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Descripción

¿Queremos como hemos sido queridos? En los últimos años, los estudios demuestran que la formación del cerebro del niño depende, especialmente, de todo aquello que rodeo a la madre durante la gestación y de la formación del vinculo afectivo entre padres e hiios.

Es mas, las primeras interacciones entre los progenitores y los recién nacidos son esenciales en el desarrollo de la expresión afectiva de los hijos.

El cerebro afectivo aborda la relación del sistema nervioso central en la formación de los lazos afectivos entre padres e hiios, y pone el foco de atención en los efectos del afecto en el comportamiento posterior de las personas.

Pero, ademas, presenta un dato de gran importancia: el sentido optimista de la vida, fundamentado en estudios de la propia autora y de otros investigadores, que ponen de manifiesto que el afecto recibido en los primeros años de nuestra vida puede compensar algunas de las limitaciones biológicas que hayan podido producirse durante la gestación.

Dicho de otra manera, el buen cuidado y el cariño en la primera infancia se presentan como algunos de los factores mas relevantes para alcanzar una sociedad mas saludable y feliz.

El cerebro afectivo demuestra que el afecto durante la gestación y durante la primera infancia modela, de forma muy relevante, nuestro cerebro y nuestro carácter.

María Cruz Rodríguez del Cerro es una de las mejores especialistas de nuestro país en el estudio y la investigación de la conducta parental en los mamíferos.

Durante años, esta laboriosa científica ha invertido mucho esfuerzo y tiempo en trabajos de laboratorio con roedores, y ha tratado de descubrir los secretos biológicos que hacen que los progenitores atiendan a sus cachorrillos con alta prioridad e insuperable mimo.

La profesora Del Cerro ha explorado todos los entresijos de esa atención en la dinámica temporal, que empieza con la gestación, continúa en el parto y se perpetúa en consecuencias tan sorprendentes como inimaginables después del parto y a lo largo de la vida.

En las influencias de los progenitores, la autora ha comprobado cómo la plasticidad cerebral permite modificar el comportamiento de los mamíferos, incluso antes de que hayamos nacido, a medida que nos gestamos en el seno materno.

Igualmente, ha podido comprobar de primera mano cómo las capacidades mentales y el comportamiento de los descendientes pueden resultar altamente condicionados por las atenciones particulares de los progenitores, especialmente en períodos críticos de los primeros meses y años de vida.