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Descripción

El autor presenta su visión global del mundo y se concentra en los mecanismos del alma que llevan a los grandes conflictos: las guerras entre pueblos y religiones. Los conflictos son parte de la vida del hombre. Nuestros conflictos pequeños, cotidianos, son normales. En definitiva, sirven para crecer. En contraposición con ellos, existen también los grandes conflictos, los que se manifiestan entre pueblos y grupos étnicos. En los grandes conflictos los humanos despliegan el deseo de aniquilar.

Según el autor, la convicción –que por lo general se conecta con una ideología- sería responsable por la dinámica asesina que opera en los grandes conflictos. También se puede atribuir cierta responsabilidad a la tranquilidad de conciencia con la que los antagonistas entran en el conflicto. La conciencia tranquila, específica en cada grupo, funciona siguiendo el principio de un tablero en blanco y negro: en el bando opuesto sólo ve lo malo y, en casos extremos, le niega al opositor todo rasgo humano.

La concepción terapéutica de Hellinger tiene también una dimensión política. Admite que los perpetradores son seres humanos que están implicados, al igual que todos los demás. Para Hellinger, la exigencia cristiana de amar a los enemigos es la máxima expresión de un mandato ético y también pragmático: el único camino posible para la sanación consiste en ver que en el asesino hay un ser humano.