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Descripción

Si bien la experiencia es madre de todo saber, existe una especie de conjuro social para retarnos a un estado de eterna juventud en lo puramente externo, en lo superficial. Desde ese despropósito tratamos de disimular, y lo que es peor, tratamos de negar la evidencia: nos hemos hecho mayores. Sin embargo, no se es viejo por la presencia de achaques (que a veces se dan también a edades muy tempranas), sino por una actitud derrotista ante la vida, carente de estímulos e ilusiones.

El arte de envejecer revela cómo es posible armonizar los rigores de una edad más o menos avanzada con un espíritu capaz de asumir nuevos retos, nuevas metas. El elixir para lograrlo reside en la capacidad que tengamos para inventar, para crear y forjar proyectos cada día, para darles cuerda y descubrir que nuestra disposición es la clave de todo.