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Extracto de "Cómo educar con firmeza y cariño"

Cómo educar con firmeza y cariñoIntroducción a la tercera edición:

Me entusiasma que Cómo educar con firmeza y cariño lleve veinte años publicándose en Estados Unidos y que ahora se considere un clásico en este país. Me entusiasma incluso más haber oído a tantos padres y profesores decir cuánto les ha mejorado la vida en casa y en clase. Los dos comentarios siguientes son representativos de los centenares que he oído: “Después de veinticinco años, estaba dispuesto a abandonar la docencia. Los niños han cambiado tanto... No obstante, este libro me ayudó a adaptarme a los cambios y ahora vuelve a gustarme enseñar”. “Mis hijos no son perfectos, ni tampoco lo soy yo, pero, desde luego, ahora disfruto educándolos.”

Entonces, quizá se pregunte usted, con el éxito que ha tenido el libro, ¿por qué iba yo a querer hacer cambios? ¿No es lógico que yo haya aprendido incluso más durante estos veinticinco años? He tenido la suerte de trabajar con miles de padres y profesores en talleres y conferencias. Ellos han compartido conmigo sus éxitos y sus dificultades. He aprendido qué daba resultado, qué necesitaba algunos retoques, en qué hacía falta incidir más y algunas ideas nuevas que era necesario incluir.

El primer capítulo presenta los cuatro criterios para una disciplina eficaz. Padres y profesores se han valido de estos criterios para comprender los diversos enfoques disciplinarios y entender corno conviene obrar para influir positivamente en los niños de una forma duradera. Los cuatro criterios les ayudan a eliminar las prácticas disciplinarias que no son respetuosas con los niños y no son eficaces a largo plazo.

En ocasiones, me pregunto si la batalla entre el castigo y la permisividad no va a terminar nunca. Parece que muchos solo conciben estos dos extremos. Las personas que opinan que el castigo es válido a menudo lo hacen porque creen que su única alternativa es la permisividad. Las personas que no creen en el castigo con frecuencia se van al otro extremo y se vuelven demasiado permisivas. La disciplina positiva ayuda a los adultos a encontrar un término medio respetuoso que no es ni demasiado punitivo ni demasiado permisivo. La disciplina positiva maneja herramientas que son a la vez amables y firmes y enseñan valiosas competencias sociales y para la vida.

En esta edición, se hace más hincapié en la importancia de ser amables y firmes al mismo tiempo. Padres y profesores aún parecen tener dificultades con este concepto. Esto se debe, en parte, a la noción de que amabilidad y firmeza se excluyen mutuamente. A mí me ha resultado útil emplear la analogía de la respiración. ¿Qué sucedería si inspiráramos pero no espiráramos, o viceversa? La respuesta es obvia. Ser amables o firmes no es una cuestión de vida o muerte, pero ser amables y firmes puede ser lo que decida nuestro éxito o fracaso. También es útil saber que ser amables puede contrarrestar todos los problemas que entraña ser demasiado firmes (rebelión, resentimiento, autoestima dañada) y que ser firmes puede contrarrestar todos los problemas que entraña ser demasiado amables (permisividad, manipulación, niños malcriados, autoestima dañada) cuando somos amables y firmes al mismo tiempo.

He tratado en mayor profundidad el modo de utilizar la pausa obligada positiva como una competencia para la vida que es eficaz tanto para los niños como para los adultos. Padres e hijos encuentran útil y gracioso recordar que, en los momentos conflictivos, revertimos a nuestro cerebro reptil (y los reptiles se comen a su prole), donde la única opción es pelear (luchas de poder) o huir (retraimiento y falta de comunicación). Razón de más para hacer una pausa obligada positiva hasta que nos sintamos mejor y podamos resolver los problemas basándonos en la proximidad y la confianza en lugar de hacerlo en la distancia y la hostilidad.

A veces, nos resulta más fácil ser amables y firmes al mismo tiempo “después” de calmarnos. Entonces podemos disculparnos y aplicar una herramienta de la disciplina positiva. Por este motivo, he hecho más hincapié en la importancia de esta clase de pausa obligada positiva que ayuda a niños y a adultos a sentirse mejor para así poder hacer mejor las cosas.

Hablando de la pausa obligada positiva, muchos adultos tienen dificultades con el concepto de convertir la pausa obligada en una experiencia positiva. Creen erróneamente que eso “premiaría” la mala conducta. No obstante, cuando comprenden realmente los efectos a largo plazo del castigo y el cerebro reptil, perciben los beneficios de la pausa obligada positiva.

Centrarse en las soluciones es un tema crucial de esta edición. Pasé muchos años desanimada mientras oía continuamente hablar de las consecuencias lógicas. Parecía que padres y profesores creyeran que solo había dos herramientas disciplinarias: consecuencias lógicas y la pausa obligada. La pausa obligada era siempre de tipo “punitivo” y las consecuencias lógicas solían ser castigos mal disimulados. Los adultos tienen verdaderas dificultades para renunciar al castigo.

Una de mis afirmaciones más conocidas es: “¿De dónde hemos sacado la idea loca de que, para que los niños lo hagan mejor, antes tienen que sentirse peor?”. Al verse confrontados con esta idea, padres y profesores se dan cuenta de que es una idea loca y, no obstante, al verse confrontados con una mala conducta, recaen en sus viejos hábitos punitivos.

Centrarme en las soluciones fue una revelación para mí. Yo había ido como observadora a una reunión de clase donde los alumnos se estaban centrando en encontrar una “consecuencia” para un compañero que había vuelto tarde del recreo. Advertí que todas las “consecuencias” que sugerían eran muy punitivas. Les pedí que hicieran una pausa y les pregunté: “¿Qué creéis que pasaría si os centrarais en buscar soluciones para este problema en vez de pensar en consecuencias?”. Los niños captaron la idea de inmediato. A partir de entonces, todas sus sugerencias fueron soluciones útiles. Comencé a compartir la idea de centrarse en las soluciones con padres y profesores, quienes más adelante me dijeron que estaban asombrados de cuánto habían disminuido las luchas de poder tanto en casa como en clase.

Otro cambio que usted hallará en este libro es mi hincapié en el hecho de que los adultos somos responsables de muchos problemas de conducta. Antes de decir nada más, quiero compartir que mi mayor duda para escribir sobre esto era que no quería bajo ningún concepto que esto sonara a culpa: solo a conciencia y responsabilidad. Dicho esto, yo no hacía más que observar que muchas de las conductas difíciles que frustraban a padres y profesores podían modificarse si ellos cambiaban primero. Francamente, me cansé de estar siempre oyendo a los adultos quejarse de lo que hacían sus hijos o alumnos.

Comencé a preguntarles, con la mayor delicadeza posible, qué hacían ellos para contribuir al problema. Me parecía que algunas “malas conductas” de los niños estaban “desencadenadas” por los adultos. Un ejemplo era cómo se “rebelaban” muchos niños cuando sus padres o profesores les exigían algo. Estos mismos niños quizá se mostrarían muy colaboradores si los adultos de su vida los implicaran en hallar soluciones durante reuniones de familia o clase, o los ayudaran a crear tablas de rutinas y luego les preguntaran “¿En qué habíamos quedado?” o “¿Qué tienes que estar haciendo ahora?”. Naturalmente, esto no dará resultado en todas las situaciones; por eso la disciplina positiva tiene tantas herramientas distintas.

“Cómo influye nuestra personalidad en la de nuestros hijos” es un nuevo capítulo que ayuda a los adultos a comprender qué provoca en los niños nuestra propia personalidad, tanto positiva como negativamente. Muchos adultos no son conscientes de cómo influye ahora en sus hijos la personalidad que ellos formaron a partir de decisiones que tomaron cuando eran pequeños. La información de este capítulo puede ser un modo entretenido de aprender a superar conductas que inducen a nuestros hijos a tomar malas decisiones mientras forman su personalidad. Una vez más, esta información no debería utilizarse nunca para atribuir culpas ni para encasillar ni juzgar a nadie. Darnos cuenta de las cosas es la clave para cambiar.

La forma de educar a los hijos ha atravesado muchos cambios en estos últimos veinticinco años. Un gran cambio reside en que ahora asisten más padres a mis charlas y talleres para madres y padres, y en que están mucho más implicados en la educación de sus hijos. Algunos de los cambios (tales como el materialismo y la sobreprotección) pueden remediarse si padres y madres prestan mucha atención a algunas de las sugerencias que siempre he hecho en este libro, tales como cuánto perjudica a los niños que los adultos hagamos demasiadas cosas por ellos, los sobreprotejamos, los rescatemos, no pasemos suficiente tiempo con ellos, les compremos demasiadas cosas, les hagamos los deberes, les insistamos, les exijamos, despotriquemos y luego cedamos.

La base para que un niño tenga una buena autoestima reside en que desarrolle la creencia de que “soy capaz”. Los niños no desarrollan esta creencia cuando sus padres hacen cualquiera de estas cosas. Ni tampoco desarrollan las competencias que los ayudan a sentirse capaces cuando hacen siempre lo que ellos les dicen y no participan en la búsqueda de soluciones en un entorno donde se sientan respetados y puedan adquirir práctica en las competencias que sus padres esperan que desarrollen.

Aunque las reuniones de familia y clase son ahora más comunes que antes, aún nos queda un largo camino por recorrer. Es en estas reuniones donde los niños tienen ocasión de desarrollar las siete percepciones y competencias importantes descritas en el primer capítulo y, no obstante, demasiados padres y profesores parecen creer que sus hijos y alumnos las pueden desarrollar sin ninguna experiencia ni práctica. Recientemente, me entrevistó para un artículo de su revista un redactor que opinaba que, hoy en día, casi todo el mundo sabe que el castigo no da resultado con los niños. Ojalá fuera eso cierto. Hasta que lo sea, hay mucho que hacer. Yo sigo soñando con instaurar la paz en el mundo instaurándola primero en las casas y las aulas. Cuando tratemos a los niños con dignidad y respeto y les enseñemos competencias valiosas para la vida, ellos difundirán la paz por el mundo. 

Algunos libros sobre disciplina están escritos para los padres. Otros lo están para los profesores. Este libro va dirigido a ambos porque:

  • Los conceptos son los mismos para padres y profesores. La única diferencia es el entorno donde se aplican. Muchos profesores también son padres que querrían utilizar estos conceptos en casa y en clase.
  • El entendimiento y la colaboración entre padres y profesores mejoran cuando unos y otros comparten los mismos métodos positivos para ayudar a sus hijos y alumnos y para ayudarse entre ellos.

Los principios de la disciplina positiva se pueden comparar con un rompecabezas de muchos conceptos (piezas). Es difícil ver la imagen completa hasta no tener todas o casi todas las piezas. A veces, un concepto no tiene sentido hasta combinarse con otro concepto o actitud.

Unas cuantas piezas del rompecabezas

  • Comprender los cuatro objetivos de la mala conducta
  • Amabilidad y firmeza al mismo tiempo
  • Respeto mutuo
  • Errores como oportunidades para aprender
  • Responsabilidad social
  • Reuniones de familia y clase
  • Implicar a los niños en la resolución de los problemas
  • Motivación

Cuando algo vaya mal, compruebe si falta alguna de estas piezas. Por ejemplo, los problemas pueden no resolverse con eficacia si los adultos o los niños no conciben los errores como oportunidades para aprender. Las reuniones de familia o clase pueden no ser eficaces mientras los participantes no se respeten ni tengan responsabilidad social. Demasiada amabilidad sin firmeza puede convertirse en permisividad, y demasiada firmeza sin amabilidad puede convertirse en una severidad excesiva. A veces, tenemos que dejar de abordar la mala conducta y sanar antes la relación. A menudo, la curación entraña una motivación que elimina la necesidad de la mala conducta sin abordarla directamente. Mientras los adultos no comprenden la creencia en la que se sustenta la conducta mediante el conocimiento de los objetivos erróneos, puede parecer que la motivación no da resultado.

A lo largo de todo el libro, se aportan ejemplos de cómo se han utilizado con éxito los principios de la disciplina positiva en casa y en clase. Cuando usted comprenda los principios, su sentido común y su intuición le permitirán aplicarlos a su propia vida. Miles de padres y profesores se han apoyado mutuamente en el aprendizaje de los conceptos de la disciplina positiva participando en grupos de estudio para padres y/o profesores. En estos grupos de estudio, no hay ningún experto, todo el mundo se siente libre de compartir sus errores y todos se ayudan para aprender. Todos sabemos lo fácil que es encontrar soluciones a los problemas de los demás: en ese caso, tenemos perspectiva, objetividad e ideas creativas. Con nuestros propios problemas, a menudo nos implicamos emocionalmente y perdemos la perspectiva y el sentido común. En los grupos de estudio, padres y profesores se dan cuenta de que no están solos, de que nadie es perfecto y de que todo el mundo tiene inquietudes parecidas. La reacción universal de los padres y profesores que asisten a grupos de estudio es “¡Qué alivio saber que no soy el único que se siente frustrado!”. Consuela saber que hay otras personas en nuestro mismo barco. En los grupos de estudio, los conductores dejan claro que no son expertos. Los grupos son mucho más eficaces si nadie asume el papel de experto. Un director o dos codirectores de grupo se encargan de hacer las preguntas y de que el grupo se aplique a la tarea, no de proporcionar las respuestas. Si nadie del grupo sabe la respuesta a una pregunta, hay que dejar tiempo para consultar el libro.

Los apéndices ofrecen algunos criterios para coordinar un grupo de estudio con eficacia. Un grupo puede estar formado por un mínimo de dos personas y un máximo de diez. Si el grupo rebasa esta cifra, sus componentes tienen menos oportunidades para participar. Los miembros del grupo deben leerse los capítulos, estar preparados para comentar las preguntas y colaborar con los directores de grupo aplicándose a la tarea. Si un miembro del grupo no ha tenido tiempo de leerse el capítulo asignado, puede, pese a ello, sacar provecho de escuchar la discusión y participar en las actividades experienciales. No es necesario aceptar todos los principios de golpe. Utilice únicamente lo que le parezca razonable en cada momento. Y si oye algo que no le parece bien, no sea radical. Algunos conceptos que ahora parecen difíciles de aceptar o comprender pueden parecer más razonables más adelante. Una participante dijo que había probado algunos de los principios con su hijo, solo para demostrar que no daban resultado, y que le había sorprendido el cambio positivo que aquello había dado a su relación. Más adelante, se hizo directora de grupos de estudio para padres porque quería compartir aquellos conceptos que tanto la habían ayudado. 

Mientras usted intenta cambiar sus viejas costumbres, ayuda tener paciencia consigo mismo y con sus hijos. Conforme vaya profundizando en la comprensión de los principios, su aplicación práctica se volverá más sencilla. Tener paciencia y humor y estar dispuesto a perdonar favorecerá su proceso de aprendizaje. Una advertencia más: pruebe los métodos de uno en uno. Va usted a aprender muchos nuevos conceptos y técnicas que requerirán práctica para poder aplicarse con eficacia. Exigirse demasiado puede ser desconcertante y decepcionante para usted. Aplique los métodos de uno en uno y proceda despacio, recordando que debe concebir los errores como oportunidades para aprender. Muchos padres y profesores han observado que, aunque sus hijos y alumnos no se vuelven perfectos, disfrutan mucho más educándolos cuando han aplicado estos conceptos y actitudes. Eso es lo que yo le deseo a usted.

Cómo educar con firmeza y cariño