× Utilizamos cookies propias y de terceros, para realizar el análisis de la navegación de los usuarios. Si continúas navegando, consideramos que aceptas su uso.
Puedes cambiar la configuración u obtener más información aquí.

Descripción

El empeño puesto durante años en conseguir la emancipación de la mujer ha provocado un efecto colateral con el que nadie contaba: un oscurecimiento de lo masculino, cierta indiferencia —cuando no desprecio— hacia los varones y un inevitable destierro de estos a un segundo plano.

Existe actualmente la idea, muy extendida, de que en la crianza y educación de los hijos el padre es prescindible, incluso un estorbo. Lo que el código masculino consideraba crucial para el crecimiento de los hijos es presentado como peligroso o no apto.

El modelo educativo exalta exclusivamente la sensibilidad típica del código materno. En estas circunstancias, incomprendidos y desplazados, desconfían de su instinto masculino y renuncian al ejercicio efectivo de la paternidad, o la mujer prescinde de su concurso. Así, los hijos no pueden respetarlos ni querer ser como ellos, renunciando a su futura paternidad.

En este clima intenta sobrevivir toda una generación de padres que no saben muy bien cómo desenvolverse en una sociedad que les obliga a ocultar su masculinidad y no les permite disfrutar de su paternidad en plenitud.

Ello les hace perder autoestima, lo que conduce a muchos a la frustración, esforzándose por ser más femeninos, quedándose al margen de la crianza y educación de los hijos, convirtiéndose en callados espectadores de la relación madre-hijo o refugiándose en el trabajo, donde encuentran mayor comprensión y valoración que en el ámbito familiar.