× Utilizamos cookies propias y de terceros, para realizar el análisis de la navegación de los usuarios. Si continúas navegando, consideramos que aceptas su uso.
Puedes cambiar la configuración u obtener más información aquí.

Libro

Menudas Historias de la Historia Nieves Concostrina

Menudas Historias de la Historia

Anécdotas, despropósitos, algaradas y mamarrachadas de la humanidad (Ed. 15ª Aniversario)

19,90 €

21,26 $

Disponibilidad: inmediata

Gastos de envío gratuitos para España Península

Autor: Nieves Concostrina

Editor: La Esfera de los Libros

Libro

Págs: 456

Formato: 16x24

Año de edición: 2016

¿Te gustó este libro? Escribe tu comentario

DESCRIPCIÓN

Nieves Concostrina nos conduce con mucho humor por algunos de los hechos más curiosos que han moldeado nuestra historia:

  • ¿Cómo es posible que Adolf Hitler fuera candidato al Premio Nobel de la Paz?  
  • ¿Era el marqués de Sade, padre del sadomasoquismo, un hombre sensible?
  • ¿Cuántas personas escucharon realmente la famosa locución radiofónica de La guerra de los mundos de Orson Welles?

Un libro para profanos que cuenta la Historia como nos hubiera gustado que nos lo contaran a nosotros, despertando la curiosidad.

Más de 60.000 ejemplares vendidos. Edición conmemorativa 15 Aniversario de La Esfera de los Libros.

Aquí un fragmento del libro:

SEÑOR, SEÑOR… QUÉ CRUZ

El animado concilio de Pisa

Hablar del concilio de Pisa suena, de entrada, a petardo, pero aquel concilio que comenzó el 25 de marzo del año 1409, el que intentó poner fin al famoso Cisma de Occidente, es cualquier cosa menos petardo, porque fue uno de los más broncas y animados que se recuerdan. Se trataba de acabar con un problema grave: había dos papas reinando en la cristiandad. Bueno, pues cómo sería la que allí se montó, que cuando terminó el concilio en vez de dos papas había tres.

Como el Cisma de Occidente merece capítulo aparte, sólo decir que en el año que nos ocupa, 1409, la situación de la Iglesia pasaba de castaño oscuro. Hacía treinta años que había dos papas mandando en paralelo, uno desde Aviñón y otro desde Roma. Cada vez que se moría uno de los dos papas, los cardenales de cada bando elegían sucesor, con lo cual el cisma seguía y seguía y no se solucionaba nunca. Aquello era insostenible; hasta que el rey de Francia Carlos VI dijo «ya basta». La única forma de solucionar esto era retirar toda obediencia a los dos y deponerlos; y, por cierto, uno de los dos papas era el nuestro, Benedicto XIII, el aragonés, el Papa Luna.

Los cardenales de uno y otro bando se alarmaron ante el enfado del rey francés, aparcaron sus diferencias un rato y se reunieron a ver qué hacían. De esta reunión salió el concilio de Pisa. Muy bien, pero resulta que el único que puede reunir un concilio y firmar todo lo acordado es el papa.Y como había dos y ninguno quería ceder el poder, aquel concilio era como de juguete. Lógico, ninguno de los papas contendientes iba a convocarlo para facilitar su expulsión. Los papas se mantuvieron en sus trece (esta frase hecha procede precisamente de entonces, porque Benedicto XIII fue el que se mantuvo en sus ídem), así que el seudoconcilio los declaró herejes, los separó de la Iglesia y eligió a otro papa para sustituirlos, Alejando V. No hay dos sin tres.

Y Alejandro V tuvo que buscarse otra sede, porque en Aviñón y Roma seguían amarrados a la silla los otros dos papas. Se fue a Bolonia, donde la mortadela, y allí pasó su pontificado sin pena ni gloria hasta que lo envenenaron. Los otros dos estuvieron todavía cinco años más peleados.

Juan Pablo I: caso abierto

El 28 de septiembre de 1978 es una fecha negra en el Vaticano, y no sólo porque se les muriera un papa. Al fin y al cabo se les han muerto doscientos y pico y lo tienen bastante asumido. Pero las dudas que surgieron en torno a aquella muerte aún no se han disipado, ni mucho menos se ha solucionado la crisis interna que arrastró. Albino Luciani, Juan Pablo I, murió a los 34 días de pontificado. Aún no les había dado tiempo a recoger todo lo del entierro de Pablo VI, cuando tuvieron que sacarlo de nuevo para los funerales del papa efímero.

Ahora que el Vaticano ha desclasificado los documentos del pontificado de Pío XI para que el mundo sepa qué datos del nazismo, la Guerra Civil española y el fascismo italiano se guardaron con tanto secreto, es de esperar que en algún momento alguien explique exactamente de qué murió Juan Pablo I. Haciendo un cálculo, así por encima, no nos toca enterarnos hasta, más o menos, el año 2076.

El papa Luciani murió en algún momento de la noche del 28 al 29 de septiembre. Se prohibió la realización de autopsia, nunca se pudo saber qué cenó la noche anterior, las cuatro monjas que asistieron al papa fueron trasladadas al Santo Oficio con la prohibición de hacer declaraciones, y no hubo un boletín médico que explicara claramente las causas de la muerte. El médico que certificó el deceso dijo que probablemente se debió a un infarto de miocardio. Pero aquel infarto no convenció.

La negativa a hacer autopsia se basó en que la Constitución Apostólica promulgada por Pablo VI en 1975 lo prohibía, pero en realidad ni lo prohíbe ni lo ordena, lo omite. O sea, ni sí ni no, ni todo lo contrario. La omisión de autopsia se entiende cuando el papa muere tras una enfermedad tratada por los médicos o cuando se le conoce una dolencia crónica. Pero es que Juan Pablo I no estaba enfermo y apareció muerto en su cama cuando la noche anterior se había acostado más ancho que largo.

Aún hoy hay voces que piden que se exhume y que se investigue. Por pedir…

La polémica Inmaculada Concepción

El 8 de diciembre de 1854 un papa, el noveno de los Píos, Pío Nono, definió como obligatorio para los católicos creer que la Virgen fue concebida libre del pecado original, ése que transmitieron a todo homo sapiens cristiano Adán y Eva. La Inmaculada Concepción es uno de los símbolos más característicos del catolicismo, pero también ha sido uno de los más polémicos. En contra estuvo Santo Tomás de Aquino. A favor, los franciscanos; y mucho más en contra que Santo Tomás, los dominicos. La guerra interna por demostrar si la Virgen nació o no con el pecado original puesto trajo más de un insulto entre religiosos.

Los argumentos a favor de la inmaculada concepción de María no eran muy poderosos cuando se empezó a discutir sobre ello, allá por el siglo XII, pero como encontró un magnífico altavoz en la devoción popular durante los siguientes siglos, la creencia arraigó. En contra había argumentos más elaborados. Primero, que aquí el único ser humano concebido libre de pecado era Jesucristo; segundo, que hacer una segunda excepción con María daba lugar a graves problemas teológicos; y tercero, si estaba aceptado que fue Jesucristo quien redimió a su madre del pecado original y resulta que María también nació libre del pecado, ¿de qué la redimió su hijo?

Fueron los dominicos quienes mantuvieron durante siglos que tal idea era una paparruchada producto de la «plebe indocta», arrastrada por religiosos interesados que rehuían el debate. La chispa definitiva para conseguir el dogma se prendió en Sevilla, después de que un dominico rechazara en público la pura concepción de la Virgen. Los sevillanos se encabritaron, el enfado saltó al resto de España y luego a la Europa cató- lica. El asunto de la Virgen se convirtió casi en una campaña electoral de los franciscanos y el clero sevillano. Se organizaron procesiones diarias, responsos, por no llamarlos mítines, y hasta pegada de carteles por toda la ciudad en los que se leía «María, sin pecado original».

La respuesta popular fue masiva y, aunque varios papas se resistieron a definir el dogma, Pío Nono acabó haciéndolo a mediados del XIX. Desde entonces, se acabó la discusión. La buena noticia es que, gracias a aquella decisión, ese día es fiesta.

El cabreo de Lutero

El 31 de octubre del año 1517 un monje muy cabreado agarró un martillo, cuatro clavos y se fue a la iglesia de Witenberg, en Alemania. Sacó un papel con noventa y cinco cláusulas escritas, lo dejó clavado en la puerta y se volvió a su convento agustino con el martillo,pero más desahogado. El monje se llamaba Martín Lutero y ese día, con aquel monumental enfado, nació la Reforma protestante. ¿Por qué renegó Lutero de la fe establecida? Porque Roma era un despiporre. Los papas eran unos negociantes,corruptos la mayor parte de las veces. El que no tenía cinco hijos al retortero tenía tres amantes. Compraban Estados, vendían indulgencias, se asesinaban unos a otros, se robaban las novias… Y aquel 31 de octubre Lutero dijo «hasta aquí hemos llegado».

En Roma, al principio, no le tomaron muy en cuenta. No era la primera vez que alguien se quejaba. Pero al papa León X se le escapó un pequeño detalle en esta ocasión. La imprenta ya estaba en marcha y cual- quier cosa tenía repercusión. Eso ocurrió con las noventa y cinco tesis de Lutero, que en poco tiempo las conoció toda Alemania. Y si algo enfadaba especialmente a los alemanes era la venta de indulgencias, un invento papal de lo más rentable que no servía absolutamente para nada.

En aquel siglo XVI, la muerte estaba más que presente. Todo el mundo andaba muy preocupado por no acabar en el purgatorio, un estado intermedio inaugurado por el Vaticano en el siglo XIII, situado entre el cielo y el infierno y con lista de espera para ir a uno u otro sitio. Como en Roma necesitaban hacer caja, se dijeron: pues para que la gente no se muera tan preocupada les vendemos una milonga. O sea, las indulgencias. Al que las compre le colamos en el purgatorio y le aseguramos plaza en el cielo. Y la gente compraba. Y Roma prosperaba.

El camelo de las indulgencias no fue lo único que enfrentó a Lutero con Roma. Dijo también que qué era eso del celibato, así que fue y se casó. Y encima se casó con una monja. Pero es que luego predicó la Biblia en lengua vulgar, porque en latín no había Dios que la entendiese. Y así una tras otra. Lutero quiso incordiar hasta después de muerto y redactó un epitafio que no se atrevieron a poner: «Durante mi vida fui tu peste, papa. Con mi muerte, seré tu muerte». La maldición no se ha cumplido, pero sí hizo bastante la puñeta. El Vaticano perdió la mitad de la clientela.

Thomas Becket, el contestón

Sólo cinco datos para resumir la historia del inglés Thomas Becket: vivió en el siglo XII, se hizo cura, se metió en política, mandó más de la cuenta y acabó en la tumba. Pese a todo, le hicieron santo. Thomas Becket murió asesinado el 29 de diciembre del año 1170.

El rey Enrique II y él eran íntimos, y Thomas Becket acabó siendo arzobispo de Canterbury, el cargo eclesiástico más importante de Inglaterra. Pero Becket le salió respondón al monarca y la relación acabó en trifulca,porque no se ponían de acuerdo sobre quién tenía que mandar más en el país: Dios o el rey. El arzobispo salió por pies de InglateSEÑOR, rra y luego regresó ante una aparente reconciliación. Pero como volvió a levantarle la voz a Enrique II, acabó pagando caros sus gritos. Enrique II siempre negó haber ordenado asesinar a Thomas Becket.

Dijo que sólo hizo un comentario. Algo así como: «¿Será posible que nadie me quite de encima este clérigo pesado?». Cuatro pelotas de la corte lo oyeron y se fueron a por el arzobispo. Le sorprendieron rezando en el altar de la catedral de Canterbury. Allí mismo lo asesinaron y allí mismo fue enterrado.

El crimen indignó a los católicos ingleses y la historia corrió por toda Europa. La tumba de Becket se convirtió en lugar de peregrinación y,tres años después de su muerte, el arzobispo fue declarado santo. Los ánimos se calmaron durante un tiempo, hasta que llegó Enrique VIII, aquel rey orondo que cuando no estaba casándose o cortando la cabeza de alguna de sus esposas se entretenía en discutir con el papa de Roma. Y tanto discutió, que Enrique VIII acabó desterrando el catolicismo y erigiéndose en principal cabeza de la Iglesia de Inglaterra. ¿Quién continuaba incordiándole desde la tumba? Santo Tomás Becket.

Enrique VIII ordenó destruir todos los sepulcros de santos cató- licos y quemar sus huesos, y puso especial interés en el de Santo Tomás. Se supone que aquí se pierde el rastro de los huesos, aunque todavía hoy muchos se empeñan en que los frailes de Canterbury no eran tan estúpidos como para esperar sentados a que se cumpliera la orden del rey. Que sacaron los huesos, los sustituyeron por otros y escondieron los originales. Pues vale, pero los debieron de esconder mejor que el dinero de Marbella, porque de Santo Tomás nunca más se supo.