lo que más te importa. Si te das cuenta de que no los respetas, pregúntate a qué facetas afecta principalmente y a qué puede deberse.

Carlos fue criado en una familia numerosa tradicional. Tenía cinco hermanos con los que siempre se había llevado muy bien. Sus padres les inculcaron el amor a la familia, la generosidad y la importancia del cuidado a los demás. El padre de Carlos —trabajador en una compañía textil— dedicó su vida a sacar adelante a una familia a la que nunca le faltó de nada, ni en el plano material ni en el emocional. La madre se dedicó en cuerpo y alma a cuidar de sus hijos.

Para Carlos, su padre era un referente de vida fundamental. Le idolatraba y le gustaba hablar de cómo trabajaba de sol a sol sin pronunciar nunca una sola queja ni enseñar un mal gesto. Tenía de él la imagen idílica de lo que era un hombre: nunca le oyó desear más dinero para comprarse un coche mejor y su prioridad era proporcionar a sus hijos las herramientas para ser buenos profesionales y, sobre todo, buenas personas.

Con el paso del tiempo, Carlos y sus hermanos tomaron sus propios caminos. Algunos comenzaron pronto a trabajar y otros se volcaron en sus estudios. Y todos, excepto Carlos, formaron sus propias familias, respondiendo, de ese modo, a las expectativas de sus padres. Pero Carlos era distinto y, quizá, al ser tan consciente del sacrificio de sus padres, optó por planificar su vida de manera opuesta.

A sus cuarenta y cinco años, su físico era impecable. Practicaba deporte a diario e invertía bastante dinero en vestuario. Llevaba una vida más que acomodada gracias a su trabajo en una multinacional. Vivía en un ático situado en una de las mejores zonas de Madrid y no tenía ni pareja estable ni hijos. Había adquirido una buena formación para conseguir un trabajo que le permitiera viajar por diferentes países y engordar sus cuentas bancarias. En resumen, lo que se conoce como un «soltero de oro». Tenía mucho éxito con las mujeres, pero nunca se había planteado formar una familia, lo que preocupaba especialmente a su madre, que seguía preguntándole eso de que cuándo sentaría la cabeza. Pero Carlos no necesitaba vivir con la «cabeza sentada»; se consideraba un espíritu libre y, en verdad, disponía de su vida a su antojo… Tanto que podía pasar meses sin ver a sus hermanos, y semanas sin ir a comer a la casa de sus padres. Estos no se lo reprochaban nunca, porque sabían que el trabajo de su hijo era muy exigente.

En cierto modo, sus hermanos le envidiaban. Entre risas le decían que había sido «el más listo de toda la familia» y apostaban sobre cuánto tiempo más duraría ese Peter Pan que Carlos llevaba dentro.

Si todo era maravilloso, ¿qué pasó para que un día me pidiera ayuda? Posiblemente no pasó nada concreto, o fueron muchas cosas a la vez. Lo cierto es que una mañana, tras haber roto con su última novia, Carlos se dio cuenta de que algo había cambiado. Al principio creyó que su malestar podía ser fruto de la ruptura con aquella mujer, pero al mismo tiempo reconocía que en su interior había unos sentimientos a los que nunca había prestado atención. Si miraba su vida desde fuera era redonda y maravillosa, pero interiormente se sentía triste y apático, como si le faltara algo. De modo que trabajé con él en sus valores y le pedí que contestara a las siguientes preguntas:

¿Qué es lo que te mueve en la vida?
Respuesta de Carlos: La libertad.
¿Qué otros valores hay en tu vida?
Respuesta de Carlos: (no sabía qué responder).
¿Con qué valores te educaron?
Respuesta de Carlos: El sacrificio, el esfuerzo, la generosidad, el amor por la familia.
¿Los cumples?
Respuesta de Carlos: El sacrificio y el esfuerzo, sí. Llevo años formándome y preparándome para ascender en mi trabajo y llevar una buena vida.
¿De qué manera cumples los otros valores con los que te educaron?
Respuesta de Carlos: Me considero una persona generosa y amo a mi familia. Aunque, quizá, no paso el suficiente tiempo con ellos. Apenas los veo. No suelo llamar mucho a mis hermanos. Algún whatsapp y poco más. Y a mis padres los veo poco, aunque les llamo todas las semanas.

Después de nuestra primera conversación, que duró una hora aproximadamente, Carlos se dio cuenta de que la vida que había elegido de libertad, éxito, viajes y trabajo le alejaba de aquel niño que admiraba a su padre y de los valores que le habían inculcado. Se había olvidado de lo más importante para él: su familia.

Ahora te pregunto a ti: ¿qué valores no cumples?

(...) Es probable que no cumplir con tus valores te provoque ese estado de tristeza y de apatía en el que te encuentras. Algo dentro de ti te dice que no estás siendo coherente ni respetando lo que de verdad te importa. Más adelante veremos en qué consiste el siguiente paso. Ahora se trata de tomar conciencia de tu situación.

HERRAMIENTA 2: La rueda de la vida

Esta herramienta nos sirve para tomar conciencia de cómo vemos nuestra vida.

A lo largo de ella hay aspectos que nos hacen sentir más felices que otros. Posiblemente no existe la vida perfecta, pero sí podemos aspirar a la que más se aproxime a la perfección. Para ello es necesario que exista toda una serie de cimientos que hacen que crezcamos felices y seguros: la familia, la salud, el trabajo, la economía, nuestros hobbies, nuestro desarrollo personal…

Quizá seas de los que no necesitan mucho dinero para vivir tranquilo y satisfecho, y puede que no tengas millones de amigos, aunque, eso sí, los que tienes son los mejores del mundo. Quizá no tengas muchos hobbies, pero los que ya tienes hacen que disfrutes y que el tiempo se te pase a toda velocidad. No se trata de cantidad, sino de calidad. Pocas veces nos paramos a pensar sobre esto y, quizá, en muchas ocasiones, ahí esté el origen de nuestro malestar. Por ello te propongo que te preguntes cómo de redonda es tu vida actual y cómo te gustaría que fuera.

Puntúa de 0 a 10 cada uno de los aspectos que aparecen en la rueda tal y como los valoras en este momento. Como ya te he dicho, no se trata de cantidad, sino de calidad. Después de puntuar, une con una línea todos los elementos. ¿Tu vida es lo suficientemente redonda como para que ruede?

A continuación pregúntate cómo te gustaría que fueran cada uno de esos aspectos en el futuro. ¿Cuáles se alejan más de la puntuación actual? ¿Crees que alguno de ellos es el origen de tu tristeza?

Hace pocas semanas una mujer vino a verme, aconsejada por un familiar, con la esperanza de que el coaching la ayudara y, al mismo tiempo, con la desconfianza lógica tras haber pasado por distintas terapias. Su cabeza era una batidora. Cuando le pregunté para qué había venido a verme, comenzó a enumerar un montón de situaciones vitales que deseaba mejorar. No podía concretar un objetivo porque para ella eran muchos los aspectos que debía trabajar para ser feliz. Estaba claro que su vida no era como quería y había aceptado el conformismo como solución. Pero ni mucho menos era esta la solución. Se sentía muy cansada de tanto pelear por hacerse entender, e incluso le parecía que hablaba en otro idioma y que era un «bicho raro». Fue mi escucha sin juicio y mi empatía las que le hicieron confiar en la terapia y creer que era posible recuperar el entusiasmo.

Le propuse que hiciéramos la rueda de la vida y este fue el resultado. Los puntos negros representan cómo valoraba en aquel momento los diferentes aspectos que aparecen en la rueda. Los puntos verdes muestran cómo le gustaría que esos mismos aspectos fueran en el futuro. De inmediato se dio cuenta de que lo que la alejaba de su felicidad era no disponer de tiempo de ocio y no poder desarrollarse personalmente. Y por ahí comenzó a realizar sus cambios. Lo bonito de este trabajo es que empiezas a tirar de un hilo que parece insignificante y, de repente, surgen decenas de sentimientos y emociones que estaban escondidas.

HERRAMIENTA 3: ¿QUÉ NECESITAS DARTE QUE NO TE DAS?

Como yo siempre digo, tú eres tu mejor amigo. Seguro que no lo tienes en cuenta y es probable que por eso no te cuides como debieras. Recuerda que la primera relación personal que cada uno de nosotros mantenemos es con nosotros mismos.

Bert Hellinger, filósofo, teólogo y pedagogo de origen alemán, lo explica diciendo que pertenecemos y nos relacionamos con diferentes sistemas: la familia de origen, la familia que creamos, la relación de pareja, las amistades, los compañeros de trabajo, la empresa para la que trabajamos, el grupo de madres o padres del colegio, la religión, el grupo del deporte que practicamos, nuestra comunidad de vecinos, etcétera. Mantenemos esas relaciones porque recibimos lo que necesitamos de ellas y damos lo que los demás necesitan de nosotros (a excepción de la familia de origen, donde son solo los padres quienes dan a los hijos).

Todos tenemos una serie de necesidades que solo dependen de nosotros mismos. Sin embargo, pocas veces nos cuidamos lo suficiente. Solemos dar el cien por cien a los demás, sin caer en la cuenta de que nos abandonamos y dejamos de darnos lo que necesitamos.

Cuando no somos capaces de establecer un tipo de relación saludable con nosotros mismos, algo empieza a fallar. Es algo que muchas veces no sabemos etiquetar, pero rápidamente nos damos cuenta de que está provocando que no nos sintamos realizados, en paz, satisfechos y, en definitiva, felices.

Ha llegado el momento de que empieces a observarte y de descubrir cómo es la relación que mantienes con tu mejor amigo, que —no lo olvides— eres tú. Para ello te propongo que elabores dos listas en dos días distintos. En una de ellas escribe tus necesidades, esas que solo puedes satisfacer tú mismo. Al día siguiente escribe otra lista con lo que te estás dando. Ahora puedes ver si realmente te das lo que necesitas. Y una vez más te recuerdo que no se trata de cantidad, sino de calidad.

Felipe, un hombre de unos cincuenta años, intentaba sacar adelante un importante proyecto que le habían encargado en su empresa. Él pensaba que era su oportunidad para poder ascender en la compañía, lo que le hacía sentir una gran responsabilidad. Trabajaba largas jornadas y había llegado a olvidarse no solo de sí mismo, sino también de su entorno. Los días comenzaban a las siete de la mañana y llegaba a su casa casi a las doce de la noche. Los fines de semana solía quedar con sus amigos hasta bien entrada la madrugada, siempre que no tuviera que adelantar trabajo. En aquel momento no tenía pareja, pues hacía varios años que se había separado de su mujer y no habían tenido hijos. Durante los últimos años había disfrutado de una situación económica bastante cómoda que le permitía viajar, salir a cenar con amigos, acudir a fiestas casi todas las semanas, hacer deporte con un entrenador personal… Sin embargo, durante los últimos meses su vida se limitaba a trabajar, regresar a casa para dormir y volver a trabajar. En lo material, tenía todo lo que quería: una casa estupenda y solvencia económica, y, además, estaba bastante reconocido en su trabajo. Por si fuera poco, tenía mucho éxito con las mujeres y su grupo de amigos —casi todos de la Universidad— era bastante numeroso. Pero Felipe se había olvidado de cuidarse a sí mismo. La falta de sueño, el estrés y la mala alimentación le estaban conduciendo al decaimiento y a la apatía. No era feliz y no entendía qué estaba pasando.

Felipe fue consciente de que, a pesar de que contaba con uno de los pilares más importantes para su felicidad, como lo era tener un buen puesto de trabajo y disponer de un alto nivel económico, le faltaban otros aspectos importantes que necesitaba para cargarse de energía, como seguir una buena alimentación o tener aficiones. Felipe justificaba estas carencias con la falta de tiempo, pero empezaba a ser consciente del alto precio que estaba pagando por lograr ascender profesionalmente.

Cuando descubras qué es lo que te hace sentir triste, infeliz, desmotivado o apático, podrás comenzar a trabajar y a avanzar. Si lo has conseguido, te doy mi más sincera enhorabuena, porque acabas de dar el paso más importante.

Adiós, tristeza