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Descripción

El ser humano contemporáneo está llamado a vivir en un mundo roto, un mundo desconexo y sincrético que ejerce sobre las personas una fuerza centrífuga que las aleja de su núcleo personal, de su interioridad. Así, progresivamente va fraguándose una cosmovisión profundamente dual que genera una distancia irreductible entre lo corporal y lo espiritual, entre Dios y el ser humano, entre el yo y los otros. El camino de la interioridad es un viaje al centro de nuestro ser, un proceso de integración personal progresiva en el que el esquema dual deja paso a la conciencia de unidad. Cuerpo, psique y espíritu son vivenciados en toda su hondura, y de una forma integrada y armónica, en el interior del Ser. De este modo, la experiencia de unidad, o de no dualidad, se constituye en la puerta que posibilita el encuentro con nuestra dimensión más esencial. Este encuentro ejerce en nosotros un doble efecto: por un lado nos impele a niveles más profundos de nuestra propia esencia; por otro, ensancha horizontes abriéndonos a una relación con el mundo y con Dios desde el amor y la autenticidad. Este doble movimiento de énstasis, hacia dentro, y éxtasis, hacia fuera, es lo que configura a la persona en toda su plenitud. En este proceso, el acercamiento a Dios se realiza como camino mistagógico, como un descubrimiento progresivo por parte del sujeto de la propia esencia divina que le habita y le constituye. Hay apertura al Yo soy no-dual, al Ser no objetivado ni objetivable, solo accesible desde la experiencia vital, a la Realidad atemporal e ilimitada de Lo-que-Es.