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Libro

Corre Como un Etíope Marc Roig Tió

Corre Como un Etíope

Manual para entrenar como un atleta de élite

17,90 €

19,08 $

Disponibilidad: inmediata

Autor: Marc Roig Tió

Editor: La Esfera de los Libros

Libro

213 + 16 ilustraciones

Formato: 15x23

Año de edición: 2016

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DESCRIPCIÓN

Correr como un etíope es el deseo de la mayoría de la gente que ha encontrado en esta actividad un placer sin igual. Y aunque parezca mentira, sí se puede entrenar como los récords del mundo.

En este libro Marc Roig te explica el modo, desde la experiencia personal de haber sido «liebre de lujo» y fisioterapeuta de figuras de la talla de Kenenisa Bekele.

A los libros habituales sobre corredores se une aquí el día a día en Etiopía, el «país de los mejores», donde hay que hacer frente a numerosas dificultades tanto naturales como de la vida misma.

Se incluye planes de entrenamiento para diferentes distancias: 10 kilómetros, media maratón y maratón.

ÍNDICE
Agradecimientos el país de los incansables

  1. ASÍ ENTRENA UN MARATONIANO EN ETIOPÍA  
  2. ¿POR QUÉ SON TAN BUENOS LOS ETÍOPES? 
  3. EL PRIMER ÉXITO: BIKILA
  4. LOS SUCESORES DE BIKILA
  5. UNA DIETA PERFECTA
  6. RÉCORDS, RÉCORDS Y MÁS RÉCORDS
  7. LO QUE GANAN LOS ATLETAS
  8. ¿CUÁL ES EL LÍMITE? etiopía para visitantes
  9. EL ATLETISMO POPULAR EN ETIOPÍA: CARRERAS  
  10. EL ATLETISMO POPULAR EN ETIOPÍA: DÓNDE ENTRENAR
  11. NO TODO ES CORRER (TREKKING)
  12. PLAN DE ENTRENAMIENTO PARA CORREDORES PRINCIPIANTES
  13. PLAN DE ENTRENAMIENTO PARA CORREDORES AFICIONADOS
  14. PLAN DE ENTRENAMIENTO PARA CORREDORES EXPERTOS
  15. AMÁRICO PARA CORREDORES 
  16. DIRECCIONES DE INTERÉS

EL PAÍS DE LOS INCANSABLES ASÍ ENTRENA UN MARATONIANO EN ETIOPÍA

Son las seis de la mañana y amanece en Adís Abeba, la capital de Etiopía. Las calles todavía están desiertas, sin tráfico, pero en algunos lugares no muy lejanos varios centenares de corredores están preparándose para el primer entrenamiento del día. Su despertador ha sonado sobre las cinco de la mañana y, solo con una taza de té, se han desvelado para ir en procesión al lugar indicado. Hay atletas que van con su propio coche, otros (la mayoría) esperan a que algún compañero los recoja, y otros más, los que forman parte de algún grupo numeroso bajo las órdenes del mismo mánager, incluso tienen un servicio de autobús que va casa por casa, como si fueran a la escuela.

Cada día la misma rutina, pero cada día a un lugar diferente, en función del entrenamiento. Esta es la característica principal de los corredores etíopes: los desplazamientos para entrenar. Sus vecinos kenianos, en su gran mayoría, salen corriendo desde casa y ahorran mucho tiempo, que suelen dedicar a descansar o incluso a entrenar más. Son dos estilos de vida muy diferentes en dos países vecinos que generan a los mejores maratonianos del mundo año tras año. Dos maneras diferentes de entrenar, pero igual de exitosas, sin duda.

En Kenia la mayoría de los atletas vive en un entorno rural. Destaca la provincia del Valle del Rift, con Eldoret como capital y un puñado de pueblos satélites a varios kilómetros a la redonda: Iten, Kaptagat, Kapsabet... Estos pueblos casi nunca superan los 20.000 habitantes y gozan de caminos infinitos por los que correr kilómetros y kilómetros. Con el amanecer, estos senderos se llenan de atletas consagrados, atletas a punto de consagrarse y centenares de aspirantes que probablemente nunca llegarán a ganar un solo euro con el atletismo.

Algo parecido sucede en Etiopía, aunque se vive con la creencia o la esperanza de que en la capital las oportunidades de triunfar serán mayores. Aquí, el atletismo está distribuido de manera piramidal gracias a la federación y a la historia propia de Etiopía, donde formar parte del equipo nacional era la máxima aspiración a la que se podía llegar en deporte. Es en las zonas rurales del país como Bekoji o Asella donde han nacido los atletas con más talento, pero no permanecen ahí mucho tiempo. Después de destacar en algunas competiciones locales, los mejores atletas del país son engullidos por la federación o por los mánagers, que los incorporan a sus estructuras en la capital. Ahí se les puede proporcionar un sueldo, material para entrenar, desplazamiento a los lugares de entrenamiento o competición, un entrenador y, con un poco de suerte, el servicio de un fisioterapeuta o un masajista que elimine las molestias de tantas horas de entrenamiento. Este es el paso previo antes de poder viajar a Europa y empezar a ganar dinero de verdad con el atletismo. Todos los atletas lo saben, incluso los más jóvenes. Por esta razón las competiciones locales son de altísimo nivel. Por esta razón, también, los atletas que quieren probar fortuna y no han sido descubiertos todavía se desplazan a la capital: hay que vivir en Adís Abeba si quieres triunfar en el atletismo. Y hay que poner el despertador a las cinco de la mañana y estar listo poco más allá de las seis para hacer la primera sesión del día; por ejemplo, en Sebeta.

Sebeta es una localidad situada a poco más de 30 kilómetros al sur de Adís Abeba. Su principal atractivo es la carretera prácticamente llana que cruza la planicie circundante durante más de 20 kilómetros. Es el lugar ideal para las tiradas largas, sin subidas ni bajadas y con la visibilidad suficiente para no correr peligro frente al tráfico rodado, una de las dificultades de entrenar cerca de la capital.

Los atletas calientan durante unos 10-20 minutos, se quitan el exceso de ropa, se colocan las zapatillas ligeras y dejan listas las bebidas energéticas para consumir cada 5 kilómetros. El entrenador o alguno de sus ayudantes será quien, en coche, se adelantará al grupo y lo esperará en el punto indicado para entregar la bebida. Y repetirá la secuencia varias veces, en función de lo largo que sea el entrenamiento, que en ocasiones alcanza los 40 kilómetros.

Si el grupo es numeroso —y la mayoría de veces lo es—, correrán en paralelo por el lado izquierdo de la carretera, para poder ver los coches que circulan de frente. Delante se pondrán los atletas que actúan de liebre, seguidos por los corredores más fuertes. Los menos capacitados se colocarán en la cola del grupo e irán perdiendo el contacto a medida que pasan los minutos. De una manera similar se organizan las chicas, encabezadas por uno o dos hombres que les sirven de liebre. Si, por el contrario, un atleta entrena solo o con uno o dos compañeros, correrá por el lado derecho de la calzada y un coche de apoyo lo seguirá con los intermitentes encendidos, del mismo modo como entrenan algunos equipos ciclistas por las carreteras de Europa.

El ritmo de estos entrenamientos es ligeramente progresivo y se acerca mucho al de competición, pero con la dificultad añadida de la altitud, cercana a los 2.200 metros sobre el nivel del mar. Los mejores maratonianos del país han llegado a entrenar durante 40 kilómetros a esta altura en menos de 2 horas y 10 minutos (lo que equivaldría a correr una maratón en 2 horas y 16 minutos o menos). Las chicas, por su parte, consiguen completar los 40 kilómetros en poco más de 2 horas y 20 minutos. Este entrenamiento es la mejor manera de predecir el estado de forma de un atleta etíope, pero no el único.

En dirección opuesta a Sebeta se encuentra Sendafa, otra localidad satélite de Adís Abeba, que es también conocida por su carretera sin apenas desniveles, aunque no es tan llana como la de Sebeta. Aquí el entrenamiento suele ser de ida y vuelta (en Sebeta a veces también se hace así, pero no es tan habitual): primero alejándose de la ciudad y después en dirección contraria. De esta manera, el perfil es ligeramente favorable en los kilómetros finales y, en el caso de que sople el viento, lo suele hacer a favor en el camino de vuelta. Aquí, Abera Kuma ha corrido incluso por debajo de los 59 minutos los últimos 20 kilómetros de un entrenamiento largo.

Pero los maratonianos etíopes no solo entrenan en el asfalto. Para los kilómetros de acumulación como pueden ser los doblajes o los rodajes fáciles, muchos atletas se desplazan al norte de la capital, a Sululta. Allí se encuentra un enorme bosque de eucaliptos que permite correr con cierta comodidad, incluso en la época de lluvias, cuando el resto del campo está embarrado e impracticable. Los grupos corren en fila de a uno y zigzaguean entre los árboles durante una hora o más. Estos entrenamientos son fáciles de seguir, incluso por los que tengan un nivel inferior al promedio del grupo, porque zigzaguean tanto que en cualquier momento es posible recortar para engancharse al último corredor. De hecho, son entrenamientos muy engañosos: hasta el GPS se confunde al medir la distancia y, por lo tanto, al calcular el ritmo de la carrera. Los giros son tan agudos y tan seguidos que la precisión de la señal es muy baja y donde un corredor recorre varios metros haciendo eses consecutivas, el GPS dibuja una línea recta robando metros al entrenamiento. Por todo ello, no es extraño que estos entrenamientos en zigzag por el bosque de Sululta, a 2.700 metros sobre el nivel del mar, parezcan sencillos. Pero no lo son.

Otros entrenamientos habituales en Sululta son los que se hacen en las cuestas o practicando los cambios de ritmo. El terreno es ligeramente ondulado y, debido a la elevada altitud, incluso una cuesta de solo el 3 por ciento se convierte en un suplicio para la mayoría de los corredores. La distancia habitual para hacer cuestas es de entre 200 y 400 metros, pero ahí cada entrenador tiene su propio método. Lo mismo ocurre con los fartleks o cambios de ritmo. Todos los corredores de un mismo grupo se colocan en fila de a uno formando una serpiente de alrededor de diez atletas; si el grupo es más numeroso o incluye tanto a chicos como a chicas, se hacen varios subgrupos en función del talento de cada uno. Y el entrenador decide durante cuántos segundos o minutos se corre rápido y durante cuántos segundos o minutos se corre despacio para recuperar. Un ejemplo de este entrenamiento podría ser correr rápido durante 3 minutos y recuperar a trote bastante lento durante un minuto. Y repetir esta secuencia ocho o diez veces. Es algo parecido a las series de mil, pero realizadas en el bosque, con giros y desniveles; un entrenamiento ideal para los corredores de cross, aunque los maratonianos también lo realizan. Y una manera muy eficaz de controlar a un gran número de corredores sin demasiada dificultad. El entrenador, con un potente silbato, se coloca en un claro del bosque que le permita observar el ir y venir de los corredores mientras ojea su cronómetro de mano. Al llegar al tiempo estipulado, hace sonar el silbato para que los corredores cambien de velocidad: rápido, lento, rápido… Y así hasta que se completa la secuencia entera.

En el caso de las cuestas, la recuperación consiste en bajar al trote la misma distancia que se ha subido a ritmo alto. Posiblemente es el entrenamiento más duro que se puede realizar en altitud, o al menos el más alejado de su homólogo a nivel del mar. Por encima de los 1.500 metros sobre el nivel del mar, las cuestas parecen más empinadas. Y el incremento subjetivo de su pendiente no es gradual con respecto al incremento de la altitud, sino exponencial. Las cuestas son mucho más duras a partir de los 2.000 metros de altitud, casi inabordables más allá de los 2.500 metros e imposibles (a menos que seas un superdotado) a medida que te acercas a los 3.000 metros. De todos modos, Etiopía está llena de superdotados para correr y, por lo tanto, verás a varios atletas haciendo cuestas por Sululta e incluso en lo alto de Entoto, a 3.300 metros sobre el nivel del mar. Yo lo he intentado también, pero el ritmo es poco más rápido que si caminara.

Y por si fuera poco, a estos entrenamientos en Sululta hay que añadirles el factor sorpresa para terminar de complicarlo todavía más. Con tantos árboles y tantos corredores haciendo rodajes, cuestas o cambios de ritmo, la probabilidad de pasar un matorral y encontrarse a un atleta o a un grupo que corre en sentido contrario es alta. O vacas, cabras, perros, burros… (Aunque también hay hienas, es muy difícil verlas durante el día, así que no hay que preocuparse demasiado por ellas). Es aconsejable guardar siempre algunas fuerzas para superar lo imprevisto, o lo más probable será que tu entrenamiento acabe en colisión.

Para evitar males mayores, en Sululta existen zonas abiertas como el llamado satelite field o campo del satélite. Es una explanada de varios kilómetros cuadrados solo practicable durante la estación seca y que se llena de aficionados al fútbol durante los fines de semana. Recibe su nombre de las enormes antenas de transmisión situadas en un lateral. Allí se puede correr sin grandes desniveles por un perímetro de más de 5 kilómetros. Este perímetro, si es necesario, permite incursiones hacia los bosques colindantes, con lo que llegaría a abarcar hasta más allá de los 15 kilómetros. O permite también descender hasta el valle y correr durante más de 30 kilómetros por un terreno mullido y plácido, que se eleva por encima de los 2.700 metros sobre el nivel del mar.

Las condiciones en Sululta son tan favorables para correr (una vez que el cuerpo se ha adaptado a la gran altitud) que varios atletas se están construyendo una casa allí para poder empezar a entrenar desde su propia puerta, sin gastar tiempo en desplazamientos. Es el caso de Tariku Bekele, pero muchos otros le seguirán en un futuro próximo porque las ventajas de Sululta no se acaban en el bosque. Ahí también se encuentra una pista de tartán de seis calles construida por Kenenisa Bekele en 2008 para preparar los Juegos Olímpicos de Pekín. En esa época, el tartán del Estadio Nacional en la capital era tan deplorable que muchos atletas se lesionaban al cabo de pocos entrenamientos. Esta situación, sumada a la creación de un complejo deportivo que ya estaba en la mente del pequeño atleta etíope, fue el detonante para construir esta bellísima pista rodeada de naturaleza en las afueras de Adís Abeba. De todos modos, la federación entendió el mensaje y también renovó el desgastado tartán solo un año después. La única diferencia que existe ahora mismo entre ambas pistas es el acceso a ellas. Mientras en el Estadio Nacional solo son bienvenidos los atletas que forman parte del equipo nacional y que trabajan con los entrenadores de la federación, en la pista de Sululta puede entrenar cualquier persona (incluso si es un simple aficionado al atletismo), a condición de que pague el precio por entrar. Todo es perfecto para la vida monacal del maratoniano en Sululta: altitud, pureza del aire, una gran extensión de prado y bosque e incluso el aburrimiento necesario para que los días pasen uno tras otro con los simples ingredientes de entrenamiento, comida y descanso. Solo la ausencia de buenas carreteras para completar las tiradas largas se le puede reprochar a este entorno natural; aunque se encuentran a menos de una hora en coche, si el tráfico de la capital no es caótico.

Pero incluso para aquellos atletas que no quieren abandonar la comodidad de la ciudad existen barrios ideales en los que vivir y entrenar. La zona alta cercana al bosque de Yeka, como por ejemplo el barrio de Meganagna, es habitual entre los corredores. Ahí arriba, cerca de la residencia del embajador de Venezuela, tiene su mansión el grandioso Haile Gebreselassie. Es prácticamente la última casa antes de adentrarse en el bosque, un bosque agresivo por sus desniveles y por la calidad de su arcilla, que se convierte en un terreno enormemente resbaladizo cuando llueve. Pero un bosque lo suficientemente grande como para entrenar más de una hora o dos y no repetir ningún camino. Ahí se despereza la mayoría de las veces el atleta de la eterna sonrisa y hacia ahí peregrinan atletas de todas las clases y niveles desde el alba hasta bien entrada la tarde.

Se dice que algunos atletas, en su afán por mejorar e intentar los entrenamientos más duros, han llegado a correr desde el inicio de este bosque hasta lo alto de la montaña Entoto, a más de 3.300 metros sobre el nivel del mar. Una vez allí, después de casi 2 horas de ascenso con rampas superiores al 10 por ciento, han bajado en coche o en taxi colectivo hasta sus casas, para gozar de un merecido descanso. Y es que Entoto, con la iglesia de Santa María cerca de la cumbre, es un lugar mágico para entrenar. Ahí se desplazan cada domingo muchos de los extranjeros que viven en Etiopía para disfrutar de las vistas sobre la capital. Allí llevan a sus perros de paseo o salen a dar una vuelta (caminando, porque para correr por encima de los 3.000 metros hay que estar muy en forma). Y allí también es posible ver entrenar a varios atletas desafiando la ausencia de oxígeno. Porque una de las ventajas que tiene entrenar en Adís Abeba es que se puede escoger casi cualquier altura a la que correr, desde los 2.000 metros hasta un poco más allá de los 3.000, y todo a menos de una hora en coche.

Con una buena gestión del entrenamiento y de la respuesta del organismo a la altitud, los maratonianos pueden mejorar su rendimiento de una manera sorprendente en Etiopía. Es cuestión de dedicarle tiempo (lo ideal, más de un mes) y empezar con las alturas más bajas y cercanas a los 2.000 metros. A partir de ahí, a medida que el cuerpo se va acostumbrando, el maratoniano se puede asentar en alturas superiores o visitarlas de manera esporádica, pero sin olvidar los entrenamientos más rápidos en las alturas más bajas, como las tiradas largas en Sebeta. Pero si se quiere rizar el rizo o buscar una puesta a punto ideal, es posible gastar un día de viaje y trasladarse a Adama (también llamada Nazaret) o a Hawassa, para correr a unos 1.700 metros sobre el nivel del mar. A estas alturas las piernas funcionan solas y es posible trabajar en los rodajes largos a ritmo de competición.

Otro detalle a tener en cuenta es que son localidades con gran humedad; condición interesante, por ejemplo, si la maratón que está preparando el atleta se disputará en una ciudad costera. Al fin y al cabo, en el alto rendimiento hay que intentar controlar todos los aspectos de la preparación y el factor climatológico no es baladí. El propio Kenenisa Bekele explica que la principal razón por la que perdió el Campeonato del Mundo de cross de Mombasa (2007) fue por la excesiva humedad, a la que no estaba acostumbrado y para la que no se había preparado. En esa carrera, el atleta etíope se retiró después de ser sobrepasado por el eritreo Tadese Zerzenay a falta de menos de 2 kilómetros para la línea de meta. Un kilómetro antes, Kenenisa había impuesto su ley, la ley del más fuerte, y se había distanciado casi un centenar de metros del resto de sus perseguidores. Todo parecía indicar que ganaría de nuevo el Campeonato del Mundo de cross, como lo había hecho el año anterior en Fukuoka, el anterior en Saint-Galmier, el anterior en Bruselas... Pero desfalleció. Acusó el esfuerzo excesivo en estas condiciones oceánicas y empezó a bajar el ritmo. Su correr se convirtió de repente en un trote cansino, sin fuerza para seguir avanzando, y fue alcanzado por Zerzenay. Al pasar a la segunda posición ni siquiera intentó seguir la estela del nuevo líder y pocos segundos después se retiró. Fue la única vez en que Kenenisa Bekele cayó derrotado ante su principal rival de la época, y todo, o casi todo, por culpa de no estar adaptado a la tremenda humedad de la ciudad costera de Kenia. Pero no fue el único afectado. Los servicios médicos de la Real Federación Española de Atletismo, con Juan Manuel Alonso a la cabeza, ingresaron a varios atletas en los hospitales locales debidos a golpes de calor, como la extremeña Cristina Jordán, que se desorientó y acabó chocando con un árbol cuando le faltaban menos de 500 metros para terminar la carrera júnior.

El aspecto climatológico siempre ha sido importante para los atletas y, en la medida de lo posible, se han intentado preparar para ello. Martín Fiz hizo varias semanas de concentración en Mallorca durante los meses de primavera o inicio del verano para prepararse para los Juegos Olímpicos de Atlanta 1996. Y también Chema Martínez intercalaba entrenamientos en Salobreña mientras estaba de concentración en Sierra Nevada, antes del Campeonato del Mundo de Osaka 2007.

Etiopía tiene la ventaja de ofrecer varios subclimas a lo largo del país, pero las condiciones de seguridad o de vida difieren mucho entre la capital y el resto del territorio. Además, los atletas etíopes no son muy dados a permanecer alejados de sus casas o familias durante mucho tiempo. Quitando las excepciones de los viajes cortos, como los de Hawassa o Nazaret, el único lugar al que los atletas etíopes irán para estar varios días es a su lugar de origen (porque, aunque la gran mayoría viva ahora en Adís Abeba, casi ninguno es oriundo de allí). Localidades como Bekoji, famosa a partir del documental Town of Runners, o los pueblos colindantes son el lugar de nacimiento de muchos de los principales corredores del país. Así, durante las vacaciones escolares o en momentos puntuales en los que el atleta quiere desconectar un poco —por ejemplo durante una lesión o en el descanso entre una temporada y la siguiente—, es posible que algunos de ellos quieran estar en su zona rural durante dos o tres semanas.

Como es lógico, el ritmo de vida en estas localidades es completamente diferente al de la capital, pero no tanto los entrenamientos. Con una altitud similar a la de Adís Abeba, Bekoji utiliza su pista de atletismo como lugar de reunión para empezar la mayoría de los entrenamientos. Esta pista, como todas las del país, a excepción del Estadio Nacional y la que construyó Kenenisa Bekele en Sululta, es de arcilla y sufre las inclemencias del tiempo. Mientras en la época seca levanta polvo a cada pisada y forma un surco a lo largo del anillo por el desgaste de miles de pasos hora tras hora, en la época de lluvias se vuelve impracticable por resbaladiza. Pero todo tiene solución en el entorno rural y también existe un enorme bosque de eucaliptos, no muy lejos del centro del pueblo, donde es posible correr en zigzag o hacer cuestas y cambios de ritmo incluso en los peores días de lluvia.

En ese bosque de eucaliptos han dado sus primeros pasos atléticos las hermanas Dibaba bajo la atenta mirada del entrenador Sentayehu, una eminencia dentro del atletismo de base, que no esconde su orgullo al ver los resultados que han conseguido los atletas que empezaron con él. La lista es casi interminable y todavía sigue aumentando. Empezó con Derartu Tulu y su victoria en los 10.000 metros de los Juegos Olímpicos de Barcelona 1992. Y siguió con Fatuma Roba (campeona olímpica de maratón en 1996). Años más tarde llegaron las hermanas Dibaba, los hermanos Bekele, la campeona olímpica de maratón en Londres 2012 Tiki Gelana… Es el claro ejemplo del sistema piramidal que rige este deporte en Etiopía. Los niños y niñas de las zonas rurales empiezan a correr como actividad extraescolar, compiten unas escuelas contra las otras y los mejores pasan a las fases provinciales y nacionales. Hasta la adolescencia, los atletas suelen permanecer con sus familias y bajo la mirada del entrenador local, pero si su talento es muy alto se acaban trasladando a la capital y abandonan al entrenador que los descubrió para triunfar (o no) de la mano de otra persona. En Europa esto crearía muchas envidias e incluso pleitos legales respecto a quién merece el reconocimiento del éxito conseguido por el atleta, pero en Etiopía parece que no funciona así. De hecho, en Europa se sobreentrena a muchos atletas jóvenes en busca del éxito prematuro por culpa de no entender bien los roles de cada entrenador. Y es que entrenar a niños y niñas no es tan sencillo como copiar el entrenamiento de los mayores y restarle un poco de volumen a la semana. Esto lo sabe muy bien Sentayehu.

Para entrenar a niños y niñas hay que tener muy claro su estado de maduración y lo que se quiere conseguir a largo plazo. La maratón no es una prueba técnica y, por lo tanto, no requiere un aprendizaje motriz elevado (algo que sí requieren por ejemplo el salto con pértiga o incluso el lanzamiento de peso). Los aprendizajes motrices tienen que asegurarse muy bien antes de la adolescencia o su adquisición en un futuro será prácticamente imposible. En cambio, lo que requiere la maratón es una buena capacidad aeróbica, y esta se consigue con la edad (y se mejora con el entrenamiento). También necesita una buena técnica, como por ejemplo contactar el suelo con la parte delantera del pie y tener un tendón de Aquiles muy reactivo, que actúe como un muelle. Estos dos conceptos sí se pueden y deben entrenar en la adolescencia y la mejor manera de hacerlo es corriendo pocos kilómetros, pero a ritmo elevado y por terrenos irregulares: exactamente lo que propone Sentayehu cuando lleva a sus atletas al bosque de eucaliptos de Bekoji.

Sea por la sapiencia de Sentayehu o por la comodidad de la vida rural, Bekoji resulta un lugar idílico para los extranjeros que quieran disfrutar de unos días en Etiopía para correr y preparar una maratón. El pueblo como tal no ofrece ningún interés turístico ni lúdico, algo que sí se encuentra en la capital, pero, a cambio, se puede usar la pista de arcilla de manera gratuita y correr por los bosques y caminos circundantes sin necesidad de moverse en coche. Existen algunos hoteles sencillos y económicos que pueden competir muy bien con los resorts para deportistas que hay en Sululta, aunque hace falta remarcar que la ausencia de agua caliente o de electricidad es habitual. Se trata de poner en una balanza los pros y los contras de cada localización y decidir qué tiene más peso: las comodidades de un buen hotel y una pista de tartán en Sululta, aunque sin un núcleo urbano a una distancia que se recorra a pie, o la vida rural a más de 3 horas de la capital, con todos sus atractivos y limitaciones.

AUTOR

Marc Roig Tió

Marc Roig Tió desde los dieciséis años es corredor de fondo. Ha sido campeón de Cataluña tanto de 10.000 metros como de media maratón y tiene el récord de Cataluña de 25 kilómetros. Lo que se siente más orgulloso es de haber sido la liebre de Florence Kiplagat cuando batió los récords del mundo de 15, 20 kilómetros y media maratón en Barcelona, tanto en 2014 como en 2015. En julio de 2015 supo de que buscaban a un fisioterapeuta para trabajar en Etiopía con corredores de élite. Respondió y durante seis meses trabajó con Kenenisa Bekele.