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Alimentos dopados: los aditivos alimentarios

aditivos alimentarios

La industria alimenticia convencional hace un uso de los llamados aditivos alimenticios, es decir, de sustancias que pueden ser de origen natural pero mucho más a menudo sintética, que, como nos explican las autoras Marina Mariani y Stefania Testa, no tienen intereses nutricionales (al contrario, desde este punto de vista son inútiles), sino que permiten «mejorar aquellas que podríamos llamar las prestaciones de un alimento, ya sea en su aspecto estético, en su gusto o simplemente en la duración de su vida sobre la estantería del supermercado.

Históricamente el uso de aditivos se remonta al momento en que se empezó a usar la sal o el vinagre como conservantes; más adelante, el concepto se amplió notablemente, hasta incluir sustancias que no sirven en ningún caso para mejorar la conservación de un alimento, sino solo para hacerlo más atrayente, más apetecible.

Algunas de estas sustancias se usan solamente con la finalidad de satisfacer las ideas y expectativas de los consumidores.

Es el caso de los colorantes, que tienen la función de satisfacer el ojo mejorando la prestación de un producto y por tanto lo apetecible que es» (Gli additivi alimentari, Macro Edizioni).

Los nombres de los aditivos

Los aditivos se clasifican en base a sus funciones, de modo que tenemos los edulcorantes para conferir un sabor dulce a los alimentos, los colorantes para dar color, los conservantes para alargar la duración de su conservación, los antioxidantes para protegerlos del deterioro provocado por la oxidación, los reguladores de la acidez que modifican o controlan la acidez del producto, los emulsionantes para formar y mantener mezclas homogéneas entre ingredientes que de no ser por él tenderían a separarse, como el aceite y el agua, por ejemplo. Las tipologías para describir los aditivos llegan hasta 26 por un total de aproximadamente 400 sustancias.

Estas aparecen indicadas generalmente sobre la etiqueta con el nombre de la tipología y un códice compuesto por una E y un número, por ejemplo:

  • E 133 (azul brillante FCF, colorante de tipo sintético que según algunos estudios puede ser dañino para los niños),
  • E 951 (el aspartamo, un dulcificante artificial muy usado para sustituir el azúcar en los llamados productos light. Estudios recientes han demostrado que es un agente cancerígeno para las ratas. Es considerada una sustancia dañina y, para poner un ejemplo, está prohibido su consumo por parte de mujeres embarazadas, por ser tóxico para el embrión).

La ley regula su uso prescribiendo cantidades máximas de uso que no deberían dañar nuestro organismo, la llamada dosis máxima diaria.

Lástima que:

  • la dosis máxima por día se calcula sobre la constitución media de un hombre adulto, y por tanto no tiene en cuenta la diversidad de mujeres y sobretodo de niños, para los cuales la dosis calculada para un hombre adulto podría resultar excesiva;
  • la dosis máxima puede ser respetada en un producto pero quién sabe cuántos otros alimentos ingerimos que contienen los mismos aditivos durante el transcurso del día;
  • no se han realizado estudios sobre los efectos de cocktails de aditivos, es decir, qué sucede en nuestro cuerpo consumiendo contemporáneamente o en un breve lapso de tiempo alimentos que contienen diversos aditivos.

Puedes leer también: Los aditivos alimentarios y los colorantes invaden nuestra mesa: ¿son peligrosos? ¿Cómo podemos evitarlos?

Cocktail de aditivos

Como nos explican Mariani y Testa, «en el 2008 la universidad de Liverpool publica una investigación que demuestra el efecto tóxico de una suma de aditivos ampliamente usados en los alimentos: E 133 azul brillante, E 621 glutamato mono sódico (ya conocido singularmente por los problemas que puede causar, la llamada “síndrome del restaurante chino”), E 104 amarillo de quinoleína, E 951 aspartamo. Los cuatro, combinándose entre ellos, interferirían en el correcto funcionamiento de las células neuronales. La insidia de los aditivos no está tanto en la toxicidad o peligrosidad de las moléculas individuales, sobre las cuales se realizan estudios en profundidad, sino sobre sus innumerables e imprevisibles combinaciones, entre ellos y con otras sustancias contaminantes presentes en el ambiente».

Los efectos de los aditivos sobre los jóvenes y los niños

Por desgracia, algunos de los productos más ricos en aditivos son precisamente aquellos dirigidos a los niños y jóvenes. Y también en este punto entran en juego los cocktails de aditivos. Estudios británicos han relacionado algunos colorantes con la síndrome del TDAH, otros en cambio han demostrado como la abolición de colorantes artificiales determina la disminución de los déficits de atención en los niños en edad escolar.

Para profundizar puedes leer la lista de los 20 aditivos principales que se deben evitar en pro de la salud de los niños y los jóvenes:

fragmento del libro Nutrición óptima para la mente del niño

Los aromas naturales

Con el término natural solemos asociar algo que es sano, relacionado con la naturaleza. Lástima que muy a menudo sea una palabra usada solo para vender productos que no corresponden exactamente al nombre. Este es el caso por ejemplo de los aromas naturales. Así como nos explican Mariani e Testa, «la palabra “natural” indica un aroma obtenido a partir de procesos físicos de extracción de sustancias naturales, vegetales, animales, minerales o de origen microbiológica. Estos procesos físicos comprenden la fragmentación y también el uso de disolventes químicos capaces de extraer las notas aromáticas deseadas». En el aroma natural, el 95% del componente aromatizante debe ser obtenido por extracción del producto natural (recordémoslo, extracción que puede realizarse también con disolventes químicos) y el restante 5% está compuesto por sustancias, también sintéticas, que tienen la función de estandarizar el aroma resultante.

También el microbioma es sensible al consumo de aditivos

Como nos explica la doctora Zschocke en su libro Curarse de manera natural con las bacterias (próxima publicación en lengua española con Macro), «si se preguntara al intestino qué tipo de alimento desea, se expresaría siempre a favor de alimentos sin sustancias químicas ». Cómo reaccionan por ejemplo las sustancias conservantes en el intestino, «qué efectos tienen exactamente sobre el microbioma, no ha sido aún estudiado con profundidad. A menudo, las bacterias del intestino las rompen. Qué pueden causar los restos que permanecen es algo que, sin embargo, no se sabe. Se supone que, ya que hacen aumentar las cepas bacterianas, liberan toxinas dañinas para el sistema nervioso. (…) Los emuladores, en el modo en que se usan normalmente por la industria alimenticia para modificar la consistencia de los alimentos, pueden perjudicar ya en mínimas cantidades el microbioma.

… El exaltador de sabor glutamato actúa como un neurotransmisor no solo sobre la lengua, también en el cerebro. Cantidades artificiales de esta sustancia proporcionan agitación, dolor de cabeza, insomnio y trastornos nerviosos. Los colorantes artificiales en los alimentos no solo despiertan las ganas de comprar sino que ocupan también las células del sistema inmunitario, que deben ocuparse de su eliminación y las mantienen en estado de alarma».

Es decir, por el bien de nuestro intestino, sería bueno renunciar a alimentos que contienen sustancias químicas.

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