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Descripción

Nuestros hijos aprenden en clave de realidad. Para poder captarla, necesitan relaciones interpersonales, contacto con la belleza y motivos para actuar con sentido. Necesitan sensibilidad, empatía, espíritu atento.

Sin embargo, en un mundo en el que las pantallas están cada vez más presentes, pueden padecer un déficit de realidad.

En ese sentido, la autora desvela con evidencias demoledoras una serie de mitos educativos y demuestra que la mejor preparación para utilizar las nuevas tecnologías de forma responsable tiene lugar en la realidad; es decir, que la mejor preparación para el mundo online es el mundo offline.

El niño posee de forma innata la curiosidad, la capacidad de asombro y el impulso de inventar nuevas experiencias en el reducido ámbito de su casa o en la plazuela más próxima, con sus amigos.

Cierto es que, en la actualidad, nuestras ciudades, su tráfico y sus prisas no brindan a los niños las mismas posibilidades de imaginar sus propias diversiones y descubrimientos, pero la solución, al menos para la mayoría de las familias, no es «desterrarse» a una urbanización impoluta e inexpugnable en la que se puede gozar de todo bajo la mirada de un portero automático.

La ciudad es muy interesante para niños y adultos, como también lo es la aventura campestre; lo mismo sucede si se propone buscar lugares de pesca fluvial —incluso teniendo en cuenta que, a la postre, lo que más apasiona a los niños es tirar piedras al agua o buscar bichos-, o también, por seguir con ejemplos al aire libre, recoger frutos silvestres en cada estación), luego viene el aprender a caminar sin hacer ruido, a observar, a resistir, a admirar y a compartir.

También en casa se pueden realizar muchos descubrimientos en torno a un juego de mesa o reproduciendo situaciones de la vida real con materiales de verdad (cortar con tijeras, clavar a martillazos,atornillar, inventar nuevos vehículos, construir, incluso en un balcón, la famosa cabaña que todos los niños ansian.. Y todo acompañado de intercambios verbales.

Los humanos aprendemos el uso verdaderamente funcional del lenguaje solo en el juego intersubjetivo-interactivo con otros humanos, niños o adultos. El sentido de la realidad y la organización del pensamiento tienen en el lenguaje una herramienta poderosa y nada prescindible.

Lo que no quiere decir que continuamente los padres tengan que arengar a sus hijos con un «bravo», «campeón», como en un eterno concurso de televisión ni, por el contrario, lanzarles reiterados mensajes de «eso, no», «haz el favor de parar», «ya verás cuando se lo diga a tu padre».

El discurso o diálogo adecuados deben ir llenos de sentido y estar contextualizados con lo que el niño, o nosotros con el niño, llevamos entre manos: lo real narrado, descrito o discutido es doblemente real. Y, por supuesto, el lenguaje, como los ademanes, puede contener las pizcas de humor que dan la salsa a cualquier convivencia y avivan la inteligencia social.