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Descripción

Todos, desde el escéptico o el positivista más cerrado, hasta el soñador más iluso, se plantean a diario, bajo una u otra forma -principalmente bajo la forma del “nosce te ipsum” socrático-, problemas sintetizados en dichas tres interrogaciones pavorosas, tanto, que sin ellas ni aun la vida misma se concibe siquiera. ¡Qué de horas y más horas pasadas en los trabajos más o menos mecánicos e ilógicos que nos aseguran el cotidiano pan material que a los irracionales con mayor o menor esfuerzo les depara la Naturaleza, y cuán pocas empleadas, en cambio, a nuestro gusto en esa primera tarea verdaderamente racional y científica que se resumen en las tres clásicas preguntas de “quién somos, de dónde venimos y adónde vamos”. Pues todo esto y mucho más que por la brevedad omitimos, acarrea como corolario lógico el que la Ley de Evolución abarca todo el Cosmos, o bien que el Cosmos “todo conspira a una finalidad suprema”, con arreglo al viejo criterio teológico de los filósofos griegos y dentro del verdadero concepto de “Cosmos” o “Armonía”, concepto en el que se enlazan “lo vario” y “lo uno”. ¡Y no obstante, nuestro cretinismo nos quiere hacer pensar que en aquel corpúsculo empieza y acaba todo! ¿No sería preferible a esto el que viviésemos y muriésemos en perfecto estado de bestias?... Pero, no; esto ya, felizmente, no puede ser, por cuanto la Naturaleza, en su progreso evolutivo, va cerrando tras cada ser las puertas del pasado, para empujarle y que abra él por sí propio las del porvenir, por lo que, si ayer, en nuestro cuerpo físico al menos, pudimos ser animales, y aun ahora tengamos no pocas reminiscencias y conexiones con ellos, hoy ya es diferente nuestra evolución como hombres, y mañana esta evolución nos habrá de llevar a otros estados superiores aún, al tenor del axioma cabalista de que el mineral, con la evolución, se transforma en planta; la planta, en animal; “el animal, en hombre; el hombre, en un espíritu, y el espíritu, en un dios”.