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Terapia con mascotas: relación animal-paciente

Por Alberto Dal Negro, autor del libro Il Potere Terapeutico degli Animali, Macro Edizioni

 

terapia con animales

Por terapia con mascotas se entiende una preciosa relación, un equilibrio entre persona y animal.

Se trata de la relación que se instaura entre un animal y una persona que se encuentra en una situación complicada. Pero lo que sucede realmente durante este encuentro, lo que hay entre el animal y la persona, todavía pocos lo saben de verdad y es esto lo que quiero intentar explicaros.

La persona, en el contexto de la terapia con mascotas, se convierte en paciente. Paciente es un término genuinamente sanitario, pero las intervenciones asistidas por animales no se desarrollan sólo en esta dirección; pueden ser intervenciones educativas, socio-asistenciales o simplemente actividades de tipo recreativo.

Hablemos de beneficiarios, usuarios o destinatarios.

Pero nos gusta hablar siempre de personas, sin dejar de lado nunca el respeto que merecen considerándolas de manera global, con sus sentimientos, sus cualidades, su interioridad. Simplemente personas. Como lo somos todos nosotros. Igualmente.

caballoCuando el animal no te juzga

Leyendo el fantástico libro de Salvatore Brizzi, Il bambino e il mago (El niño y el mago), cuando el autor cuenta a su joven amigo cuáles son las dos claves para entrar en el mundo de la magia, entendida como vivir verdadera y plenamente la vida, habla de dos conceptos: presencia y no juicio.

El animal nos ofrece estas dos claves:

  • Presencia
  • No juzga

Lo que a través de la terapia con mascotas se pone a disposición de quien está ante esa situación. Es decir, una bellísima y eficaz síntesis del potencial del animal.

En un mundo centrado en emitir juicios y en fomentar la emisión de dichos juicios de todo tipo (basta con encender la televisión y poner cualquier programa) la cualidad del no juzgar se considera, más bien, rara. Y valiosa. Porque a todos nosotros no sólo no nos gusta ser juzgados, sino que le tenemos pánico. Tenemos miedo. Y esto provoca auténticos bloqueos complicados de eliminar y superar. La autoestima se resbala y se escapa por los pies. Todos tenemos una imperiosa necesidad de sentirnos simplemente aceptados y acogidos por lo que somos, con nuestros límites, nuestras fragilidades, nuestras particularidades. Y la gran mayoría de gente, sobre todo niños y adolescentes con los que trabajamos junto con nuestros animales, pide sólo esto: sentirse aceptado sin juicio alguno. ¿Tan difícil es? Para nosotros los humanos parecería casi imposible.

En cambio, para nuestros amigos los animales, es lo normal.

El animal nos hace sentir presentes

En cuanto a la presencia, el animal nos conduce obligatoriamente a cosas del aquí y ahora, al presente, obligándonos a vivir la relación con él también de manera sensorial a través de la caricia y del contacto con su suave pelaje. Nos permite, con un simple gesto, olvidar todos nuestros problemas alejando por un momento nuestro pasado sombrío a veces en decadencia o inclusive dramático (pienso en este mismo momento, en las historias de los chavales que nos estamos encontrando cerca de un centro antiviolencia que acoge mujeres maltratadas y a sus hijos. Historias que en algunos casos hacen erizar la piel) y separando la realidad presente con un futuro un tanto incierto y negro.

animal y hombre, cariciasAnimal-paciente: gestos, caricias

Con nuestros animales conseguimos recrear en torno a las personas una especie de espacio sagrado de dimensión de bienestar única, en la que se consigue extraer la espina durante un tiempo, viviendo plenamente una relación sana y positiva con otro ser que siente, inteligente, auténtico y con una sensibilidad increíble.

Una especie rara para estos niños. Y como explico en mi libro en la historia de Paolino: «Una perla hinchada tras otra acaban formando con el tiempo un precioso collar que, una vez puesto, nos hace más guapos y felices. Ya no nos la quita nadie: está ahí, con nosotros, y con él viviremos toda la vida».

Cuando me he acercado a este campo, había aprendido que tan solo el gesto de acariciar a un animal produce la estimulación de las endorfinas, una droga natural producida por nuestro organismo que induce un estado de relajación en la persona.

No niego esta afirmación. Pero hoy, después de tantos años y numerosos proyectos realizados con perros, conejos y burros puedo afirmar que no se trata sólo de esto. Sino que también de una dimensión espacial, que dificulta el encontrar igualdad con otras modalidades de intervención. Presencia y sin juicio, ¿poco?

 

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